Fernando Cabanillas

Tribuna Invitada

Por Fernando Cabanillas
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Alimentos “non-GMO”: ¿moda o inquietud legítima?

No recuerdo haber visto tanta controversia y animosidad, especialmente entre individuos y organizaciones prestigiosas. Me refiero a la carta firmada por 107 Premios Nobel catalogando a la destacada organización ecologista Greenpeace de cometer un “crimen contra la humanidad” al oponerse a los alimentos derivados de organismos genéticamente modificados (OGM o “GMO” en inglés). Palabras fuertes. Los oponentes de los GMO y defensores de Greenpeace, acusan al bando opuesto de estar vendidos a las grandes multinacionales.

A través de mi carrera he percibido que cuando ocurren situaciones así de extremas en la medicina, ni es culpa del demonio, ni la víctima es un santo. Somos un conjunto de santos, demonios y santos-demonios. Por tanto, la verdad no está totalmente en uno de los dos extremos, sino entre ambos. Veamos.

A menudo vemos productos en el supermercado rotulados como “non-GMO”, lo cual significa que no provienen de un organismo genéticamente modificado. ¿Qué significa esto?

En la década del 70 se descubrió cómo cortar el ADN de las células, y años después se desarrollaron técnicas que permitieron introducir un gen de un organismo a otro, en un proceso llamado ingeniería genética. Por ejemplo, se puede identificar un gen que promueve la resistencia de una planta para enfrentar los estragos causados por una plaga. Entonces puede trasplantarse ese gen a otra planta, otorgándole esa misma resistencia.

La idea detrás de crear estos GMO es, en última instancia, un concepto simpático y atractivo. Se han desarrollado frutos y vegetales de gran tamaño que pueden alimentar a más personas, y también plantas de arroz que producen vitamina A, lo cual motivó la carta de los premios Nobel criticando la absurda oposición de Greenpeace a este último proyecto. ¿Por qué la controversia? 

El primer punto que debe quedar claro es que, contrario a lo que muchos piensan, ingerir los genes alterados de un GMO no nos causará problemas. No se nos caerá un brazo ni nos crecerá una planta en la oreja. No nos dará cáncer ni nos convertiremos en “Mutant Ninja Turtles”. Greenpeace está indisputablemente equivocada en su postura en contra de todos los GMO. No hay evidencia científica que pruebe que su postura es correcta.

La segunda controversia, y más significativa, se relaciona con las plantas GMO creadas para tolerar algunos herbicidas, en particular el glifosato (“Roundup”) de la compañía Monsanto, uno de los herbicidas más efectivos. La idea es crear plantas GMO resistentes al glifosato, para que no mueran al exponerse al producto, y que solo la hierba mala que las rodea sucumba. Una idea sencilla pero considerablemente inteligente. 

Resulta, sin embargo, que el glifosato ha desatado un enorme debate debido a su alegado potencial cancerígeno.  En 2015, la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo clasificó como “probablemente cancerígeno”, esto basado en datos de animales experimentales y en estudios epidemiológicos. Sin embargo, usando los mismos datos, la EPA de EE. UU. lo ha clasificado como un producto inocuo. Extraño, ¿no?

Podemos entrar en contacto con el glifosato por medio de las plantas GMO. Y ahí nos topamos con otra gran controversia: ¿cuál es la concentración máxima aceptable del glifosato en los alimentos? Hasta 2011 se consideraba que los alimentos no debían tener más de 0.1mg/kg de glifosato, pero cuando comenzaron a salir a la luz datos que demostraban que esta concentración se excedía en algunos alimentos, súbitamente la concentración máxima aceptable en varios países, incluyendo EE. UU., se aumentó a 20 mg/kg, un nivel 200 veces más alto. ¿Fue debido a algún estudio o evidencia nueva? No. Sorprendentemente con ninguna evidencia, algo también extraño. 

