Jaime Lluch

Punto de vista

Por Jaime Lluch
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Adiós al Alzheimer

A todos los cuidadores de familiares con el Alzheimer

El amor es tan fuerte como la muerte (Salomón 8:6), dice la cita bíblica, la cual seguramente tiene varias interpretaciones (y surge de un contexto muy particular), pero hay una que me ilusiona en estos días. Es la idea de que ante una realidad física tan contundente como la muerte de un ser humano, nuestro amor y nuestra memoria pueden triunfar sobre esa negatividad existencial.

Creo que una adaptación y extensión de esta visión sobre el triunfo de la conciencia sobre lo puramente biológico puede ayudarnos a ver con más claridad los retos de todos los que hemos sido cuidadores de familiares cercanos que han sufrido la enfermedad de Alzheimer. Esta enfermedad es muy peculiar: surge de un hecho biológico pero lo que hace es atacar la memoria del paciente, y eventualmente su conciencia, y sus capacidades cognitivas, y a la larga la enfermedad le va restando fragmentos de humanidad a la persona.

Es la tercera causa de la muerte entre personas mayores. Las causas biológicas son cambios en el cerebro de la persona: las neuronas van perdiendo las conexiones con otras neuronas, o las neuronas mueren, resultando en un cerebro que poco a poco se va atrofiando ya que el hipocampo, el complejo entorrinal y otras partes del cerebro se reducen en tamaño.

Lo primero que impacta a uno es que estas personas van perdiendo su memoria, y aunque puede ser que todavía recuerden aspectos sobre su vida de hace muchos años, llegan a olvidarse del nombre de sus hijos, su esposa, su profesión, dónde vivían y hasta su propio nombre. Algunos dirían que en ese punto ya la persona ha perdido parte de lo que es ser humano.

Durante más de diez años fui cuidador de mi padre, que tenía el Alzheimer, y yo aprendí a verlo de otra manera. Para mí, el hecho de que mi papá no se acordara o no supiera muy bien quién yo soy era totalmente irrelevante, pues él y su vida vivían en mí, y el recuerdo mío de quién él fue y cómo fue su vida siempre triunfaba sobre la circunstancia biológica de que estaba perdiendo neuronas. Cada día que yo lo veía y hablaba con él era un triunfo de la memoria y la conciencia sobre la obstinación de la biología. Él creció con el siglo y me contaba del Santurce de antes: por dónde pasaba el tranvía, de la Avenida Ponce de León de antes donde estaba el colmado Paraíso de su niñez, y de sus raíces en Yauco e Isabela.

Mi padre murió recientemente. En el último mes, su deterioro neurológico era tal que ni siquiera podía tragar o tomar líquidos, no podía hablar y apenas podía mantener sus ojos abiertos. El día que falleció fue un día oscuro con una lluvia torrencial, pero un nuevo amanecer para él. Hoy yo no le digo adiós a él, le digo adiós al Alzheimer, pues ahora estamos liberados de ese mal, y él sigue viviendo entre nosotros que lo conocimos a través de nuestra memoria y nuestro amor por él.

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