Carlos Flores Ortega

Punto de vista

Por Carlos Flores Ortega
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Ahora le toca a la agricultura

Como si fuera poco recuperarnos de dos huracanes mayores y terremotos, ahora también enfrentamos quizá el peor de los retos de la naturaleza con la llegada del COVID-19 a la isla. Las medidas que el gobierno tiene que implantar y la ciudadanía apoyar, basadas en las recomendaciones de expertos y nuestras capacidades para responder a esta amenaza de salud, ponen también en riesgo nuestra estabilidad económica y social. Dentro de este escenario surge la necesidad de protegernos del contagio y de mantener un buen sistema inmunológico que nos ayude en la eventualidad de contagio a vencer la enfermedad. Este sistema inmunológico está directamente relacionado a los alimentos que consumimos y nuestros patrones de vida. Por eso es que la alimentación surge como la principal línea de defensa y única garantía de vida. 

La agricultura surge en estas emergencias como un sector económico necesario para la población y fuente de desarrollo económico, cuando otros sectores como el turismo, manufactura, construcción y comercio se ven amenazados. No solo provee alimentos frescos y sanos, sino que como fuente de materia prima suple productos a las plantas elaboradoras de procesamiento de alimentos, generando una cadena sólida de desarrollo económico cuando más lo necesitamos. Nuestra producción se realiza aquí en nuestra tierra, aislada de cualquier contaminación y con el simple ejercicio de sembrar unas cuantas onzas de semillas tenemos cientos de libras de alimentos para nuestra población. 

La pandemia que enfrentamos es suficiente para que reflexionemos sobre dónde realmente debemos enfocar nuestras prioridades como seguros de vida. Salud y alimentación, sería lo más lógico pensar. Sin embargo, por años hemos subestimado lo que ahora vemos como necesario. ¿Cómo la agricultura puede cumplir su función de proveer seguridad alimentaria a toda la población en todo momento, aun en condiciones de riesgos? La experiencia vivida nos presenta no solo lecciones, sino también oportunidades para hacer las cosas de una forma distinta de ahora en adelante, conscientes de que la agricultura es uno de los sectores más vulnerables, pero de más rápida recuperación en situaciones de desastres naturales. 

¿Cuánto más puede crecer nuestra producción agrícola? Antes del huracán, importábamos cerca del 85% de nuestros alimentos y un 15% se producía localmente en unas 600,000 cuerdas de terreno que comprenden cerca del 30% del terreno disponible. Unos 17,000 agricultores-- en más de 30 empresas agrícolas entre cosechas y crianza de animales-- emplean cerca de 25,000 trabajadores a tiempo parcial y permanente y generan el 1% del IBN, correspondiente a unos $890 millones anuales de IBA a nivel de finca. Este valor se transforma en más de $3,000 millones cuando le añadimos el factor multiplicador que genera la actividad agrícola, en el valor agregado en los sectores de manufactura, industria, turismo yotros. 

Con una gran diversidad de condiciones climáticas y de suelo, nuestra agricultura provee una vasta diversidad de alimentos durante todo el año. Envuelve actividades de producción que van desde la agricultura a nivel de huerto casero, pesca artesanal, cultivos orgánicos y sustentables a escala comercial, hasta la producción tradicional comercial de plantas y animales, llegando hasta la biotecnología y producción bajo condiciones de ambiente controlado de alta tecnología. 

Este tipo de agricultura tan diversificada provee presencia de una gran cantidad de alimentos frescos a la población, aunque con volumen o disponibilidad limitada ante la realidad de demanda de una alta densidad poblacional de la Isla. Mas allá de la leche, los plátanos y guineos que en condiciones normales pueden satisfacer la totalidad de la demanda local, aunque con fluctuaciones de precio por ciclos de abundancia—escasez y por contar con protecciones que evitan o limitan la importación, no hemos podido satisfacer las necesidades de al menos un 50% de nuestro consumo en la mayoría de nuestros productos. La gran mayoría de la producción se concentra en el mercado fresco, aunque recientemente hemos visto una tendencia bien marcada en la elaboración y procesamiento de alimentos, principalmente por la entrada de una nueva generación de agro-empresarios jóvenes cargados de nuevas ideas y preparados en distintas disciplinas no relacionadas con la agricultura tradicional. 

Aunque hay muchas teorías de cuánto más puede crecer nuestra agricultura bajo estas condiciones, creo que podemos reducir a un 70% las importaciones y aumentar a un 30% nuestra producción local, lo que significa duplicar lo que tenemos hoy día. 

Esta experiencia única nos lanza el reto de repensar lo que debe constituir “Seguridad Alimentaria” y más allá de tesis y cálculos académicos, ver nuestra realidad y nuestras oportunidades de establecer una nueva agricultura más resiliente y fuerte. La razón de aumentar producción y solidificar nuestra actividad agrícola no debe ser únicamente para cumplir con el supuesto de “seguridad alimentaria” que ya hemos visto que como elemento aparte no puede cumplirse en situaciones de desastre natural. El aumento de la actividad agrícola debe ser guiado por la necesidad de mejorar la actividad económica balanceada, sustituyendo importaciones, dando prioridad a las empresas más rentables y que puedan sostenerse con el mínimo de ayudas de gobierno. La agricultura que puede proveer mayor seguridad alimentaria es la que le provee ganancias razonables al agricultor, la que puede volver en el menor tiempo posible a producir y la que provea mejores oportunidades para inversión, creación de empleos y actividades económicas. En otras palabras, para estar mejor preparados cuando llegue el próximo huracán, terremoto o situación que nos obligue a aislarnos del resto del mundo por nuestra seguridad. 

Ante la situación que se avecina y que enfrentaremos con valentía, nosotros en la agricultura estamos listos para dar el paso al frente en el desarrollo económico y en la estabilidad social de nuestra población. 


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