Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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Agenda 2020: avanzar la independencia de Puerto Rico

El independentismo es el único movimiento cuyas ideas sobre el estatus han nacido y siguen entroncadas en la historia y luchas puertorriqueñas y latinoamericanas. Las otras dos opciones, autonomismo y anexionismo, son extensiones, sombras, de esa imponente presencia de lo americano.  

Únicamente el independentismo ha tenido que arar con sus esfuerzos y prometer algo radicalmente distinto. El independentismo ha luchado por la vida y contra el servicio militar obligatorio; por la paz, y contra la guerra en Vietnam; por la vida y el rechazo a la guerra contra la marina en Culebra y Vieques; por la defensa de un paisaje condenado a desaparecer con la idea más descabellada del colonialismo, que fue construir un superpuerto petrolero en Isla Mona.

Los independentistas han marchado con comunidades en sus luchas ambientales; han ido a prisión por querer paz y salud en Vieques; han militado con los universitarios; han denunciado el llamado Plan de Terrenos de los colmillús del PNP.

Llegamos ahora al umbral del 2020, cuando las elecciones, por primera vez en mucho tiempo, son una oportunidad para una ruptura fructífera.

Desde el 2016, Puerto Rico ha sufrido las andanzas de la Junta que, al día de hoy, se ha negado a definir los servicios esenciales y así tener mano libre a la hora de descuartizar la educación universitaria; un huracán categoría 5; y una claque que al día de hoy tampoco ha especificado los servicios esenciales ni ha exigido que la Junta cumpla con su obligación de hacerlo. 

También ha sido testigo de lo predecible: los militantes anexionistas en fila india hacia el tribunal federal por sus malos haberes, también predecibles; los insultos del presidente; los fondos de FEMA que no llegan; y el chat de unos doble eles, con su desprecio descomunal a esa categoría para ellos tan pedestre y conocida como el resto de los mortales. Y para sorpresa de los colonizados, Puerto Rico ha visto el racismo transparente del ejecutivo federal, sus agencias, y del Partido Republicano.

Jurídicamente, la Junta puso fin a la fantasía del ELA, aquello de un “convenio” que no podía ser alterado sin el consentimiento de las partes. Políticamente, el anexionismo es un círculo de aleteos plebiscitarios seguidos de encarcelamientos. 

Nunca es tarde para sorprender al “establishment” de Washington y su apolismado inmovilismo. El letargo de la metrópoli, contraparte del letargo isleño, se nutre de creer conocernos. Como ya han aprendido muchos, para la mayoría de los norteamericanos somos “Spanish speaking people” y, por lo tanto, inmigrantes. Para el establishment, somos náufragos oscilando en un “part time” como subdivisión de FEMA y otro “gig” en el teatro de plebiscitos aburridos sobre el estatus. Nos ven sin otra salida que la Junta y con un electorado aterrado si le quitan sus dos partidos con su inexplicable función de mayordomos de la Junta y “security blankets”. Nos ven desorientados en la pobreza y la dependencia, y añorando emigrar. Para ellos, los eventos de julio fueron una corta interrupción del letargo.

Sospecho que se equivocan. La rebelión de julio fue un momento de vergüenza y rabia colectiva que no pidió nuevas políticas públicas ni declaraciones sobre penurias sectoriales. Fue un grito de desagravio, una coyuntura que hizo de la dignidad un valor político. Esa angustia por una dignidad lacerada sigue hoy en espacios micros y macros en Puerto Rico.

Se impone un crecimiento gigante del independentismo, con su programa de justicia social, y de un sólido bloque anti-colonial en la legislatura. Es lo único que desorientará al gobierno federal al anularle sus confiados pronósticos. Lo único que estremecerá al “establishment” en cumplimiento de un principio indubitable:  el poder respeta el poder. Y, sobre todo, es lo único que le dará continuidad fiel a una dignidad lacerada por tantos y que sigue hoy, en silencio, en espera, en tertulias, buscando formas de superar las humillaciones de más de una década. 


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