Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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A lo que nos han llevado

La víspera del sonado Día Internacional de la Mujer, el pasado jueves, varios senadores, todos varones, se aplicaban en entrevistar a una doctora que creo que nos va a hacer el favor de encargarse del Negociado de Ciencias Forenses. Y digo que nos va a hacer el favor, porque hay que tener muchas ganas de servicio público para ponerse al frente de una agencia que está en la ruina; que tiene que atender más cadáveres de los que puede (entre otras cosas, no todos los países se enfrentan a ese incesante goteo de muertes violentas), y que se juega el prestigio profesional, ella, metiéndose en una olla de grillos de donde han salido dos o tres ya escaldados.

Había que ver la arrogancia con que los senadores entrevistaban a la “fémina”, pidiéndole cinco años de experiencia y no sé cuántos requisitos, como si fueran a darle el premio de su vida. Ciencias Forenses es un lugar que ha ido acumulando fallas, y que trabaja como trabaja por culpa del derroche, de la forma en que la Asamblea Legislativa, entre otros nobles organismos gubernamentales, han distribuido el dinero, botándolo en idioteces.

Daba no sé qué ver los vídeos de los señores legisladores cuestionando a la candidata, como si tuvieran una fila de especialistas forenses esperando por el puesto. Pero el ladrón juzga por su condición. Los curules de la Legislatura los quiere todo el mundo porque son riquísimos, con muchas ausencias, mucho tiempo libre y mucha cháchara. Se disputan esas preciadas butacas donde gozan de múltiples privilegios y no se dan cuenta de que no pueden comparar esa bicoca con otras plazas que nadie quiere, o que son pocos los candidatos que realmente valen y se atreven a dar el paso, precisamente porque los atropellan en las envaradas vistas de confirmación. En el caso de esta mujer, Beatriz Zayas, debe ser un sacrificio ponerse al frente de ese lugar espantoso. Y sospecho que, más sacrificado aún, sentarse en el Senado y responder a las insinuaciones.

Lo mismo ocurre con el servicio de lanchas a las islas municipio de Vieques y Culebra. Es vergonzoso que en un país donde se invierte dinero en salas de meditación, plazas de creyentes, y otros inventos espesos y municipales, sin utilidad alguna, haya que movilizar a la Guardia Nacional para que lleve barcazas de emergencia. Más vergüenza todavía debe dar que el alcalde de Vieques, que constituye en sí mismo un espectáculo inefable, en lugar de agradecer a la gente de la Guardia Nacional que está haciendo lo que puede, les escupa en la cara que movilizaron “dos trastos viejos de la Segunda Guerra Mundial”. Así definió a las embarcaciones que bastante resolvieron. ¿Qué quería el caballero, un portaviones?

No se da cuenta de que este es un país en bancarrota por gracia de la corrupción, de un lado, y por el oportunismo de los partidos de oposición, por otro, que han transado en muchos contubernios con los legisladores de mayoría, no solo en el Capitolio, sino también en la madriguera conocidaComisión Estatal de Elecciones. Con todo lo que han botado en esa Comisión, incluyendo las máquinas de escrutinio electrónico, hubieran podido comprarse media docena de magníficas lanchas.

Por eso hay una Junta de Control Fiscal, esa es la razón. Nadie pudo contener a las administraciones anteriores, botaron el dinero suyo y el que le prestaron. Ese panorama de que solo haya una lancha en servicio, de diez que deberían estar en uso, es el producto de décadas de abandono, que los electores no pararon, ni siquiera los de Vieques, todo hay que decirlo.

La demagogia y los afanes electoralistas, han impedido que se utilicen los fondos en lo que se debe; o que se establezca un plan, desde hace muchos años, para cobrar como es debido el transporte a las islas, y no regalarlo para ganar votos. Solo con mirar al lado, aquí mismo en la isla de Guadalupe, uno se queda alucinado de la cantidad de ferries y lanchas que surcan las aguas de un lugar a otro, llevando pasajeros y mercancía. ¿Cómo lo hacen? No sé, pero hace unos años, la última vez que estuve, una travesía de diez o quince minutos podía costar tranquilamente veinte dólares. Supongo que Francia, que subsidia a su posesión de ultramar, subsidiará de algún modo el movimiento de los residentes.

No hay razón alguna para que Puerto Rico haya alcanzado ese estado de indigencia marítima. O sí, existe una razón, y es que el dinero que a través de los años se ha pedido prestado, más el que llega desde los Estados Unidos, se ha invertido en cuanta cancha, piscina, estatua psicótica y subsidio electorero que se le ha ocurrido a los políticos. Esos son los prohombres que han sido debidamente avalados por el voto democrático.

El alcalde y los residentes de Vieques deben estar agradecidos de que la Guardia Costera tenga la última palabra sobre la seguridad de las lanchas y haya dejado en puerto a la mayoría. Si no fuera por eso, estarían surcando el mar sin salvavidas, con los motores modificados, con los asientos rotos y sobrecarga de pasajeros. Y muy pronto, Puerto Rico hubiera superado a Indonesia en el récord de accidentes y naufragios por lanchas mal cuidadas.

Ahora la Junta de Control Fiscal autoriza el uso de unos fondos al Gobierno para que arregle un poco la cosa en Ciencias Forenses. Los cuenta bien antes de liberarlos y exige facturas al detalle. De otro modo, ya saben: ¡fiesta! Tendrá que autorizar también el uso de dinero para comprar unas lanchas decentes y un par de ferries que no dejen a la gente al garete.

A eso nos han llevado los que ahora no quieren que los controlen.

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