Rafael Cox Alomar

Tribuna Invitada

Por Rafael Cox Alomar
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A limpiar la casa

L a historia parece haberle ofrendado al Partido Popular Democrático (PPD) una última oportunidad para procurar su propia rehabilitación programática, ideológica y moral.

No la desaprovechemos. Concluida la agonía de la incertidumbre se impone, pues, sobre el liderato de esa gran masa de pueblo popular la impostergable y alta obligación histórica de limpiar la casa.

¿Y qué significa limpiar la casa en la hora actual? Muy sencillo. Significa cortar de raíz con el pasado inmediato.

Significa desterrar para siempre a los buscones de viejo y nuevo cuño que desde su enchufe con el poder se dedicaron afanosamente a robar fondos públicos a manos llenas durante estos últimos (y trágicos) tres años.

Significa entender que la regeneración del PPD, para que germine, tiene que sembrarse desde el inicio del periodo de campaña.

Requiere comprender que la campaña del PPD que apenas inicia tiene necesariamente que ser una integrada, en la cual nuestros candidatos a alcalde y asambleísta, a legislador por distrito y acumulación y a comisionado residente vayan por el País de la mano del candidato a la gobernación dando a conocer de manera coherente y armónica un mismo proyecto de país producto del consenso interno, y no de los entuertos frívolos y superficiales de los mismos titiriteros de siempre, quienes en época electoral merodean, cual roedores, por el cuarto piso del partido.

Significa, asimismo, enterrar para siempre la mala maña de delegar en personajes de dudosa o ninguna reputación, y a espaldas de la Junta de Gobierno, la delicada (e imprescindible) tarea de levantar los fondos necesarios para financiar la campaña electoral.

Significa, además, terminar de una vez con el burdo intento de ordeñar las menguadas arcas de los servidores públicos populares a cambio de promesas ficticias y falsas.

Sépase que cuando se escriba la historia del ascenso, decadencia y caída de esta administración se verá que las semillas de su autodestrucción se sembraron durante el periodo mismo de campaña del pasado ciclo electoral 2012.

Limpiar la casa, más aún, significa en la coyuntura actual ponerle fin a la indecorosa práctica de amordazar los cuerpos directivos del partido y de pretender dirigir la colectividad desde la bochornosa trinchera de la cobardía.

Hoy, más que nunca, el País requiere de líderes que no le tengan miedo a su propia sombra; que se sientan seguros de sí mismos, sin complejos de inferioridad, que sepan valorar y asimilar la independencia de criterio y la opinión divergente de forma constructiva y madura.

Pero, sin lugar a dudas, ese esfuerzo regenerador de que les hablo --- de limpieza programática y moral del partido --- quedará patentemente trunco si no acabamos de enterrar el colonialismo ideológico que aún persiste enquistado en la alta gerencia de nuestro partido.

Tanto la colosal quiebra de Puerto Rico, como el nuevo cálculo geopolítico de Washington en las Américas, luego del deshielo de su accidentada relación con La Habana, al igual que las nuevas y complejas realidades que los Estados Unidos hoy enfrenta en materia de seguridad nacional y de desaceleración económica a nivel global, nos obligan a replantear de forma contundente nuestro norte ideológico.

Y ese replanteo necesariamente lleva a la soberanía, ingrediente imprescindible de la regeneración ideológica y moral de nuestro partido.

Reconozco que la receta que propongo para la desintoxicación del PPD requerirá de una gran dosis de valentía moral. Limpiar la casa será bien cuesta arriba. Misión casi imposible. Pero ningún candidato a la gobernación del PPD prevalecerá en noviembre de 2016 si además del pesado ataúd de esqueletos de esta administración tiene también que cargar, cuesta arriba, con un partido moribundo; asediado por la indefinición ideológica y carcomido por una pandilla de rateros profesionales cuya única meta es ultrajar al partido para robarse hasta los clavos de la cruz.

Bien haríamos los populares en grabarnos en nuestras consciencias, en este momento definitorio de nuestra historia, aquella aleccionadora máxima que el intelectual español Jorge Ruiz de Santayana acuñara poco después del desastre de 1898: “aquellos que no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo.”

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