Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Acorralados

El escritor y periodista César Andreu Iglesias condenó a Luis Muñoz Marín a ser “un líder acorralado por la historia”. De frente al plebiscito de mañana, muchos puertorriqueños piensan que lo peor de los últimos sesenta y cinco años ha sido su legado político; hoy por hoy, y enfrentándonos a una decisión plebiscitaria tan inconsecuente como demagógica, el país está acorralado más bien por su propio historial de malos gobernantes y una política nada patriótica y tribal. La Junta de Supervisión Fiscal, nuestra autonomía recortada y los servicios gubernamentales en estado precario, el siempre inminente conflicto en la Universidad, completan el panorama de la encerrona histórica.

Sería fácil concebir el Estado Libre Asociado como metáfora de nuestra Mediocridad política, de nuestra irresolución histórica, la incapacidad para escoger un destino político asociado en dignidad a los Estados Unidos, o anexado a ese país, o simplemente separado del mismo. Pero también podría pensarse como una legítima creación política, que antes nos sirvió para salir de la miseria y a la cual estaríamos sometidos —por lo menos por veinte años— para salir de la actual penuria fiscal. Es el “resuelve” de nuestra gran contradicción histórica, el largo compás de espera, siendo nosotros un país que mayoritariamente se considera beneficiado por la centenaria ciudadanía americana, a la vez que defiende su identidad como país aparte. Esa ha sido y será su durabilidad histórica. Escamotear ese hecho, como pretenden los anexionistas, al celebrar el 25 de julio como día de la ciudadanía y no de la creación del Estado Libre Asociado, es una mezquindad pueril; ya dirán los independentistas que también es el día de la humillación originaria, de la invasión “yanqui”.

En el Plebiscito de mañana votaremos por cantidades desconocidas. Después de todo, la llamada Libre Asociación y la Independencia han hecho bien en boicotear un proceso en el que solo podrían ofrecer retórica. El pensamiento independentista se secó hace décadas, mientras que la Libre Asociación es el fantasma, la quimera insepulta del Estado Libre Asociado. Ambas ideologías son, hoy por hoy, cantidades desconocidas, no responden, ni siquiera utópicamente, a la pregunta clave: ¿cómo viviremos bajo esos estatus? ¿Qué de las concreciones de la vida material como la salud y la alimentación? ¿Retendremos las becas Pell? ¿Hasta cuándo estarían vigente el Medicare y el Medicaid, los planes de subsidio a la vivienda? Son cantidades en blanco que ni siquiera provocan incertidumbre. De ser independientes, ¿nos exigirá el Fondo Monetario Internacional mayor “austeridad” presupuestaria que la Junta de Supervisión Fiscal?

La estadidad es una cantidad más conocida que sí produce incertidumbre, porque la pregunta sería si en la era del trumpismo y el aislacionismo, el nacionalismo y el racismo republicano, los conciudadanos del norte serían capaces de admitir como estado a un país culturalmente distinto, de habla española, mulato y, además, en quiebra fiscal. La única esperanza sería la alianza con las minorías latinas como cabeza de playa para la anexión, estrategia que para los anexionistas del patio siempre ha resultado anatema. Desempolvan un aguerrido Plan Tennessee que asustaría tanto a republicanos como a demócratas, sobre todo a los “ugly americans” conservadores. Con ese plan tendríamos más representación en el Congreso que la mitad de los estados. Entraríamos como arrimaos pobres y pretenderíamos disponer la mesa de la Casa Grande y, además, ¡horror de horrores!, muy posiblemente en coalición con latinos y demócratas. La gran era republicana apenas está comenzando y en ese país nosotros siempre seremos los inmigrantes pobres y mulatos, que hablamos una lengua —aunque no del todo— casi extranjera.

Ahora bien, ya es tiempo de acabar con las visiones catastróficas y melodramáticas sobre nuestro estatus: la estadidad no es el suicidio colectivo que vaticinó Albizu Campos, la emigración no es el genocidio “light” que vislumbró el muñocismo, tampoco es un truculento exilio político; le toca a los independentistas asegurarnos que la independencia no será el final de los tiempos que hemos conocido durante más de seis décadas.

Se ha apostado excesivamente a una independencia promovida por los Estados Unidos, a modo de salida de la encerrona. Preocupa, entonces, que la austeridad actual de la Junta de Supervisión Fiscal desemboque en las penurias de una población joven sin trabajo, una población vieja con pensiones recortadas; más allá nos esperarían las carestías de la Venezuela bolivariana.

Independencia —ya ruta conocida en el pasado— es que el PIP se vuelva aliado de una izquierda latinoamericana desprestigiada y corrupta como la de Daniel Ortega y Nicolás Maduro, de un experimento social y político fracasado, como el cubano. Resulta penoso, para un líder histórico de la independencia como Rubén Berríos, el papel de delegado substituto de Daniel Ortega en la última reunión del CELAC. La ruta de ese partido, sobre todo de cara a una independencia “punitiva”, impuesta por el Congreso, está con la izquierda liberal norteamericana y una coalición latina solidaria, ciertamente no con los autócratas latinoamericanos.

Después de todo, nuestro país despegó económicamente cuando el estado benefactor que fue el capitalismo reformado del Nuevo Trato, pudo lograr suficiente apoyo y convergencia de pensamiento en nuestra política insular. Entre el gobernador Tugwell —considerado “comunista” en el Norte— y Luis Muñoz Marín transformaron el país, crearon el estado moderno y benefactor que hoy se tambalea, también una modernidad económica que abolió el monocultivo de la caña de azúcar, la educación pública y universitaria que posibilitó la creación de una clase media. La izquierda puertorriqueña, con su nacionalismo rústico y pueblerino, aún no se ha enterado de esa lección. Bernie Sanders en vez de Maduro, la coalición latina, liberal y demócrata en vez de Daniel Ortega; somos latinoamericanos por nuestra cultura, no por las guerras y el militarismo que desembocan, inevitablemente, en las dictaduras de siempre. Nuestra tradición política es liberal y civilista, quizás la única en Latinoamérica.

En esto último debiera estar nuestro optimismo de frente al plebiscito de mañana y el porvenir de los dificultosos años por llegar.

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