Manuel F. Lluberas

Punto de vista

Por Manuel F. Lluberas
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A ciegas ante la falta de pruebas de COVID-19

Ahora que estamos próximos a reactivar la economía luego de cincuenta y tantos días de distanciamiento social y toque de queda, aquellos que piensan que la respuesta a la pandemia de COVID-19 en Puerto Rico ha sido exagerada y que la enfermedad es similar a la gripe o influenza deben reconsiderar. El término “novel coronavirus” no es el título de una novela turca, aunque muchos piensan que así es. El término novel describe algo nuevo. 

La condición provocada por el COVID-19 es tan nueva que aún no se sabe a ciencia cierta cómo se comporta el virus en humanos, qué secuelas a largo plazo tendrá sobre aquellos que sobrevivieron su exposición, si habrá casos recurrentes, si es posible tener infecciones concurrentes con otros virus como la influenza o el dengue (algo que he estado explorando con la Organización Panamericana de la Salud), o si desaparecerá tan rápido como apareció. Los detalles escasean no por ser un virus novedoso. Escasean porque todavía no se han hecho suficientes pruebas rápidas per cápita para saber quién alberga el virus o pruebas serológicas que determinen quién tiene anticuerpos que indiquen una exposición previa. Consecuentemente, se está subestimando el número de personas infectadas.

Lo único seguro es que este virus tiene una capacidad de contagio que es aproximadamente el doble que la de la gripe. O sea, es doblemente contagioso. Los mejores datos disponibles, provenientes de la Universidad Johns Hopkins, indican que al menos en los Estados Unidos, la tasa de mortalidad del COVID-19 es de 5.7%. Históricamente, la de la gripe es de 0.1%. Por esta razón, a menos que la posibilidad de contagio esté bajo control, los hospitales podrían fácilmente quedarse sin camas de cuidado intensivo y ventiladores, como pasó en Italia, España, Alemania, y la Cuidad de Nueva York. 

Hasta que tengamos un tratamiento adecuado o una vacuna efectiva para esta condición, la falta de pruebas de COVID-19 nos pone a todos en riesgo. Tener solo un puñado de pruebas en una población tan concentrada ocupando una isla tan pequeña equivale a caminar una vereda en El Yunque durante una noche nublada usando una linterna con baterías débiles. Veríamos dónde apuntamos la linterna, pero estaríamos ciegos a lo que tengamos al lado o al frente más allá de su alcance lumínico. Mientras caminamos buscando una carretera o algún lugar seguro se nos haría imposible saber si estamos a punto de pisar una raíz que nos tuerza un tobillo y nos evite poder continuar, si estamos al borde de un barranco resbaladizo por donde podamos caer y lastimarnos, o próximos a una charca profunda donde terminemos ahogados. Pudiéramos continuar la marcha cuidadosamente esperando que no llueva y que la linterna no se apague o sentarnos dentro de árbol hueco a esperar el sol, pero sería una noche interminable.

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