Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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A caminar en tierra minada

A partir de mañana, la vida en Puerto Rico emprende paso a paso su regreso a la normalidad, de manera lenta y gradual, como una criatura que emergiera de un largo encierro, con movimientos en principio torpes y sin poder mirar la luz, porque pudiera deslumbrarse y chocar. Eso, deslumbrarse y chocar, sería muy malo, porque la verdad, la pura verdad, es que vamos a estar caminando por tierra minada. Y a oscuras, valga aclarar.  

Nos conminan a que sea con cautela. Habiendo pasado 50 días encerrados y ansiosos por el COVID-19, habrá que ver qué entiende la gente por cautela. Hay mucho hastío y agotamiento con el encierro, esa especie de cárcel voluntaria, de vida a medias, que ha representado la cuarentena. La gente está loca por andar por las calles, por coger sol, por reencontrarse, ir a la playa, bailar, por vivir otra vez. Perdimos relaciones, empleos, ingresos, algo de vida en los pasados 50 días. 

Está claro que lo hicimos porque era necesario. Lo hicimos para que los que mandan tuvieran tiempo de manejar la situación sin las tremendas complicaciones de brotes incontenibles. Está claro también que el gobierno perdió los pasados 50 días sin haber cumplido su responsabilidad con los que nos sacrificamos quedándonos en nuestras casas. 

No ha contado bien a los que están enfermos. Ha formado, de hecho, tremendo revolú con las estadísticas. No ha hecho la cantidad de pruebas que permitan tener una idea real de por dónde va esto. Cuando hubo la oportunidad de adquirir pruebas, se metió en negocios turbios con aliados del partido sin experiencia en estas cosas y el negocio fracasó. 

No ha podido establecer un modelo funcional de rastreo de contactos, que es lo que hubiese permitido a usted, a mí, a miles otros saber si estuvimos en contacto con alguien infectado para que tomemos nuestras precauciones y no infectemos a otros. 

Distanciamiento social, pruebas y rastreo de contactos son los tres pilares de la respuesta al coronavirus. Nosotros ejecutamos solo una, la del distanciamiento social. En ese sentido, no nos ha ido mal. El nivel de casos se mantiene bajo, aunque a eso se pueda interponer la sospecha, o la certeza, de que es por las pocas pruebas o por los datos defectuosos. Pero hay otra señal, menos incierta, que apunta ya con menos ambigüedad al éxito del distanciamiento social: los hospitales no se han desbordado de contagiados de coronavirus. 

Hasta ahí llega nuestro éxito en la lucha contra esto. Al quedarnos encerrados, detuvimos, por el tiempo en que duró el encierro, la propagación del virus. Al salir ahora que la vida va a volver gradualmente a la normalidad, puede que estemos regresando al principio, pues las otras estrategias que habrían completado la estrategia sensata contra esta descomunal amenaza no se hicieron. El COVID-19 sigue ahí esperando por nosotros.  

Veámoslo de esta manera. Imaginen los 50 días de encierro como un tiempo pedido en un juego para que los jugadores descansen. Pero en vez de descansar, los jugadores siguieron saltando y corriendo y al reanudarse el juego están igual o más cansados. 

Con el distanciamiento social, retrasamos la propagación del virus. Pero mientras duró no se hicieron ninguna de las otras estrategias que se recomiendan en estas cosas para que el éxito sea permanente. 

Saldremos del estado de hibernación sin saber dónde estamos parados. Lo hacemos, de paso, desoyendo las recomendaciones tanto de la Organización Mundial de la Salud (OMS) como del propio gobierno de Estados Unidos al que tanta pleitesía se le rinde aquí. A grandes rasgos, ambos recomiendan que, antes de reabrir las economías, haya una reducción sostenida de casos, abundancia de pruebas y rastreo de contactos efectivo. 

Aquí, no es solo que no haya “reducción sostenida de casos”; no hay reducción, punto. Por el contrario, desde que se anunció la reapertura gradual el jueves hemos visto dos de los tres días con mayor número de positivos: 106 el jueves, el tercer número más alto y 182 ayer, sábado, la más grande cantidad informada en una sola jornada. 

En otros sitios, han abierto después de que pasa lo que llaman “el pico”, que es el momento más cruento de la pandemia, cuando más casos y muertes hay. Aquí, no ha llegado ese pico y no sabemos exactamente cuándo llegará, por la falta de datos. El secretario de Salud, Lorenzo González, que ha dado varias versiones al respecto, dice ahora que va a ser a principios de este mayo que empezó con casi 200 casos reportados en un solo día y la tierra temblando otra vez. 

Nótese, entonces, la temeridad: después de 50 días de encierro, nos dan permiso de salir cuando viene el peor momento. Eso no hay cómo explicarlo. De entre todas las actuaciones irracionales de losgobiernos de Puerto Rico, que no son pocas, esta debe estar bien cerca del tope. Muy pocas jurisdicciones han reabierto. Casi ninguna lo ha hecho antes del pico. 

Muchos miran en estos días a Suiza, que tendrá una reapertura casi total a partir del 11 de mayo. Allí, después de un incremento brutal de casos a partir de mediados de marzo, la curva empezó a estabilizarse desde el 12 de abril. El país de 8.5 millones había registrado hasta ayer 29,817 casos y 1,762 muertes. Pero se habían hecho 276,000 pruebas, para un promedio de 31,890 por cada millón de habitantes. 

Los datos aquí son tan deficientes que no sabemos exactamente cuántas pruebas se han hecho, pero, incluso, en el mejor escenario imaginable, que serían las 30,000 de las que habló el otro día el secretario González (el número oficial son poco más de 13,000), serían solo una tercera parte de las hechas en Suiza. Somos también la jurisdicción con menos pruebas per cápita en Estados Unidos, donde habían muerto hasta ayer 67,000 personas y que está muy atrás en esto en relación con el resto del mundo. 

Al acceder a la reapertura gradual de la economía, el gobierno reconoció dos realidades imposibles. Una, que no es sostenible ya la parálisis de la economía y de las otras actividades humanas en suspenso durante la cuarentena. La gente está sin ingresos. Negocios no están funcionando. Las quiebran van a ser de proporciones apocalípticas. Esas son realidades que no se pueden soslayar ni minimizar.  

La otra es que el gobierno se resignó a que carece de datos para justificar cuándo y cómo hacerlo. En 50 días no pudo levantar los datos que permitirían entender cómo va esto y poder hacer una apertura gradual basada en ciencia. Eso habría sido lo ideal, que tuviéramos los datos que le dijeran a la gente por aquí sí, por aquí no. Pero en Puerto Rico hace años que no pasa ni lo ideal ni lo medio ideal.

A falta de datos, volvemos, entonces, a donde empezó esto el 17 de marzo: a las corazonadas de la gobernadora Wanda Vázquez. Nos encerramos porque así lo sintió la gobernadora, según reconoció una vez el secretario González; salimos, igual, porque el instinto (o las presiones de sectores económicos) le dijeron que era hora, sin ningún dato objetivo que lo sostenga.

Oren, entonces, los que crean, a la deidad de su preferencia, porque con la gente en la calle, los casos, sin duda, van a subir, y con la incapacidad del gobierno para levantar datos e información, no vamos a saber cuánto, ni por dónde. Cuando se soslayan la ciencia y los datos, eso es lo que queda, esperar por lo sobrenatural.  


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