Mayra Montero

Punto de vista

Por Mayra Montero
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Alicia Alonso, la altura de su vuelo

Entre las niñas y adolescentes cubanas de la década del 60, hubo grandes “aventuras” románticas que consistían en acercarse lo más posible a ciertos ídolos del ajedrez, como Bobby Fischer, a quien alguna vez perseguimos inmisericordemente por su traje verde, su estatura dorada y sus extravagancias. Otra gran conquista, mucho más cotidiana, era saludar, rozar, oler al bellísimo Azari Plisetski (hoy un viejito calvo), que caminaba elástico por los alrededores del teatro habanero donde se desempeñaba como partenaire de la prima ballerina assoluta Alicia Alonso.

La Alonso, como le llamaban algunos; Alicia para la mayoría; tía Hunga para uno de mis mejores amigos (el editor y distribuidor de libros Elizardo Martínez), se ha ido a los 98 años, dueña de una longevidad exquisita, donde combinó el don del vuelo —era un pájaro, no una mujer—, el compromiso político y la convicción de que el ballet es un arte universal que se impone sobre las ideas, porque es la más “ingrávida” de las ideas.

Conocí, de niña, al otro legendario partenaire de Alicia, el gran bailarín Jorge Esquivel. Unos años antes, ella había visitado la escuela —o el orfanato, iba indistintamente a ambos lugares— donde ponía a los muchachitos a dar brincos y volteretas hasta que daba con lo que buscaba. Así adivinaba quién podía llegar lejos. Esquivel estuvo entre los elegidos, fue internado en la escuela de ballet, y como no tenía familiares, pasaba el domingo en la casa de una de mis vecinas, donde encontró cariño y compañeras para descansar del mundo de las zapatillas y jugar a los “yakis”. 

Alicia Alonso prefirió la ceguera al ensueño. Se negó en redondo a dejar de bailar aunque se le derritieran los ojos como en un cuadro de Dalí. Es sabido que, estando ya ciega, detectaba —a través del oído, del olfato, o de quién sabe qué sexto sentido— el equívoco de un solista, el paso en falso de otro, el retraso en un giro, y hasta el mínimo despiste del cuerpo de baile, mientras “miraba” los ensayos en actitud hierática.

Llegaba a Cuba su sobrino puertorriqueño —Elizardo Martínez era un boricua regocijado, que jamás renegó de su estirpe habanera—, y la gente que presenciaba el encuentro contaba que Alicia se transfiguraba, se derretía, dejaba a un lado la austera voz de mando y el implacable rictus de su faz de diva: “Elizardito, ¿tomaste café?”. Todos en la compañía se movilizaban, nerviosos, para ir a buscarle un café a Elizardito.

La gran ironía es que su sobrino murió antes que ella, hace año y medio, demasiado generoso y joven, que es como ser joven dos veces. Cuando llamé a la casa de Alicia para hablar con Pedro Simón, su compañero durante las últimas décadas, la secretaria de la prima ballerina me advirtió que a ella no le contarían la pérdida. “¿Para qué?”, me dijo. “De momento va a entender y se derrumbará. Y luego, a los pocos minutos, se le habrá olvidado”.

Ahora que ha muerto, me acuerdo de ese fiero debate, en un momento dado de hace muchos años, cuando los expertos afirmaban que el movimiento de caderas de Alicia, en Carmen, nunca podría ser igualado por ninguna bailarina que no fuera caribeña, y menos por su rival, la gran Maya Plisétskaya, hermana de Azari Plisetsky. Ni una rusa ni una americana serían capaces de darle ese meneíto porno a la coreografía que Alberto Alonso había creado para su mujer. Algún condiscípulo ruso —en aquella época teníamos unos cuantos— se picaba por la cubana arrogancia, y replicaba que solo la Plisétskaya era capaz de ondular los brazos, como deshuesados, cuando ejecutaba el aleteo del cisne.

En agosto de 1978, el ballet de Alicia Alonso vino a Puerto Rico, en medio de un clima enrarecido, de represión y furia hacia cualquier cosa que llegara “de allá”. Todos tuvimos miedo. No obstante, las funciones fueron de una emoción total. Se vendieron veinte serigrafías del artista Nelson Sambolín. Miro la mía, y pienso que las palabras que aparecen bajo el perfil de Alicia, escritas por el intelectual cubano Juan Marinello, deberían ser el cierre de este día de adiós:

“… pero la razón última de su hazaña nos queda siempre entre las manos, como el polvo de una mariposa que defiende a toda costa la altura de su vuelo”.


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