Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Adiós, Hamilton

El premiadísimo musical de Lin-Manuel Miranda ha generado tal furor que, si lo dejan seis meses más en Bellas Artes, terminaría recaudando suficiente IVU como para saldar la deuda pública. En ese caso, al autor hubiera habido que erigirle una estatua ecuestre en el Paseo de los Presidentes. Aunque, pensándolo bien, el querido y admirado artista merece mejor compañía.

Hasta que Lin le impartió el soplo vital, Hamilton era solo un señorón con lazo en un billete de diez dólares. No fue en la escuela que descubrimos su condición de migrante caribeño metido a revolucionario y ascendido a secretario de Hacienda de la primera república de América. Qué suerte la suya. Si, en lugar de coger para allá, se le hubiese ocurrido caer acá y conspirar con sus vecinos antillanos contra la tiranía española, seguro hubiese ido a parar a un calabozo del Morro.

No voy a infligirles otra reseña elogiosa del espectáculo que se despidió de Puerto Rico el domingo con lujo de monoestrelladas. Más incienso del que ya, con justicia, se le ha prodigado no le hace falta. Es buen momento para echar una rápida mirada a algunas de las circunstancias que ayudaron a convertir el exitoso evento en un verdadero fenómeno social. 

El clima psicológico anterior al estreno puso su grano de arena. Una megadosis continua de crimen, corrupción y Junta de Control Fiscal le demuele el ánimo a cualquiera. Dos huracanes consecutivos con sus respectivos apagones te lo acaban de masacrar. La celebración se vuelve entonces necesidad biológica. Nuestras Navidades extendidas y la irrupción de Lin-Manuel con su talento y su generosidad en la mochila provocaron un estallido de alegría que casi desemboca en catarsis emocional. 

Contrario a los pronósticos sombríos, la polémica por el cambio de sede – de la UPR al CBA de Santurce – tuvo un efecto acelerador. A favor y en contra del traslado se manifestó medio mundo. Detractores y apologistas de Mister Hamilton se enseñaron los dientes. Pero, lejos de amainar, el entusiasmo creció. El desenfreno por conseguir boletos dio paso a filas infinitas, tapones monumentales, una lotería digital y una seguridad militar. Se dispararon los selfis frente al escenario. El “hamiltoneo”, versión ultrachic del jangueo, alcanzó estatus ritual. Luego bailó bomba Jimmy Fallon. Y José Feliciano le alimentó la nostalgia a la diáspora. 

Dicen que el triunfo local no vale el internacional. La admiración sin límites por los íconos del patio que pegan fuerte en Estados Unidos redobló el fervor del auditorio. Las islas se ilusionan con los ecos del mundo exterior. Y es verdad que una producción de Broadway de esa categoría no se asoma por aquí con mucha frecuencia. Imagínense el frenesí que habrá causado en 1857 la presentación de la primera compañía madrileña de zarzuelas en San Juan. 

Mientras tanto, en el frío polar de la Sala de Festivales, nuestra condición colonial también decía presente. Hamilton le hablaba en clave a los puertorriqueños que presenciaban sonrientes las glorias y miserias de los “Founding Fathers” de la independencia ajena. Detalle revelador: fueron las canciones del rey Jorge Tercero de Inglaterra – interpretadas con gracia y picardía por el boricua Rick Negrón - las que arrancaron las carcajadas más resonantes. 

Y con razón. El travieso dueño del imperio británico gozaba y retozaba  asegurándoles a sus súbditos rebeldes que serían suyos “forever and ever”. Auguraba el arrepentimiento si insistían en la separación (“You’ll be back”). Y remataba el ultimátum con este verso enternecedor: “I will kill your friends and family to remind you of my love”.

Adiós, Hamilton. Trajiste fiesta, fiebre y fantasía. Ahora regresa el prosaico libreto de la realidad.

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