Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Ana Lydia Vega: bienvenidos a isla senior

En estos días de finales y comienzos, se han disparado, además de los petardos, las predicciones apocalípticas. Parece que no basta con la maldición gitana de la deuda, el pánico de la emigración y la amenaza del calentamiento global para acabar de espantarnos el sueño. A cada rato se nos machaca sin piedad que, debido a un alarmante déficit de nacimientos, nuestro país va camino a convertirse en un gueto de ancianos.

Adiós para siempre adiós a la “isla doncella” soñada por El Topo. Habrá que hacer de tripas corazones e inventar algún concepto creativo que aproveche, para efectos turísticos, la inminente realidad social. “Isla doña” suena fatal. “Gerontoínsula” huele a experimento de ciencia ficción. ¿Y qué tal “isla senior”? El término tiene la triple ventaja de ser unisex, internacional y mediático. Lo primero no viene nada mal en la era del “Me Too”. El resto es de rigor en materia de mercadeo.

Nos informa don José Acarón, director del capítulo local de la American Association of Retired Persons, que Puerto Rico es el tercer país del hemisferio – junto a Canadá y Cuba – con mayor proporción de viejos. Ay, perdón, olvidé que el manual de etiqueta boricua aconseja relegar esa mala palabra al exilio lingüístico. Sustitúyase al instante por envejecientes, cuestión de proteger las sensibilidades delicadas.

Pues bien, les consolará saber que, según la ONU, nuestra maduración galopante no es una excepción en el planeta. El número de adultos de edad avanzada, que en 2017 constituían el 13% de la población mundial, se duplicará para el 2050 y triplicará para el 2100. El problema es que ese nutrido grupo crece a un ritmo muchísimo más rápido que el de los jóvenes, lo que podría poner en jaque el equilibrio demográfico global.

Por eso es que los pájaros de mal agüero andan pronosticando el fin de la civilización. Sería, alegan, una debacle peor que la de la extinción de los taínos. Los escépticos, por su parte, desmienten la visión catastrofista y apuntan a una transición natural del reemplazo generacional. Los conspiranoicos, siempre dispuestos a detectar mano siniestra, denuncian una astuta estratagema religiosa para promover la multiplicación bíblica de la especie.

Mientras arde el debate sobre la credibilidad del fenómeno, la clase añejada sigue proliferando con cada nueva promoción de sexagenarios. Inversionistas y fabricantes salivan ante el enorme potencial de consumo que dizque traerá el “boom” de la Tercera Edad. Hasta un nombre chic se le ha puesto al asunto, en inglés, como Dios manda: la “Silver Economy”. Al desatarse una monumental demanda de productos y servicios de todo tipo, los superadultos (así los llama el maestro Martorell) generarían empleos por un tubo y siete llaves.

De acuerdo a estas proyecciones eufóricas, la mano de obra disponible no dará abasto, por lo que habrá que incentivar a toda costa la inmigración extranjera y también el regreso masivo de médicos y enfermeros expatriados. Cuidadores, terapistas, entrenadores, estilistas, mensajeros, transportistas y trabajadores sexuales a domicilio (criollos e importados) harán su agosto el año entero. El turismo vivirá, literalmente, de echar canas al aire. La industria farmacéutica y las empresas funerarias experimentarán una guisadera ilimitada.

Para que esa bonanza comercial se materialice, la extensión de la esperanza de vida resulta indispensable. Suerte que aquí abundan esas variantes genéticas que en los cromosomas 4 y 7 determinan la longevidad. Genoma individual aparte, la cantidad pasmosa de centenarios registrada por un amigo historiador en los hogares de cuido es como para convencer a uno de las propiedades milagrosas del bacalao con viandas.

¿Pero cómo será la sociedad seniorizada del futuro? Me temo que no tan idílica como se ha querido pintar. En el cuadro que presentan los profetas del paraíso consumista que nos salvará del subdesarrollo, las personas mayores son meros agentes compradores de bienes y productores de riqueza ajena. Esa visión limitante pasa por alto verdades demasiado evidentes.

Los habitantes de la isla senior muestran un perfil muy distinto al imaginado. No se trata, por lo general, de gente adinerada ni de seres pasivos que solo toman medicamentos, usan pañales y ven televisión. Con flaquísimos ingresos, a menudo se ven obligados a trabajar para subsistir, encargarse de padres y parientes enfermos y ayudar a hijos y nietos.

El diseño mercantil que se vislumbra no toma en cuenta el factor clave. Gastar requiere capacidad adquisitiva. Precisamente de eso es que depende el éxito de los grandiosos planes para sacarle el jugo a la materia prima de la vejez. Confiar en la asistencia de un gobierno quebrado e hipotecado por décadas es soñar con caimanes voladores. Tampoco puede apostarse con certeza a los menguantes subsidios imperiales.

Si hoy se recortan pensiones y beneficios, tal y como pretenden los genios miopes de la Junta de Control Fiscal, ¿con qué recursos se garantizará mañana el sostenimiento de la famosa economía plateada?

Nada, preguntitas ingenuas que se le ocurren a uno de madrugada…

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