Hiram Sánchez Martínez

Punto de vista

Por Hiram Sánchez Martínez
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A cada quien por su nombre propio

Viendo juegos de baloncesto por televisión he vuelto a retrotraerme a mis años mozos, cuando íbamos a la escuela y éramos sumamente crueles porque no teníamos la consciencia de que ciertos comportamientos constituían “acoso” (o “bullying”, como se le llama hoy). En aquel tiempo, nos parecía divertido ponerle malos nombres a nuestros compañeros y amigos. Los malos nombres eran inspirados generalmente por alguna cualidad física del nombrado. Había nombres para burlarnos del que era demasiado flaco, o demasiado grueso, o zambo, o bizco, o narizón, o dentudo, o demasiado bajito o demasiado alto. No desaprovechábamos condición física alguna para alardear de nuestra creatividad y, con ello, convertir a alguien en objeto de nuestras burlas.

En mi casa, mi padre nos tenía prohibido a mis hermanos y a mí llamar a alguien por tales sobrenombres, aun cuando la persona no estuviera presente o no diera muestras de que eso le incomodara. Mi padre nos exigía que llamáramos a las personas por sus nombres propios, y la infracción de esa norma era objeto de fuertes reprimendas. No obstante, la escuela era un lugar seguro para apartarnos de ella y actuar con cierta impunidad. Allí podíamos dar rienda suelta a la diversión de utilizar los malos nombres sin consecuencias inmediatas. Por eso llegué también a poner malos nombres.

Lo que no tenía gracia era cuando nosotros mismos éramos objeto de algún mal nombre. La técnica de mayor probabilidad de éxito para zafarnos prontamente de la mofa que implicaba un nuevo apodo degradante era lucir sereno, como si no nos importara, y rogar por que el nombre no “pegara” y fuese olvidado prontamente. La idea era no darle el gusto de vernos enfadados a quien nos ponía el nombre. Claro, si la táctica no funcionaba, el apodo llegaba para quedarse por el resto de los años escolares. Y había que resignarse al escarnio.

Por suerte, entramos a nuestra etapa adulta con un sentido maduro de cómo relacionarnos mejor con los demás, y la utilización de aquellos malos nombres que en los años escolares tanto nos divertía, finalizó. Esos malos nombres pasaron a ser simplemente parte del cúmulo de recuerdos de nuestra vida escolar, sin el encono que entonces sufría en secreto el afectado. Únicamente en las reuniones de “los igualitos” los evocamos y nos reímos, siempre entre nosotros mismos, y como parte del catálogo de las travesuras de adolescencia.

Es innegable que llamar con malos nombres, apodos con sorna o epítetos degradantes a otra persona es acosarla y violar su dignidad como ser humano. Ya yo no lo hago y, por el contrario, me desagrada. Pero, lamentablemente esa práctica aún subsiste entre algunos adultos. Ejemplo de ello es el que brindan a nuestro país algunos narradores y comentaristas deportivos de la televisión, a quienes he escuchado referirse a un jugador de baloncesto con el mal nombre de “Pelacocos” que, de seguro, acompaña a ese jugador desde sus años escolares y le fue puesto para molestarlo. En mi pueblo, ese mal nombre es para señalarle a una persona un defecto físico de sus dientes incisivos. Quien trabaje en los medios de comunicación en cualquier actividad humana, con gran probabilidad de llegar a niños y adolescentes, debe abstenerse de endilgarle epítetos a nadie. Es muy mal ejemplo.

Por eso es que miro con tristeza que se perpetúe este tipo de acoso o “bullying” por televisión como si tratara de un gran chiste. Pues no lo es. Como seres humanos estamos llamados a respetar la dignidad de los demás, si es que aspiramos a vivir en un mundo libre de hostigamientos y ridiculizaciones. Hagamos ese gesto pequeño, pero grande, de llamar a cada quien por su nombre propio y nada más.

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