Ana Teresa Rodríguez Lebrón
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Alma contra el racismo en Puerto Rico

Se llama Alma, es de raza negra y a su corta edad, 11 años, ya ha experimentado la violencia del racismo. A la fecha, enfrenta juicio por un incidente ocurrido en su escuela; y aun cuando diversos testigos alegan que la niña solo se defendió con un empujón de quienes por los últimos dos años la habían convertido en su foco de agresiones verbales por ser negra; fue arrestada y expulsada.

El caso de Alma, además de generar en muchos de nosotros indignación; expone claramente cómo el estado se presta para institucionalizar el discrimen y la violencia. Ahora, irónicamente, le toca confiar que el mismo sistema que le falló y hoy le (re)victimiza haga justicia.

Pienso en Alma y me pregunto en cuántos oídos sordos descansaron sus denuncias. Cuántos servidores públicos restaron importancia a las agresiones que ella sufría; amparados en el errado discurso de que en Puerto Rico no existe el racismo.

¿Qué justicia puede esperar Alma en un país que insiste en perpetuar en sus libros de historia la idílica relación de tres razas? Que llora de la emoción cuando escucha “Preciosa”; pero nunca se cuestiona por qué la única instancia en que se menciona la palabra “negra” es porque viene acompañada de la palabra “maldad”.

¿Cuándo entenderemos que el racismo no nos llega imbricado en nuestro ADN? Que si existen niños que se sienten en plena libertad de acosar a una compañerita llamándola “negra sucia”, “negra asquerosa” y “mona”; es porque el discrimen está normativizado.

¡Aquí nadie gana! Tanto Alma como las otras niñas han quedado marcadas como resultado inequívoco del fracaso de nuestro proyecto social. Es esa la razón del porqué el Estado insiste en evitar el acceso de la prensa al juicio. Apuestan a que olvidemos. A que su rostro se pierda entre los otros tantos miles de rostros de menores que anualmente se enfrentan al sistema de justicia del país.

¡No lo podemos permitir!

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