Los oponentes de Monsanto le acusan de esconder y alterar datos acerca del glifosato. Pero ¿cómo sabemos quién tiene la razón? Solo se puede determinar a través de estudios epidemiológicos de personas expuestas, comparándolas con los que nunca han estado expuestos. El único estudio prospectivo, el Agricultural Health Study, patrocinado por el Instituto Nacional de Cáncer de EE. UU., sugirió que este producto no causa cáncer, mientras que otros seis estudios concluyeron que está asociado con linfoma, mieloma y tricoleucemia. Siete estudios adicionales determinaron que no existe relación estadísticamente significativa. El tema se complica porque hay una correlación entre el número de días de exposición al glifosato y el riesgo de desarrollar cáncer. Cuando esto se toma en consideración, la relación con estos trastornos se fortalece. También preocupa que el proceso de desarrollar cáncer es lento. Puede tomar décadas antes de que aparezca, por tanto, las conclusiones de algunos estudios puede que sean prematuras.

Debo señalar que hace poco salieron a la luz pública dos hechos alarmantes. Cuando la OMS se reunió en marzo de 2015 para discutir el glifosato, el presidente del comité, Dr. Aaron Blair, tenía conocimiento de unos nuevos datos del Agricultural Health Study que apoyaban todavía más el hecho de que el producto no es cancerígeno. En una declaración jurada en corte, Blair admitió que ignoró esos datos y no los presentó al comité. Si los hubiese presentado, probablemente la OMS no lo hubiese declarado peligroso. Por otro lado, el Dr. Portier, un científico supuestamente serio, presionó para que la OMS declarara el glifosato como cancerígeno. Luego se descubrió un gran conflicto de intereses porque él había firmado un lucrativo contrato como testigo con una firma de abogados que litigaban en contra de Monsanto.

¿Cuál debe ser nuestra postura en torno a los GMO? 

No es lógico condenar todos los GMO, especialmente si pueden ser de beneficio para la humanidad. Dado que existe la alternativa de consumir productos orgánicos, me parece lógico evitar aquellos GMO expuestos a glifosato hasta tanto no quede más claro su potencial cancerígeno. Pero ¿cómo identificarlos? Muchas compañías ofrecen productos “non GMO” y los están rotulando como tal. Recientemente se han lanzado varias aplicaciones para celulares como “Check GMO” que nos permiten determinar si un producto no es GMO, pero sería mucho más sencillo si el gobierno obligara a los productores a rotularlos, sobre todo si han sido tratados con glifosato. Por ahora no hay ley que los obligue, y tendremos que asumir que cualquier producto no rotulado como “non GMO” es culpable hasta que se pruebe lo contrario, lo cual es lamentable porque muchos de ellos están libres de glifosato.  

El gobierno de Canadá recientemente determinó que 30% de los alimentos que se consumen en ese país están contaminados con glifosato. Y en un estudio que se acaba de publicar en el “Journal of American Medical Association”, en el cual se estudió el nivel de glifosato en orina de 70 residentes actuales de California, comparándolos con 12 sujetos similares de la década del 90, se determinó que el nivel de glifosato en orina aumentó más de 13 veces en 21 años.  

A diario aconsejamos al público que consuman más frutas y vegetales, pero cuando veo un tomate maravilloso, o un fruto perfecto en tamaño y color, no puedo más que preguntarme cuán viciados estarán, no solo con glifosato, sino también con pesticidas cancerígenos.

Me da mala espina que Monsanto rehúse revelar muchos de sus datos alegando “confidencialidad” y “protección de sus inversionistas”. Al parecer es más importante proteger a los inversionistas que a los ciudadanos. Monsanto debiera hacerlos públicos para que la comunidad científica decida. ¿Monsanto o Mondiablo? Y el glifosato ¿es o no un demonio? Basado en datos incompletos y controvertibles, mi opinión es que probablemente lo sea, pero quizás no tan robusto ni vigoroso en su maldad.

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