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Por El Nuevo Día
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Agenda para un país vivo

La presente merma en precipitación pluvial a primera vista tienen a nuestros embalses en alarma roja y al País en vilo. Pero, ¿qué tipo de sequía afecta nuestra infraestructura de agua? No es únicamente falta de lluvia sino sequía de voluntad y entendimiento político para planificar, desarrollar de manera sustentable y proteger la infraestructura verde del País. Es esa sequía mental que impone la agenda individual sobre el bien colectivo sin medir sus consecuencias a largo plazo.

Por ejemplo, hace unos años el Gobierno quiso imponer un gasoducto que atravesaría la Cordillera Central. En aquel momento chantajearon al pueblo con la agenda energética por encima de cualquier otra consideración. Gas o gas, más conectarían el tubo a una instalación que no podía cumplir con suplir el combustible necesario. O sea, construirían un tubo vacío. Absurdo. Pero más absurdo era la consideración de construirlo por encima de la agenda de los bosques, el agua, la agricultura y la seguridad de la gente.

¿Qué sería de Puerto Rico hoy? Estaríamos viviendo las consecuencias del impacto severo a miles de cuerdas de bosques, zonas agrícolas, daño a cabeceras de cuencas hidrográficas incluyendo la destrucción de 234 cuerpos de agua y sedimentación masiva y todo para enterrar un tubo. Tendríamos a la AEE quebrada hace meses con $600 millones de deuda adicional para un proyecto que no podría cumplir su propósito. Sin duda, el costo del servicio energético sería más caro.

De haberse construido, el Lago Dos Bocas estaría más tapado y no habría caudal suficiente para alimentar la reserva que suple agua a través del Supertubo a cientos de miles de puertorriqueños, hoteles, empresas y agricultura.

De otra parte, por contaminación hemos perdido más de 80 pozos de agua subterránea en los últimos 30 años. El volumen perdido equivale a la misma producción de agua que transporta diariamente el Supertubo. Por deforestación y desparrame urbano, las cuencas del Río La Plata y Carraízo tienen esos embalses como los primeros en la fila para secarse. Por la pobre infraestructura de distribución, se pierde más del 50 por ciento del agua procesada. Por una cultura del derroche, el recurso se utiliza a mansalva.

La agenda para un país vivo debe atender todos los renglones sin que uno se imponga destruyendo a otros. Ni la AEE sobre las aguas, ni la agricultura sobre nuestros bosques, ni lo urbano sobre lo natural. Planificar y desarrollar sustentablemente permite cerrar brechas y armonizar las diferentes actividades del quehacer humano. Avances en tecnología y mejores métodos están a nuestro alcance.

Para nuestra fortuna, la agricultura está retomando un rol importante. Necesitamos agua para producir más alimento, generar riqueza, empleos y actividad económica. Ahora bien, ¿la agenda agrícola por encima de cualquier otra consideración? Todos deseamos un desarrollo pleno de la agricultura, ¿pero será el desmonte mecanizado de 14,000 cuerdas para sembrar café al sol en el centro de la Isla la mejor opción? Ese café es de menos calidad, más susceptible a daños por sequía, aumenta la sedimentación y destruye el suelo. Por lo tanto, se perpetúa la dependencia de abonos comerciales y así los subsidios millonarios que benefician al vendedor de abono al gobierno de turno. Como si fuera poco, los flujos mínimos de los ríos cercanos son significativamente menores que en siembras donde el café se hace bajo sombra. Así lo ha medido el US Geological Survey.

Entonces, ¿qué hacer? ¿Imponer una agenda sobre la otra? Se necesita de voluntad y visión política para hacer las cosas de forma diferente. Claro que podemos sembrar y proteger las cuencas, pero no haciendo lo de siempre. 

Nuestra isla está bendecida con la abundancia del recurso agua. El mal manejo nos impone riesgos. La sequía se combate con planificación sabia y buenas prácticas. Protejamos la infraestructura verde y minimicemos los impactos adversos auto-provocados. La lluvia no la controlamos, pero el uso de nuestros espacios, sí.

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