Chu García

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Por Chu García
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Adriana Díaz no cuenta los días: hace que los días cuenten

Ha convertido a Puerto Rico otra vez en la Isla del Encanto que había dejado de ser; y en estos días angustiosos por tanta tirantez política y social ha provocado que el mapa borincano se asemeje a su raqueta pequeña de tenis de mesa, que la sigue engrandeciendo por su éxito internacional constante en un deporte inventado quizás por Buda para asiáticos, sean de China, Japón o Corea.

Con sus medallas de oro en sencillos y dobles, en compañía de su hermana Melanie, en los Juegos Panamericanos de Lima, se puede afirmar que nunca en el país había habido una deportista joven de tanta calidad y carisma, cuya bondad, sonrisa diáfana y pícara derrite los corazones del pueblo, amén de que es tanto el amor por su patria que podría ser la segunda estrella de su bandera, o, al menos, agrandar la solitaria que está centrada sobre azul y acompañada de tres franjas rojas y dos blancas, que significan cielo, sangre y pureza al por mayor.

Nacida y criada en Utuado, pueblo tejido de montañas, con el lago Dos Bocas bañando su orografía exuberante, y con el Centro Ceremonial Indígena de Caguanas en legado de nobleza, Adriana Díaz es la hija que toda familia puertorriqueña desearía tener.

Y se debe a que ha sabido crecer deportiva y humanísticamente a la par, con su piel forrada de modestia y una mina de cariño genuino con la gente, sin importar la edad de sus congéneres, y dejando que su mirada hinoptice al prójimo con caudales de amor inagotable como si te estuviera regalando el mundo con sus manos artesanales.

Adriana, sin dudas, dice lo que siente y siente lo que dice, que parece lo mismo y no lo es porque solo desea mantener abierta la puerta del aprendizaje y sin cerrar las ventanas del esfuerzo, a sabiendas de que así da equlibrio a sus necesidades.

Ella, definitivamente, no anhela enriquecerse de felicidad para sí misma: solo quiere compartirla con los demás, y con toda su familia como eje de su existencia, una parentela que ha sabido inculcarle principios morales y enseñarle hábitos de convivencia sana y ejemplarizante.

Adriana Díaz, pues, no cuenta los días: hace que los días cuenten y por eso es bálsamo de un Borinquen que parece agonizar.

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