Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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"After Maria": Belleza por error

Una mujer aplasta tostones con una lata de habichuelas en un hotel del Bronx. El humo de los tostones fritos sale por la ventana como lo hace el humo de los carros que pasan por la avenida frente al hotel. Encima de una lámpara hay un paquete de pan Holsum. Alrededor de la lámpara del hotel, en la mesa de noche, hay un pote de sofrito, de adobo y otros tantos de salsa de tomate y habichuelas Goya, un envase de plástico con hojas de laurel, una cafetera, dos aderezos para ensaladas, y una cajita plástica de chocolate Nesquik amarilla -tan amarilla como los tostones fritos. Un globo de “Feliz Día de la Madre” medio vacío y cansado de flotar por la habitación, se ha acomodado cerca del gallo Cornelio de una caja de Corn Flakes. Estas son algunas de las imágenes que pueblan el documental de Nadia Hallgren titulado “After María” y, mientras lo veía, recordé las descripciones que hiciera René Marqués del interior del apartamento del Bronx, en la Tercera Estampa de “La carreta”.

En el sexto piso de un edificio viejo y deteriorado de “la colonia puertorriqueña del Bronx”, a principios de los años cincuenta, vive Doña Gabriela. En la pequeña sala hay una ventana que da a un patio interior sombrío. Desde allí se ve la cuerda movediza para tender la ropa. A la izquierda se ve la cocina, pintada de verde claro con manchas de humedad blancas. Hay una mesa y tres sillas. Encima de la mesa, un jarro verde, un bote de café negro y una azucarera amarilla. En la pared, una litografía enmarcada del Corazón de Jesús. A cada lado de la litografía, dos floreros de pared, con flores artificiales y polvorientas. A la derecha hay una mesa con un radio último modelo, “reluciente y agresivo, que contrasta con el resto del mobiliario. Sobre el radio está la carreta de madera que Miguel le regalara a Juanita”.

La carreta de Juanita resume la ilusión del amor verdadero y el desamparo, la promesa del terruño isleño y el terreno baldío del progreso neoyorkino, el desplazamiento y la inmovilidad de los sueños, la igualdad y el ninguneo, la diáspora y la espera. Nuestra carreta ha cambiado en forma, pero en sustancia es la misma. Ya no es una escultura en madera encima de un radio, sino una cajita de plástico -llamado celular- que es radio y cámara a la vez: ego y masa, amor y traición, arma y letra, pobreza y riqueza, nostalgia y actualidad, solidaridad y superficialidad, utopía y desencanto.

La estética del documental “After María” comparte mucho con esa literatura de la diáspora con la que nos educamos muchos: el Nueva York de José Luis González, de Pedro Pietri, de Tato Laviera, de Pedro Juan Soto y René Marqués, incluso con ese “Boricua en la Luna” que cantamos a gaznate y cerveza importada. Nueva York -lo saben los escritores- tiene una belleza particular. Milán Kundera la bautizó como belleza por error. Mientras Europa luce una belleza planificada -catedral y rotonda- Nueva York encanta por su belleza accidental -cristal y ladrillo. Es una belleza no intencional, como una flor nacida en un zapato que cuelga de un cable eléctrico, y de la cual derivamos un placer estético que en realidad debería repudiarnos. La fotografía del documental y la utilería casi de teatro va por esa misma línea: une amistad y desahucio. No puedo quitarme de la cabeza la cicatriz rosada que baja por el cuello de Glenda, que sufre de tumores en la garganta, ni la navaja de barbero de uno de los esposos que arregla y acicala las cejas de todos. Conmueve la mirada de la niña de once años llamada Nilda, y que hereda dos tortugas en una pecera de una de las vecinas del hotel.

Las tres mujeres protagonistas de “After Maria” nos recuerdan que nuestro país es eso: un hotel. Un hotel como casa y dos tortugas como partido. Aunque nos creamos los más cheches de la película, los paladines del trabajo duro y honrado, todos en realidad esperamos -como ellas- que los fondos federales lleguen: que podamos comprar la picadera para las fiestas que venden en Costco, que el dinero federal arregle las carreteras, que el cine entretenga a los niños con un mofongo de superhéroes, que el ingeniero y amigo del gobierno pueda conseguir ese contrato que mantenga sus lujos, que no nos quiten las becas Pell -por más independentistas que seamos o más Medallas bebamos. Dice Kundera que la belleza como error es la última fase de la historia de la belleza. Lo aceptemos o no, esa belleza es la que arrastramos en nuestra carreta de cada día.

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