Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Agonía de Río Piedras

El otro día, una exvecina me contaba que, por primera vez en mucho tiempo, había regresado a Río Piedras y lo había encontrado “hecho un asco”. La suciedad de las calles, el desgaste de los edificios y la cantidad de deambulantes pidiendo dinero la dejaron boqueando de espanto.

Un tanto picada en mi orgullo de riopedrense adoptiva, me quedé rumiando la terrible impresión que se había llevado mi amiga del lugar donde vivo. Dos razones me explicaron su reacción y la mía. Por haberse mudado a la periferia, ella no había podido registrar la degradación progresiva del casco. Y, por haber estado presente durante cuatro décadas, yo quizás me había acostumbrado a la normalidad del deterioro.

Deterioro, dicho sea de paso, para nada atribuible en su totalidad al reciente embate de María. En honor a la verdad, el huracán no causó aquí daños tan catastróficos como en otras partes. Muchísimo peores fueron los estragos del apagón sostenido que, durante largos y angustiosos meses, mantuvo a comerciantes y residentes a merced de las plantas de diésel, las bolsas de hielo y la oscuridad callejera.

No cabe duda: la decadencia de la Ciudad Universitaria viene de lejos. Su anexión a San Juan en los cincuenta de Doña Fela, a fin de engrosar las arcas comunales con una bonanza financiera de patentes e impuestos, ha probado ser una decisión nefasta para el antiguo municipio convertido en gueto marginal. Lo irónico del caso es que, con sus barrios, campos y suburbios, Río Piedras compone la mayor parte de la región sanjuanera. Es más, hasta cabría argumentar que es el legítimo San Juan.

Sin embargo, las sucesivas administraciones que han gobernado por control remoto a este territorio mal incorporado no han tenido empacho en condenar su corazón histórico al abandono. Aparte de alguna que otra mejora ocasional, inaugurada con festejos y fanfarria, ningún alcalde se ha desvivido por modernizar su infraestructura, asegurar su limpieza, impulsar su desarrollo ni conservar su memoria. Amargo destino que pronto compartirán otros pueblos con las famosas consolidaciones municipales.

La fuga a las urbanizaciones marcó otro hito en la trayectoria descendente de Río Piedras. Un número considerable de citadinos emigró hacia el paraíso de las casitas idénticas. La cultura del automóvil trajo de remolque los centros comerciales. Ahogados por la competencia y los alquileres, los pequeños negocios empezaron a replegarse. La última esperanza era la Universidad, con su inmensa reserva de viajeros, inquilinos y consumidores. Pero el surgimiento de los colegios regionales dispersó a la población universitaria y el carro privado desplazó a la vigorosa transportación pública que movía a clientes y estudiantes.

Como si fuera poco, en 1996 ocurrió la explosión de la tienda Humberto Vidal en el Paseo de Diego. Para Río Piedras, la tragedia humana representó un auténtico cataclismo social y económico.Pese al retiro de la tubería por las compañías distribuidoras de gas, las imágenes de los destrozos, la contabilidad de los muertos y los estremecedores testimonios de los sobrevivientes traumatizaron a visitantes y habitantes.

Entonces hizo su entrada triunfal el tren urbano. Su prolongada construcción, iniciada en los noventa, perturbó gravemente la actividad profesional y mercantil del sector. Aquejado por la crisis fiscal y la negligencia oficial, el supuesto remedio milagroso al ataponamiento metropolitano raya hoy en la zona de desastre. Ni la boletería, ni los tornos, ni las escaleras eléctricas funcionan. Para colmo de males, las secuelas del huracán clausuraron por tres meses nuestra estación subterránea.

Dentro de ese panorama tétrico, una de las escasas ideas funcionales fue la instalación de oficinas del gobierno en los alrededores de las estaciones. Así se promovían el uso del tren y la afluencia de gente al vecindario. Pues bien: tengo el disgusto de informarles que ya la mayoría de ellas ha desaparecido, incluyendo a las muy concurridas del CESCO y de la AEE.

Ausencias dolorosas de otra índole también hemos sufrido. El centro cultural de la Casona, en la plaza, está inoperante desde septiembre. La legendaria Librería La Tertulia tuvo que cerrar sus puertas. Y la residencia de profesores de la UPR fue liquidada en aras de quién sabe cuál embeleco rentable. Los que nos obstinamos en soñar con la resurrección de la tricentenaria Villa del Roble estamos de duelo como por tres amigos.

En la curva ascendente de la avenida Ponce de León, convergen dos ruinas entrañables. Una es la sede de la primera alcaldía de Río Piedras, construida en 1860. La placa de bronce que un esfuerzo comunitario logró colocar en su fachada fue víctima del robo de metales. En la acera del frente, los restos del emblemático Cine Paradise, testigo de tanta historia, continúan esperando por su restauración. El viejo cascarón del teatro sirve de estacionamiento improvisado.

Aunque heridos de muerte, estos símbolos de la identidad riopedrense todavía están en pie. Con el tiempo y la indiferencia, ¿se borrarán de la vista y del recuerdo? Quisiera pensar que no. Ahora más que nunca, su tenaz vocación de resistencia tiene algo importante que decir.

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