Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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¡A las armas... de presión!

Hemos vuelto al punto cero. Los casi cien años transcurridos desde la Ley Jones no han cambiado sustancialmente nuestra condición colonial. Económicamente hemos retrocedido, además, al momento anterior a la bonanza que compró –por algunos años – la aquiescencia ante el imperio.

Sería inconcebible seguir dando coces contra el aguijón (léase: seguir insistiendo en una fórmula obsoleta). La emergencia fiscal actual, por otra parte, no debería impedir que reflexionáramos a conciencia sobre nuestro futuro, buscando –sin ardides políticos- una solución. Es importante que también nuestros “amos” –anteriormente benévolos; ya no tanto- se percaten de lo insostenible de nuestra situación y de cómo se refleja sobre ellos, que se pasan dándole lecciones de “justicia” y “democracia” al mundo entero.

Es difícil la tarea. Para el Congreso de Estados Unidos, Puerto Rico es menos que una nota al calce en su agenda. Así fue durante las décadas de bonanza y así es en esta de emergencia fiscal. ¿Cómo lograr que se enfrenten a nuestro problema, hablando claro sobre lo que están o no dispuestos a conceder? Mientras Puerto Rico no dé demasiado que decir ni que hacer, la actitud imperial seguirá siendo la indiferencia.

Hay que acudir a las armas ... pero no a las reales (algo que ya se intentó, heroicamente, sin resultado alguno) sino a las de presión: forjar estrategias que conminen a Estados Unidos a tomar las debidas cartas en el asunto. Las peticiones y los llamados a la buena voluntad tampoco han funcionado. Ahí está la trayectoria de esfuerzos para ampliar los poderes locales e internacionales del ELA, empezando con el impasse con que se encontró el proyecto de ley Fernós-Murray, presentado en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos el 23 de marzo de 1959, proyecto que buscaba sustituir la Ley Jones de 1917 y que el mismo Luis Muñoz Marín retiró al percatarse de que no pasaría.

Quedan dos recursos, dos armas de presión. La primera es la opinión pública mundial. Aunque la situación es crucial para nosotros, lo cierto es que somos un país generalmente desconocido. Si apenas pueden identificarnos en un mapa, menos podrá la opinión pública mundial aprehender el grado de confusión de nuestra indefinición jurídica y la singularidad de nuestra posición política en las Américas.

Empecemos proclamando a los cuatro vientos y por todos los medios posibles -los  de comunicación, las redes sociales, los medios académicos, los cabilderos de todo tipo - que los Estados Unidos tienen, desde hace más de cien años, una colonia que ya quiere dejar de serlo. Hagamos tanto ruido que el Congreso llegue a temer la desestabilización de alguna de sus relaciones importantes, el desequilibrio de alguna alianza, la pérdida de alguna ventaja comercial. Molestemos, como las moscas, cuyo zumbido continuo enloquece, hasta que aquella nación reconozca que tiene aquí un problema; que su colonia no será ya la niña obediente que se conforma con dádivas fáciles. No es fácil, pero hay que buscar una manera de ponerle a Estados Unidos un espejo ante la cara para que vea el desfase profundo entre lo que dice y lo que hace.

El otro medio de presión es el boicot, estrategia eficaz cuando la puso en efecto Gandhi en la India, evitando que se compraran productos británicos. Y ni hablar de la presión económica contra Inglaterra que los propios estadounidenses usaron en 1773 con el famoso “Boston Tea Party”. Nadie menos que el juez federal Juan Torruella sugirió esa posibilidad en “The Insular Cases. A Declaration of Their Bankruptcy...” ensayo publicado en el libro Reconsidering the Insular Cases.  “... este no es un llamado a la acción drástica,” escribió, “sino un llamado a que se reconozca el hecho de que los consumidores puertorriqueños representan uno de los mercados más importantes de los productos estadounidenses al constituir, ‘per capita’, los mayores importadores del mundo de los artículos de consumo estadounidenses. Puerto Rico... produce $35 mil millones en ventas anuales al detal de esos productos. Además de eso, algunas de las compañías estadounidenses con negocios en Puerto Rico son de las más exitosas de la nación, con lo cual la acción económica concertada contra ellas atraería rápidamente la atención”.

Afectando de alguna manera lo que más les duele, el bolsillo, podríamos quizás lograr que hablen en serio con nosotros.

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