Gabriel Andrés Rodríguez Fernández
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A descolonizar mentes y conciencias

Nos lo vuelven a decir. Esta vez fue un Premio Nobel en Economía pero ya lo habían dicho y redicho los del patio. La situación colonial es una parte fundamental de nuestro problema económico y fiscal.  La colonia nos cierra opciones, nos vuelve dependientes y ata nuestros potenciales de progreso real. Para lograr nuestro pleno potencial de pueblo hay que descolonizar a Puerto Rico.

Hay que descolonizar, pero empezando con nuestras mentes y nuestra conciencia de identidad.  Muchos discursos, propuestas y campañas “por la descolonización” no son más que expresiones de las variantes de mentalidad colonial que nos mantiene confundidos y divididos.

El coloniaje es una estructura de dominio y poder de una nación sobre otra, pero también se vuelve una enfermedad de la mente y el espíritu, del individuo y de la colectividad. Es una enfermedad que nos nubla la vista, nos hace subestimar nuestras capacidades y lleva a muchos a una profunda confusión, justificando la situación existente y hasta planteando solucionarla eliminando la nación colonizada, en vez de la situación colonial. Es la opción de acabar con la enfermedad matando al paciente, pero surge de la propia mentalidad colonial llevada al extremo.

Ejemplos de este extremo se escuchan en los medios: “¿Para qué votar por la soberanía? Ya yo vivo en un país soberano; se llama Estados Unidos de Norteamérica”; “Con la estadidad seremos otra república soberana dentro de una unión con otras 50 repúblicas iguales”; y otras declaraciones por el estilo. Cómo diría mi nieto: “¿En serio, gente?”  Son malabares mentales tan confusos y colonizados como los de los “happy colonials”, que proponen un “ELA mejorado” y niegan la realidad que la metrópoli nos restriega en la cara, sólo que en este caso llegan a negar la propia identidad, que reducen a lo folclórico.

Estos son los que no diferencian entre ser soberanos y vivir bajo la soberanía de otro, entre ser lo que son y creerse que son otra cosa. Su mentalidad colonial es como una versión partidista del “síndrome de Estocolmo”.  Este es un término acuñado para casos en que alguien (originalmente cierto rehén en esa ciudad), privado por otros de su libertad, es sometido por largo tiempo a una humillación sistemática, alternando castigos y “concesiones” hasta llevarlo a negar su propio valor e identidad, terminando “enamorado” de su opresor e incluso rechazando el dejarse liberar. Cabe resaltar que la persona en estos casos hace suya la perspectiva y discurso de quien le ha privado de la libertad, volviéndose cómplice y defensor de quien restringe su libertad. ¿Suena familiar?

Recordemos que, luego de cuajada nuestra identidad nacional bajo el colonialismo español, tuvimos aquellos que siendo criollos se creían españoles y reclamaban el “derecho” a ser parte integral (provincia) de la metrópoli, rechazando tanto una mayor autonomía como la propia independencia, pues sólo ansiaban la anexión. En ellos podemos ver que esta aspiración anexionista es un resultado extremo de la propia condición colonial y por ende no depende de cuál sea la metrópoli.

Por eso no es de extrañar que, llegado el “cambio de soberanía” (a cañonazos, no por plebiscito), muchos de los que primero reclamaron la anexión a la nueva metrópoli surgieron entre individuos y partidos que antes se sentían muy españoles. Estos complejos coloniales pasaron entonces a ser aprovechados y estimulados muy agresivamente por la nueva metrópoli, alternando imposiciones, concesiones, represiones y, eventualmente, accediendo a cierto gobierno propio, pero sin soltar el control y federalizando lo necesario para asegurar las ganancias de sus empresas.  Mientras tanto, los políticos locales confundían y dividían al pueblo con las variantes tradicionales del discurso colonial.

Ahora que la colonia hace crisis y cae toda apariencia de gobierno propio, el discurso de estos políticos “descolonizadores” se vuelve más y más irracional. Menos mal que hay muchos que está muy claros en su identidad nacional puertorriqueña y la necesidad de la soberanía para liberar nuestras capacidades y alcanzar un desarrollo sostenible y solidario.

Debemos reconocer, sin embargo, que no obstante la relativa claridad de espíritu que persiste en grandes sectores del pueblo, todos tenemos mucho de mentalidad colonial que superar. Tenemos un gran reto de cuestionarnos viejos mitos y formas de pensar, actuar y asociarnos. Sobre todo tenemos el gran reto de disipar la neblina de confusión y miedo que envuelve a la mayoría. Seguimos arrastrando el miedo inculcado a la libertad, la confusión entre ciudadanía política e identidad nacional, el enredo entre la “igualdad con nuestros conciudadanos del norte” y la digna igualdad con todas las naciones del mundo, el menosprecio a nuestras capacidades y la idealización del poder metropolitano.  Tanto así que nos dejamos gobernar por una Junta de Control que, no obstante su hablar en español y profesar empatía con la situación del pueblo, en realidad no interesa otra cosa que maximizar lo que cobrarán los fondos buitre (sus “taxpayers”) con algunas migajas que con suerte tocarán a los pequeños bonistas del patio.

El antídoto a esta irracionalidad lo recibimos en las expresiones del orgullo patrio y de nuestra identidad. Este orgullo lo expresan en sus acciones, tanto los jóvenes emprendedores que siguen aportando a vencer la crisis creando riqueza y capital económico y social, como los trabajadores y grupos multisectoriales que se manifiestan siempre bandera en mano, como los estudiantes de todos los niveles y sectores que luchan por el futuro del país, y los que afirman su puertorriqueñidad en su vida diaria. Lo vemos de forma dramática en la alegría colectiva por los extraordinarios logros deportivos de nuestros atletas. Éstos no sólo se baten de tú a tú con equipos de las potencias deportivas del planeta, celebrando sobre todo al jugar contra equipos de la metrópoli, sino que lo hacen como apasionada reafirmación de que representan a Puerto Rico, no a Estados Unidos.

Ese sentimiento nacional que se desborda celebrando a nuestros atletas y líderes en mundiales en diversos campos se vuelve señal de vida colectiva y esperanza liberadora. Lo mismo puede decirse de la creciente resistencia a las medidas asfixiantes de la Junta de Control y un gobierno marioneta, y las múltiples iniciativas de creación de riqueza y capital social. Sobre esa alegría y esas iniciativas hay que construir la consciencia de que podemos y debemos pararnos sobre nuestros propios pies y construir un Puerto Rico mejor, que tendrá que ser soberano.

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