Luis Alberto Ferré Rangel

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Por Luis Alberto Ferré Rangel
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Al descampado

Cuatro días después de los terremotos del 6 y 7 de enero, el director de una organización sin fines de lucro basada en el sur me decía que hablar con la gente de San Juan era como hablar con otro país.

Lo cierto es que nada ha pasado en los pueblos del área metropolitana, donde se concentra la mayor parte de nuestra actividad económica y donde reside la mayoría de los habitantes de Puerto Rico.

Fue precisamente muy cerca del conjunto de municipios sureños y costeros más pobres y con mayores índices de desigualdad donde tembló con más fuerza, desmoronando toda actividad comercial de la zona. Antes del terremoto, en Guánica, el 85% de los niños vivía por debajo del nivel de pobreza y la tasa de desempleo rondaba cerca del 30%. Peñuelas, Guayanilla y Yauco no son muy diferentes.

Y sin embargo, mientras escribo estas líneas, decenas de caravanas de ciudadanos provenientes de San Juan y de todos los puntos del norte de la isla cruzan nuestra hermosa cordillera que separa los llanos costeros del sur del resto de Puerto Rico. No hace uno más que enfilar, tras pasar el último peaje de Caguas, que las caravanas comienzan a alinearse por carriles, ataponándose todas ellas en el embudo de la carretera 2 de Ponce hacia Peñuelas y Guayanilla.

Esta valiente, improvisada y a veces caótica respuesta inmediata de los ciudadanos fue un resultado de la experiencia adquirida luego del huracán María y, por qué no, del verano del 19.

Todavía hay mucho que aprender para ayudar a coordinar la respuesta ciudadana, pero no hay duda de que en eventualidades como esta, las autoridades públicas cuentan ya con un movimiento civil de respuesta inmediata que puede colaborar y debe ser entrenado para ayudar a estabilizar la emergencia.

Valiente también ha sido la respuesta de los desplazados, organizándose en precarios campamentos y dirigiendo la vida colectiva del grupo, ante la ausencia acostumbrada de autoridades. La solidaridad de nuestras comunidades agrarias y familias extendidas afloró naturalmente en los parques de pelota, fincas, patios, terrenos baldíos al margen de carreteras vecinales, municipales y hasta autopistas.

Este apoderamiento del espacio público - quiero decir a la vista de todos - a lo largo de los barrios de Yauco, Ponce, Guayanilla, Peñuelas y Guánica y esa capacidad de auto organización es un recordatorio de dos cosas. Que este pueblo puede organizarse y protegerse en casos de emergencia y, segundo, que seguimos siendo muy vulnerables, emocional y físicamente, porque de lo contrario no estaríamos pernoctando al descampado.

Al descampado, literal y figurativamente. Porque pernoctar en un campamento de la Guardia Nacional o en el carro frente a nuestra casa es un signo del desamparo que enfrentamos todos por la ausencia de un plan de manejo de emergencias como estas y de estructuras públicas y privadas mal construidas. Del desamparo que enfrentan nuestros viejos, varados en los barrios porque no pudieron llegar, o de los que pudieron llegar pero lo hicieron solos. Del desamparo que enfrentan los miles de niños de Guánica, Guayanilla y Peñuelas, que pasaron por el trauma María y ahora no pueden regresar a sus escuelas.

Hieren las fallas de tierra, profundas y escondidas, que nos sacuden el alma. Pero hieren más las que se presentan al descampado: la pobreza, la inequidad, la falta de oportunidad, visibles y palpables en la orilla de nuestros caminos.

Esta semana en mis viajes al sur, donde nací y donde están enterrados mi abuelo y su hermana, donde se yergue el Museo de Arte de Ponce y donde, desde Tabaiba, la Playa y el Tuque, en Ponce, los Centros Sor Isolina Ferré construyen esperanza, me topé con un Puerto Rico estoico y alegre, asustado y resignado, luchador y lloroso, pero no desesperanzado.

Los pocos temblores que sentimos en el norte son las ondas que nos envían nuestros hermanos de sur recordándonos: no estamos solos, estamos con ustedes, los necesitamos.

Para que, cuando deje de temblar, en el norte no nos olvidemos del sur.

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