Miriam Montes

Tribuna Invitada

Por Miriam Montes
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“Adiós, poeta de mi alma”

Pudo haber sido el niño que se gestó en mi vientre, el que amamanté y cuidé como lo más sagrado que me ha regalado la vida. Porque un hijo es eso: el asombro de una criatura que nació en las entrañas propias y se hizo suyo y de nadie más. Sin instrucciones, sin etiqueta de devolución, sin garantía de nada. Con la libertad absoluta para ser quien escoge ser. Pero, en fin, un hijo, al que la propia naturaleza nos impulsa a amar con razones o sin ellas.

Así se aman. De manera rotunda. Con la vida toda. Con los dedos cruzados. Con el susto en la garganta y el corazón apretujado. Con la emoción de verlos crecer. Rogando. Implorando que la existencia los conduzca a algún destino exitoso, que también se traduce en benévolo, amoroso, productivo y justo. Vamos, que la vida los retribuya con lo mejor.

Ellos se embarcan en la nave que les cautive. Navegan, rondan, hacen alguna escala, regresan al punto de origen, reajustan la travesía. Construyen sus propias visiones. Las desbaratan. Se rebelan, se afirman, se encuentran. Perdonan, abrazan, se reproducen, aman. Crean su propio mapa. Asumen un rumbo que les parece relevante. Les pertenece a ellos este viaje. Mientras tanto, los padres observamos en la distancia. Se nos ha eximido de la tarea de acompañarles. O quizá lo hacemos. Tal vez nos quedamos en algún resquicio de la consciencia, en los espacios de amor que no escapan al olvido de los hijos. Allí la voz que nos rompe por dentro continúa susurrándoles nuestra querencia obstinada.

Hiram, el hijo de Hiram e Iris, fue asesinado. Los detalles huelgan. Para el país, su muerte física dispara las estadísticas de los asesinatos infames. Para todos los que lo amaron, su ausencia sabe a quebranto.

Lo conocí en la presentación de uno de los libros de su padre. Coincidí con su sonrisa afable y su mirada traviesa. Un tiempo después leí su alma en las letras que publicaba. Advertí su espíritu aventurero, esa inclinación por despeinar lo que anda muy planchadito y alborotar lo que intenta plantarse como la verdad. Hiram era de los que pensaba. Me pareció que lo animaba la inteligencia de los inquietos. Tenía en su aura algo de niño, un poco de filósofo y mucho de poeta. Se me antojaba como un chico con el abrazo desprendido. Por alguna razón absurda, sentí que me perdí su último abrazo.

Hoy, al despedir su cuerpo del plano terrenal, las palabras de los que celebraron su vida hicieron brillar a Hiram. Hiram el amigo sin condiciones, Hiram el padre enamorado, Hiram el hijo adorado, Hiram el hermano preciado, Hiram el poeta inolvidable... El amor asume rostros de suavidad, y allí, en aquel recinto repleto de nostalgias, el aire respiraba agradecimiento y ternura. Pienso que su hija, Andrea Sofía, acunará en su pecho el recuerdo de un padre que la amó hasta el infinito, y el germen de su talento artista.

La despedida, en voz de su padre, nos rompió a todos también. Porque en ese momento, Hiram, el hijo de Hiram e Iris, fue también el hijo de todos. Y el llanto de su padre y su madre, fue el nuestro también.

“Adiós, poeta de mi alma”. 

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