Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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¿Adiós cuarenpenas?

Las epidemias tienen apodos populares que forman parte de la historia léxica de un país: sarango, farfallota, tos de perro, viruelas locas, fiebre rompehuesos, monga, dengue, zika, chikunguña… La criollización de la pandemia que nos visita en estos meses es solo cuestión de tiempo. Dados los estragos fulminantes que causa en los pulmones, no sería de extrañar que futuras generaciones salvadas por la vacuna le endilgaran un mote tipo “el ajogazo”, superlativo sucesor del “ajoguillo” asmático.

Entretanto, lo llamamos “coronavirus”, término elegante que fascina casi más de lo que asusta. Hay quien prefiere pronunciarlo en inglés, quizás para alejarlo. En una especie de inmunización simbólica, otros le ponen “Corona” a un hijo. Al principio, se hablaba de “la gripe de Wuhan”, a la que Trump, en su xenofobia impenitente, rebautizó “el virus chino”. Pero, en la era de la globalización, ya no se estila asignarles nacionalidad a los microbios. Por eso los científicos dieron con un injerto de siglas lo suficientemente inocuo y, de remate, le encajaron un numerito de perfume de Chanel: COVID-19. Demasiada deferencia para una plaga tan diabólica.

Acá, todo arrancó a lo serie de suspenso. Éranse una vez los saludables y felices habitantes de un paraíso impoluto hasta que un crucero siniestro atracó en un muelle del Viejo San Juan. Éranse una vez los risueños y despreocupados espectadores de un grandioso festival de salsa y el peligro vino a sacarlos a bailar. Hace apenas unos días, se supo que ya había dos muertos puertorriqueños por coronavirus – uno en San Juan y otro en Trujillo Alto - cuando fallecieron la turista italiana y el médico panameño.

Desde entonces, ha corrido mucho “hand sanitizer”. A punto estamos de despedir con pirotecnia el cierre y la cuarentena. Lo inquietante es que podría ocurrir antes de haberse alcanzado el famoso pico de la curva epidemiológica archimachacada por el “task force” médico. Andamos muy creídos de que el calor tropical y nuestra ejemplar disciplina social bastarán para devolvernos “la normalidad”. Admitida la relatividad del concepto, no puede haber normalidad donde nunca la hubo. Y menos bajo circunstancias tan adversas. Yo me conformaría con un poquito de tranquilidad. Aunque sospecho que eso es tan probable como que nunca vuelva a partirnos por el medio un huracán.

Imaginemos el siguiente escenario. La gente en la calle, fábricas, tiendas y restaurantes abiertos, los niños en la escuela y los asintomáticos sueltos como gabetes por dondequiera. Sin pruebas fidedignas para medir la cantidad real de infectados ni capacidad para rastrear las complejas redes de transmisión comunitaria, el virus podría montar un “comeback” espectacular. Con el pico de contagios disparado hasta Plutón y sin el debido andamiaje preventivo, los centros de empleo se quedarían sin mano de obra, las tormenteras de los negocios volverían a bajar y los hospitalesreventarían de pacientes. En tal caso, viviríamos añorando el enzorramiento radical del confinamiento casero que, con todos sus defectos, ha ayudado a mitigar la catástrofe.

Ya sé que la economía no puede estancarse en pausa eterna y que, a la larga o a la corta, habrá que salir desnudos a la intemperie. También me consta que cunde el desempleo y que, si la isla todavía no se ha mudado entera para la Florida, es porque la cosa está peor allá. Me asaltan las preguntas sin respuesta. ¿Conviene proclamar una apertura prematura? ¿No sería mejor extender por un lapso de tiempo razonable las únicas medidas protectoras exitosas mientras se prepara el gran salto hacia afuera? Como reza la versión reciclada y actualizada del refrán: más vale precaver que dejar de respirar.

La crisis del ajogazo ha puesto al descubierto el despiste imperdonable y el desbarajuste irremediable de nuestras instituciones de gobierno. Ni el Departamento de Salud ni el de Educación han sabido diligenciar los millones federales atribuidos para atender la emergencia. En espera de una aprobación que no llega, el Departamento de Hacienda no ha podido comenzar a distribuir los fondos del Pago de Impacto Económico. ¿Y qué me dicen del magno revolú que reina en el Departamento del Trabajo? Los ciudadanos desempleados están atrapados entre la inoperancia del “sistema” y la disfuncionalidad de sus administradores. En definitiva, los bien nombrados fondos PÚA lucen más inaccesibles que la estadidad.

Los dejo con tres consejitos que nadie me ha pedido. Por su salud mental, eviten someterse a los “briefings” diarios de Trump. Podrían terminar inyectándose detergente de piso para matar el virus. Ahorren para comprar en el mercado negro cantidades industriales de las inencontrables mascarillas que vamos a necesitar hasta para hablar por teléfono. Y, a la hora de estregarse las manos diez veces al día, cambien, por piedad, de vez en cuando el disco rayado del “Cumpleaños feliz”. Sus familias se lo agradecerán.

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