Antonio Quiñones Calderón

Tribuna Invitada

Por Antonio Quiñones Calderón
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A izar la bandera

Sin que vaya en menoscabo de la urgencia que demanda la agenda de trabajo que tiene sobre sus hombros la nueva administración pública ni de la validez de las primeras propuestas del gobernador Ricardo Rosselló para superar el caos económico, el desorden y la improvisación del gobierno que hereda, hubo algo en su discurso inaugural que me pareciera puntual para poder comenzar, y lograr con éxito, el rescate de Puerto Rico.

Está contenido en una breve línea, de profunda dimensión: su compromiso de hacer un gobierno de “responsabilidad, ética y honor”. Claro está, el trabajo que tiene por delante el equipo de trabajo del nuevo gobierno será de una extensión histórica de planificación de esfuerzos para salir de la encerrona económica y social – es decir, del hoyo negro– en que se encuentra nuestro pueblo. Pero hay un aspecto al que raramente se hace referencia en mensajes como los del pasado lunes: el trabajo por el rescate de la dignidad del pueblo cuando esta ha sido ultrajada.

Esa línea del discurso del gobernador Rosselló me recordó un puntilloso reclamo de Luis Muñoz Rivera, quien, enfrentado a las circunstancias de su tiempo preguntaba: “¿La ley?”, y se respondía con indignación: “Está de paseo y no volverá sin duda; la ha dejado sorda y muda tanto y tanto vapuleo”.

Más de un siglo después de extinguida la vida del prócer de Barranquitas, la ley de su pueblo –la de la justicia humana y la moral– ha sido víctima en estos cuatro años de su más burdo vapuleo. Más que en el tiempo de su angustioso reclamo. Abolir tanto vapuleo es tarea ciclópea del nuevo gobernador y su equipo de trabajo. Es un vapuleo, sin embargo, que no se ha dado únicamente en la manera de operar lo gubernamental –que ya es muy dañino– sino también, y posiblemente con más angustiantes consecuencias, en el papel de modelo que corresponde ofrecer a quienes llamamos “líderes” del pueblo.

Ausencia o presencia escasa de modelos en la dirección pública que aliente en niños, jóvenes y adultos un ejercicio por emular, por sus virtudes, por su ejemplo moral, por su apego a la verdad y al decoro en su comportamiento; perversión en el descargo de la autoridad pública y su consecuente trastoque de la escala de principios morales y prioridades para la urgente reconstrucción de nuestra sociedad; afán protagónico por “ser”, en lugar de hacer; superficialidad en el discurso político, mediocridad y poco entendimiento de lo que es, y para qué se descarga, la función pública. He ahí una lista, apretadísima, del estado de situación del vapuleo que dejó en nuestro patio el fatídico 2016 y que obliga superar a la nueva administración de gobierno.

Desde luego que es de rigor para el nuevo gobierno realizar una lucha sin tregua ante el grave problema fiscal, social y económico que 2017 hereda de 2016; desde luego que tendrá que cruzar con absoluto equilibrio la larga cuerda floja tendida ante aires de huracán que la tambalean más minuto tras minuto; desde luego que será de acrobacia el ejercicio de gobernar para reencontrar el camino perdido del progreso y el bienestar propios de un pueblo que ha confiado tanto en sus líderes para aspirar a una vida digna.

Pero sin una asepsia en la conducción de la cosa pública, no veo que haya siquiera visos de triunfar en lo cotidiano del gobierno, que es hacer obra, prestar servicios, promover y respetar las leyes de protección de niños y ancianos –especialmente los más vulnerables–; condenar, en lugar de condonar o premiar los ataques a la vida y la dignidad de mujeres y hombres; decir siempre la verdad al pueblo. Planteo que es lo que más urge en la agenda pública de futuro.

La designación de un gabinete de gente de pueblo, no de representantes de una elite, muchas veces comprometida con intereses que no son los del pueblo, parece una manera sabia para dar contundencia a esa línea del discurso inaugural.

Para izar la bandera de Puerto Rico.

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