Arturo Massol Deyá

Punto de vista

Por Arturo Massol Deyá
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Ambiente natural para una reapertura social

En mi recuerdo, puedo ver cuando se lanzan al mar. Sobre las olas las montan por unos segundos a la distancia antes de caer en un embudo de agua cercano a la orilla. No soy surfista, pero en este periodo de cuarentena quisiera ser uno y buscar distanciamiento físico en medio del océano. O mejor, quisiera ser como mi amigo Alex que sube rocas que parecen sacadas de un paisaje de esos que aparecen en las postales de un viajero. Pero aquí todo eso es “ilegal’. 

No sé si la envidia me come por dentro ante mi incapacidad de alcanzar el distanciamiento físico en el mayor disfrute de nuestra condición humana. Quisiera subir rocas o montar las olas. Me gusta tomar el sol, sentir la arena en los pies o caminar por el bosque. En mi pueblo de Adjuntas recuerdo disfrutar de ir por pan sobao a la esquina de la Plaza para mi abuela Ivelina cada mañana. Ahora disfruto saludar a Gustavo en su pizzería a la menor provocación.  

Ante la pandemia del COVID-19, en Puerto Rico todo lo básico es de pronto un crimen que merece incluso la intervención de la Policía con penas de hasta seis meses de prisión. Usted puede pertenecer a un corillo interagencial que despilfarra $38 millones de fondos críticos del país y estar sonriendo por la calle, pero ir en bicicleta al supermercado puede ser causa de arresto al momento. Tan desorientada y totalitaria anda la dirección de estas islas que, al escribir esta nota, los policías que no son ni el 0.3% de la población representan desproporcionalmente el 8% de los contagios o 27 veces más que el resto del país. 

Ante la ausencia de un Departamento de Salud (aunque tengan a una persona que trata de representar lo contrario), con la carencia de pruebas de cernimiento para el COVID-19 a nivel poblacional que permitan establecer buenas proyecciones epidemiológicas o por la austeridad neoliberal que ha desmembrado y encarecido el acceso a la salud, ordenar el encierro es, como diría Yarimar Bonilla, la forma de proteger al Estado. 

Quedarse en casa y minimizar movilidad es la mejor manera de reducir los contagios, no hay duda. Pero no se engañe, un asunto es la distancia física para reducir el riesgo y otra es definir el encierro perpetuo como la solución.  

Para enfrentar el futuro debemos identificar los atributos geográficos que podrían ayudarnos a manejar la crisis. Caminar en el bosque es distanciamiento físico, bueno para la salud mental y física mientras nadie debe contagiarse porque usted camine en el bosque, parque o por una calle sola. Tampoco tomar un chapuzón en el río o en la playa compromete a nadie, aunque queramos pensar que el virus está afuera esperando a que usted pase como en las películas de terror para contagiarlo. 

No, el virus está en personas contagiadas y pasa de persona a persona. Sí, queda sobre superficies por un tiempo y buenas prácticas de higiene reducen el riesgo de contagio. Peroestar debajo de una palma de coco o caminar por la arena no representan riesgo. El problema son los conglomerados de personas, no el ambiente. 

Patrullar y reducir riesgos de contagios sería prevenir juntes de personas en áreas centrales como las oficinas de gobierno o en un centro comercial. Patrullar una playa vacía o acechar a personas que caminan a sus mascotas es simplemente absurdo, abusivo y anti-salubrista. 

Cuando finalmente se “legalice” que usted pueda salir de su hogar sin sentirse como un criminal, por favor, no piense que el riesgo al COVID-19 habrá desaparecido. Todo lo contrario, seguirá latente y el riesgo aumentará con el aumento en la movilidad poblacional. Lo que nos protegerá serán las buenas prácticas de higiene y distancia física con autodisciplina. Prevenir centros de aglomerados de personas que van y vienen a un mismo lugar será el gran desafío. 

Las imágenes más tenebrosas durante el toque de queda han sido megatiendas extranjeras abarrotas con gente asustada por religiosos o por el gobierno por el anuncio del “apocalipsis”.

Ante esta realidad, encontrar soluciones locales serán una buena manera de reducir el riesgo a los contagios. ¿Qué hacer? Regresar a los cascos urbanos de nuestros pueblos, que son lugares abiertos, diluidos, de visitación mayoritariamente local.  

Protegernos del contagio requerirá medidas permanentes de distanciamiento físico y repensar los lugares cotidianos. Si algo nos puede ayudar es nuestra realidad geográfica con espaciosos atributos naturales. En lugar de marcarlos como el problema, definamos las reglas de sana utilización para tratar de vivir con la hermosura y sobrevivir.

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