Juan Antonio Candelaria

Tribuna Invitada

Por Juan Antonio Candelaria
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Amar, en San Valentín… y siempre

Casi todos sabemos querer

pero pocos sabemos amar

El querer pronto puede acabar

el amor no conoce el final (Manuel Alejandro)

Escribir sobre el tema  del amor es  comprometerse con un tema muy intrincado, porque suele percibirse como algo abstracto, aunque podamos concretarlo con nuestros actos.

Se siente en el fondo del alma, pero se expresa en la dulce sonrisa, con palabras de aliento, en unos hombros donde apoyarse, en la  frase reconfortante. Sobre todo, en el acto de sacrifico que hacemos día a día para que el otro sea feliz.

Uno de los mejores compositores  del siglo XX, Manuel Alejandro lo define magistralmente, quizás como nadie ha sido capaz de hacerlo; “el que ama pretende servir, el que ama su vida la da”. Por otro lado, hace una distinción clara entre amar y el querer. El que ama no pone condiciones, acepta el ser amado, tal y como es, con sus virtudes y defectos, sus ideas, sus apreciaciones y convicciones. El que quiere, por otro lado, pone condiciones, si es o no conveniente, si atractivo, si satisface o no sus necesidades. Amar es dar, ofrendarse; querer es acaparar, deseo posesivo,  Se desea la materia, se ama el espíritu. 

Como requisito al amor, es de rigor estar despojado de todo pensamiento negativo, ya que  demanda la limpieza de alma y de  espíritu. Es que el amor tiene sus orígenes en la extrañas del ser, para ser sentido, expresado y manifestado hacia el objeto de ese amor. 

Amar es la entrega al otro. Se aman  los padres, que nos dieron vida, que enjugaron lágrimas de preocupaciones, que llevaron nuestros dolores y sufrimientos sobre sus hombros muchas veces cansados y agotados. Ya en el ocaso de sus vidas, terminamos por, más que amarlos,  adorarlos. De igual manera, amamos nuestros hijos. Con sentimientos de desprendimiento total, dando la vida por ellos si fuese necesario. Es único ese amor de padre e hijo, único e insuperable.

Se funden, luego, dos personas, formando una  sola identidad y se da el amor de parejas. Dos seres que se constituyen en uno. No hay otra posible relación que haya sondeado más a fondo la intimidad que cuando  germina ese amor sincero de pareja. Asomo maravilloso en la dimensión del amor. En ese  amor se vive para el otro, se da con generosidad, se adentra una persona en el otro; se sientes sus dolores, hay entusiasmos con sus proyectos, disfrutamos sus alegrías.

También, con sumo desprendimiento, se configura el amor ecológico. Esa preocupación (amar implica desvelo) por nuestro entorno, por la calidad de nuestro valles, praderas, corrientes de agua, aire y tierra. Un amor ceñido  a la  conciencia.  

En fin, se aman, vecinos, nuestros compañeros de trabajo y de aventuras, las flores en la amplitud de su belleza, las mascotas. El amor no conoce límites. Y cuando hemos extirpados de nuestro interior todo residuo de pensamientos y emociones que nos autodestruyen, comenzamos, en esa trascendencia  del desarrollo  óptimo, instante de nuestra existencia cuando aprendemos a  amar al prójimo; “Amar al prójimo como a ti mismo”. En esa culminación espiritual, el ser humano ha alcanzado la plenitud  de su ser.

En este mes donde celebramos el amor y la amistad ( que deben ser todos) extendemos un ramo de flores a todos nuestros coterráneos, especialmente a nuestras parejas, padres, hijos, aquellos que han caminado, en algún momento, junto a nosotros en el relevo de la vida, amigos físicos y virtuales. A todos nuestros amables lectores,  un abrazo impregnado de amor puro y verdadero. ¡Felicidades en el Día de la Amistad y el Amor!

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