Víctor Cabezas

Tribuna Invitada

Por Víctor Cabezas
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Alan García: un día triste para el Perú

Alan García fue dos veces presidente del Perú, en 1985 y 2006. La primera vez que fue elegido era un carismático joven de tan solo 36 años. Su inexperiencia al gobernar, junto sus medidas económicas extremadamente populistas llevaron a Perú a la peor de sus crisis, con escasez de alimentos, altos niveles de pobreza y llegando a tener una deuda externa superior a los 16,000 millones de dólares.  

Esto generó el primer éxodo de peruanos, algo muy similar a lo que enfrentan los venezolanos hoy. 

En 2006 fue elegido nuevamente presidente, tal vez por una nueva generación de votantes que no habían vivido en carne propia la crisis de los ochenta. Esta vez García había madurado y sus decisiones políticas estaban enfocadas en favorecer la inversión extranjera para inyectar capital al Perú. Durante su segundo mandato, sus niveles de aprobación fueron altos en un principio pero fueron descendiendo debido a casos de corrupción, tráfico de influencias y enriquecimiento ilícito.

García era un político muy inteligente. La mayoría de los peruanos sabíamos que él había robado dinero al país y que lo había depositado en bancos en Suiza y Gran Caimán, pero su nivel de astucia y precisión hizo imposible encontrar pruebas y juzgarlo ante la ley. 

Esto cambió radicalmente cuando estalló el caso de corrupción internacional del conglomerado brasileño Odebrecht. De pronto, todos los ex presidentes vivos del Perú comienzan a ser investigados y caen presos: Pedro Pablo Kuczynski (preso), Alejando Toledo (prófugo) y Ollanta Humala (estuvo preso). En esta redada también cae Keiko Sofía Fujimori (presa), la hija del expresidente Alberto Fujimori, quien también está en la cárcel por crímenes contra los derechos humanos. 

El único intocable hasta ese momento era el meticuloso Alan García, pero en una reciente investigación más profunda sobre los tentáculos de corrupción de Odebrecht apareció su nombre junto al de otras personas muy cercanas a él. La detención y su posible encarcelamiento eran inminentes, razón por la cual Garcia tomó la drástica y penosa decisión de quitarse la vida de un disparo en la sien, mientras decenas de policías esperaban afuera de su casa para detenerlo.

Hoy fue un día triste para el Perú. Para muchos peruanos el suicidio de Alan García lo pone en calidad de mártir y perseguido político, para otros -en los que me incluyo- es algo muy penoso para su familia pero una muestra de lo culpable que se sentía García ante un próximo juicio por corrupción. Como dice el dicho “el que no la debe no la teme”.

El ejemplo de fiscalización anticorrupción que viene aplicando Perú contra sus exgobernantes, debería ser un ejemplo para toda Latinoamérica. Es momento de dejar de una vez por todas, de hacernos los de la vista gorda ante tantos casos de enriquecimiento ilícito que vemos todos los días.

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