Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Alta traición

No sé si amo a mi patria, pero me fascinan los nidos que hacen los pájaros en los semáforos.

No me pongo la mano en el corazón cuando suena la Borinqueña, pero me gusta ver cómo conversan los carritos de compras en el estacionamiento de los supermercados.

Me tiene sin cuidado el tipo de azul de la bandera, pero prefiero la barba de Hostos a la de Tolstoi; los tostones de los restaurantes chinos al mofongo; el mangú de los dominicanos al sándwich cubano de las panaderías.

No sé si amo a mi patria, pero adoro los espejuelos de Matos Paoli, la pizza de las cafeterías de K-Mart, el olor a acetona de los negocios de uñas, burlarme de las orejas de Muñoz Marín, apodar “el caballo” a Carlos Romero Barceló, comer en un fastfood después de ir a una marcha, leer a Marx en la fila de un banco.

No se me hincha el pecho cuando Puerto Rico clasifica en un mundial de baloncesto, pero admiro a las enfermeras rompiendo noches en los hospitales, a los empleados de mantenimiento que luchan por dejar el cigarrillo.

No sé si amo a mi patria, pero escribiría poemas en las bolsitas para vomitar que dan en las lanchas de Culebra; haría una épica con los juguetes importados de mis hijos; pintaría boleros en el cuello de mi esposa y una guaracha en las manos de mi madre.

No sé dónde está el Valle de Collores, pero me encantan los matojos que crecen en los techos, las enredaderas que cubren los postes, el vino caliente que sirven en las presentaciones de libros, la carretera 165 entre Dorado y Levittown, recoger los vidrios sin filo con mi padre en la orilla de la playa.

No sé si amo a mi patria pero, como dice José Emilio Pacheco, daría la vida “por ciertos lugares suyos”, “cierta gente” y “tres o cuatro ríos.”

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lunes, 3 de septiembre de 2018

Nadar para poder caminar

Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

sábado, 4 de agosto de 2018

Ataúdes prestados

El escritor Cezanne Cardona cuestiona el trato de Ciencias Forenses a los fallecidos

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