Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Alex Cora y la sombra de una ausencia

Confieso que sé de béisbol más o menos lo mismo que sabía hace unas cuantas décadas, cuando llegué a la redacción de este diario y mentí: dije que sabía muchísimo para que el entonces jefe de Deportes, que era Rai García, me pusiera a hacer algo. Como en ese tiempo yo vivía en Arecibo, Rai García me pidió que cubriera los juegos de los Lobos, cosa que hice con disciplina, pero con inconmensurable torpeza. Las crónicas delirantes hacían las delicias de los reporteros, todos implacables varones.

No he aprendido mucho desde entonces, pero el olfato sí que lo conservo. El caso de Alex Cora, que le ha dolido a todo el mundo, puede insertarse en la parte más compleja de la filosofía del deporte mismo: la batalla a muerte por ganar. En béisbol, como en política, incluso como en el matrimonio, todo consiste en anticipar las movidas del contrario. Lo que hizo Alex Cora, sin querer justificarlo ahora, se ha hecho toda la vida, aunque sin tanta tecnología, a palo seco. Puede que en el pasado hayan mediado otros trucos, incluso sobornos, y todo haya quedado impune.

En esta época de salas de videos para constatar las jugadas y relojes inteligentes, él recurrió a la modernidad. Otros seguirán intentándolo de la misma forma de ahora en adelante, y la ola será imparable, al punto de que lanzadores y receptores, pitchers y catchers, tendrán que inventar otras maneras de enviar señales, probablemente mediante el uso de tecnología igual. Las actuales señas son primitivas y cualquiera las descifra.

Dicho esto, y como ya pasaron mis años de cronista deportivo, me comuniqué con una persona estudiosa de la historia del béisbol, especialista en el tema, y que no está vinculada sentimentalmente a los jugadores del patio. No es puertorriqueño ni vive aquí. En resumen me dijo que lo que hizo Cora estaba mal, pero que la sanción le parecía desproporcionada. Y que si yo iba a escribir sobre el tema tuviera cuidado, porque no se pueden defender esos esquemas, aunque no es la primera vez que se producen, ni tampoco ha habido sanciones tan severas.

A todo le busco el filo político, no lo puedo evitar, porque además todo tiene un filo político. Ahora hay que recordar que Alex Cora fue el primer dirigente de un equipo ganador de la Serie Mundial que declinó acompañar a los jugadores a la tradicional visita a la Casa Blanca, sin otra excusa que su disgusto personal con Trump. La ausencia tuvo una gran repercusión mediática y de seguro causó encono entre los propios jugadores.

Si Cora no hubiese tenido ningún esqueleto en el closet, el desquite hubiera sido más difícil. Pero teniendo a la mano las pruebas de la intervención del dirigente en un esquema prohibido y antiético, todo se le hizo fácil a sus detractores, y sin duda se ensañaron.

No estoy queriendo decir que Trump, en persona, ordenó que hurgaran en los pecadillos de Cora. Pero allá había gente disgustada por su desaire a la Casa Blanca. Elementos poderosos dentro del mundo del béisbol. Y este ha sido el resultado. Tampoco quiero decir que, de haber entrado por el aro y asistir a la recepción del presidente, no hubiera salido a la luz pública su esquema. Pero tengo la sensación de que el enfoque hubiese sido otro, y quizás otra hubiese sido la sanción.

En definitiva, mirándolo objetivamente, Cora era el dirigente de un equipo estadounidense de Grandes Ligas que ganó la Serie Mundial. Una gesta puramente americana, intrínsecamente americana. Muchos debieron haber pensado que le correspondía acompañar a su equipo a la Casa Blanca porque ése era su deber en un momento grande. Ante el desaire, alguien se la juró, y esperaron la circunstancia más oportuna para revelar el escándalo.

La negativa de acudir a la Casa Blanca, por más digna y solidaria que nos pudiera parecer, seguro que fue mal recibida por los propios miembros de su equipo —aunque de dientes para fuera dijeran que respetaban su postura—. La mayoría acudió a la Casa Blanca, le obsequiaron una camiseta a Trump y se retrataron con él.

Creo que en ese momento quedó sellado el destino de Alex Cora. No sé si sabía que se la estaba jugando fría. La metrópoli tiene sus códigos. Dispara sus alarmas, pone a su gente en guardia y espera el momento adecuado para sacarse la espinita.

Si eso no ha sido así y todo ha ocurrido de una forma totalmente inocente, para preservar la pureza del béisbol de Grandes Ligas y las reglas del juego, lamento ser tan mal pensada.

Siempre lo he sido, es que no puedo evitarlo.

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