Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Amor, horror, desamparo

El sacerdote alzó las manos en un gesto de “no más”. Marcelino Arocho, párroco de la Iglesia San Isidro Labrador, en Sabana Grande, llevaba días atendiendo a los cientos de personas que subieron hasta la plaza de ese pueblo desde áreas más cercanas a la costa para protegerse de las reverberaciones físicas y emocionales del terremoto del 7 de enero y su horrenda secuela de réplicas.

Padre Marcelino, un hombre menudo y de sonrisa fácil, se convirtió en una especie de “mariscal de campo” y, a través de sus contactos, logró que en unas cuantas horas los refugiados tuvieran catres, carpas, alimentos y hasta medicinas. Al día siguiente, había en la plaza hasta sillas de ruedas, camas de posiciones y juegos para niños. Todo lo trajeron organizaciones no gubernamentales (ONG) y personas particulares.

El “no más” no significaba, de ninguna manera, que el cura hubiera dado por concluida su labor. Lo que significaba era que estaba llegando ayuda en exceso y había que poner orden. El jueves, por ejemplo, llegaron dos tandas de almuerzo y el cura temía que, con tanta necesidad en otros lados, se perdiera la comida.

En Sabana Grande, y en otros lugares afectados por el terremoto, la legendaria solidaridad del puertorriqueño se desplegó como un frondoso árbol cuya sombra cubriera a miles. A los campamentos en el área sur llegaron, de parte de ONG’s, carpas, catres, camas, agua, medicinas, comida, pañales y mucho más.

Nos hacemos llamar “la tierra del ay bendito”, a veces de manera despectiva. Esto es ser “la tierra del ay bendito”; que cuando hay desgracia nos conmovemos y sacamos hasta de donde no tenemos para ayudar.

El derroche de solidaridad ha sido un potente bálsamo en medio de las indecibles angustias que viven miles cuyas casas se sacudieron violentamente por los temblores. Muchos salieron huyendo despavoridos en medio de la honda noche en que la tierra rugió.

Todo lo demás ha sido el espanto. La tierra, alebrestada, que no se apacigua. El tumulto subterráneo como de tropel de rumiantes cuando tiembla. Las placas tectónicas en su movimiento de dinosaurio. Las casas y los negocios demolidos. Los montes como derritiéndose. Los edificios tambaleándose. Las largas noches a la intemperie, los ojos enrojecidos, el corazón apretado, esperando la réplica.

Nada hay más aterrador que la tierra sacudiéndose. La sensación de desamparo paraliza y avasalla.

En nuestro caso, la sensación de desamparo se magnifica, además, porque vivimos en un país cuya institucionalidad colapsó hace tiempo, cuyos dirigentes han demostrado que no tienen idea de cómo se maneja una emergencia como esta y que están, como siempre, más preocupados por su imagen que por otras cosas.

El gobierno se quedó paralizado ante la emergencia. Ha habido mucha foto y muy poca acción.

Están esperando por Washington, que no ha desembolsado la inmensa mayoría de los fondos que aprobó por el huracán María, ocurrido hace 27 meses, por la idea que tiene Donald Trump, quien no ha dicho ni una palabra sobre la emergencia, de que los puertorriqueños somos unos corruptos que le tomamos el pelo a su país.

Desde el mismo día del terremoto, la Junta de Supervisión Fiscal, sin cuyo permiso el gobierno no puede usar ni una peseta, autorizó el uso sin restricciones de un fondo de emergencia en el que hay $260 millones.

A pesar de eso, los refugiados siguen comiendo y cobijándose gracias a la caridad ciudadana y de las ONG’s.

En los refugios, bajo carpas que han sido provistas, cuando no por municipios, por empresas privadas, se vive todavía en la mayor precariedad. No había hasta ayer ningún plan de movilización de los refugiados a lugares menos precarios.

No se sabe de ningún plan con los enfermos, incluso encamados, que están viviendo a la intemperie. No se sabe de atenciones que hayan recibido los ancianos que están en sus casas o en asilos, que son regulados por el Departamento de la Familia. No se sabe de ningún plan para ayudar a procurarse una vivienda nueva a los que lo perdieron todo.

A unos días del terremoto, nadie espera que se hayan erigido ya ciudades de hormigón armado, a prueba de terremotos, maremotos e invasiones de extraterrestres. Pero habría ayudado que la gobernadora hubiese invertido menos tiempo en fotos y más en señalar una ruta, en decir a dónde piensa llevarnos y cómo. En momentos como estos, los verdaderos líderes guían e inspiran. Aquí los hemos visto tan azorados como todos nosotros.

La ansiedad que vive la población se agrava de maneras insospechadas por la ausencia de confianza en las autoridades. En el tema de la luz, se nos dieron a diario versiones distintas.

El país vio al director del Negociado de Manejo de Emergencias y Administración de Desastres, Carlos Acevedo, diciendo disparates y mentiras sobre la escuela Agripina Seda, de Guánica, que colapsó en medio del terremoto. Todavía ese Acevedo, cuya lista de desaciertos es larguísima, pero al parecer está bien conectado con el poder político, tiene trabajo.

El periódico Metro divulgó que desde después del huracán María en el 2017, el Departamento de Educación (DE) sabía que esa escuela era una trampa de muerte incapaz de resistir un terremoto y con todo y eso siguió usándola. De haber ocurrido el terremoto apenas dos días y medio después, estaríamos hoy llorando a decenas de niños. Los responsables de tamaño crimen siguen en sus puestos, a cargo de nuestros niños.

Los terremotos son de las experiencias más horribles que le pueden pasar a un pueblo.

Es el fenómeno natural más destructivo, por impredecible. Nosotros lo estamos descubriendo en estas madrugadas pavorosas. Para estas situaciones es que existen los colectivos, para albergarnos, defendernos y protegernos los unos a los otros.

Eso es lo que los puertorriqueños, con indecible amor, heroicamente, hemos estado haciendo.

Y, como ha sido el caso ya por demasiado tiempo, por razones quehemos discutido hasta cansarnos, con la clase gobernante, ni en lo grande ni en lo pequeño, podemos contar.

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