Juan Manuel Mercado Nieves

Tribuna Invitada

Por Juan Manuel Mercado Nieves
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Agua, que me muero

“¿Qué les pasa a los puertorriqueños que no se rebelan?” (Betances)

Pasados los vientos que azotaron a Puerto Rico a consecuencia del huracán María, los puertorriqueños recibimos los efectos de otra catástrofe.  Esa nueva-vieja catástrofe no es otra que el huracán de la incompetencia, la indolencia, la corrupción y el manoseo con el sufrimiento de todo un Pueblo.  Este meteorito, contrario a María, es de categoría no cuantificada y sus consecuencias se extienden por todo un país que todavía sufre.

Testigo mudo de este hecho son las casas destechadas con toldos azules que se notan desde el firmamento y cuyas consecuencias afectan a diario el sin vivir de los más pobres.  Igual pasa con los que aún padecen el martirio de la inestabilidad en el servicio eléctrico.  Sumado a esto, el denunciado traqueteo con los suministros de emergencia, demuestra cómo algunos no superan sus ansias de obtener ventaja de la desgracia de los demás.  

A estas calamidades se añade la más reciente expuesta públicamente: decenas de miles de cajas de agua abandonadas que languidecen en una pista de aterrizaje en Roosevelt Roads y languidecen mientras un país entero sufría de sed.  A los gobiernos de Donald Trump y de Ricardo Rosselló se les ve el refajo. 

Dos gobiernos, el colonial y el de Estados Unidos, que mientras se congratulan y se dan autobombo, quedan expuestos ante su incompetencia y falta de empatía con los más necesitados.  Mientras el contenido de las cajas de agua hierve ante el azote del sol tropical, miles de puertorriqueños pasaban la zarza y el guayacán para conseguirla.  Así fuimos testigos de cómo los puertorriqueños se servían de aguas crudas de los ríos y manantiales, para luego enfermar.  El paso de María y del huracán estacionario de la inmunidad de dos gobiernos inmunes al dolor de los puertorriqueños, nos obliga a la reflexión.

Que se exijan cuentas a los responsables no repondrá la sed sufrida, los techos caídos o las miles de muertes acaecidas a consecuencia del paso de estos dos huracanes, pero servirán para que el pueblo empiece a sanar.  Las pobres explicaciones dadas por los responsables de FEMA y del encargado de seguridad pública en Puerto Rico, señor Héctor Pesquera, resaltan la falta de transparencia de ambos y la falta de empatía para con los más vulnerables.  Mucho menos el duérmete nene de ambos gobiernos, a nadie convence.

Pero el problema no está en el agua o en la falta de ella.  Tampoco en la incompetencia de un puñado de burócratas cuya prioridad es la defensa de sus sueldos y que hace tiempo debieron ser privados de sus cargos.  El problema yace en el abandono en el que tanto el gobierno colonial como el federal han tenido a los puertorriqueños.  El país parece una balsa de piedra que navega a la deriva por el Caribe.  Es inaceptable el desdén con el que uno de los gobiernos y la complacencia “self serving” ha manejado la emergencia.  

Los puertorriqueños no podemos seguir viviendo en una catarsis.  Es momento de que exijamos ya cumplimiento.  Mientras el americano habla clara y contundentemente el gobierno colonial se toma “selfies”.  Es momento que los puertorriqueños internalicemos la necesidad de caminar juntos y denunciar el fraude que, más allá del agua, está en la relación de subordinación que se mantiene estacionaria en el  país desde 1898 y nos está matando de sed de libertad.

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