Ana Teresa Toro

Punto de Vista

Por Ana Teresa Toro
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Ana Teresa Toro: las cosas no son solo las cosas

En una ocasión le pedí a mis alumnos que escribieran acerca de un objeto de su infancia que tuviese un valor emocional. Casi ninguno pudo identificar un objeto en particular. Me decían que no podían recordar algo que les hubiese durado suficiente tiempo entre las manos como para encariñarse. Decían que su relación con lo material no era así. Las fotos eran digitales, los juguetes se cambiaban constantemente, al igual que muchos de los objetos que había en sus hogares. Intenté el mismo experimento en otros grupos de estudiantes, hasta que fui identificando un patrón que atribuí al capitalismo salvaje que todo lo ha vuelto reemplazable. Hoy día todo se gasta, se agota, incluso aquellas cosas y marcas cuyo prestigio emanaba precisamente de su capacidad de trascender el paso del tiempo. La perdurabilidad, en estos tiempos, ha pasado de moda. 

El problema con esto es que, lo que se ha convertido en una lógica peligrosa que lo ha vuelto todo desechable y descartable, se quiera vender como una señal de gran virtud humana. Durante las semanas y meses después del paso de los huracanes Irma y María, era preciso ver la cantidad de testimonios de personas que lo habían perdido todo y allí estaban, frente a las cámaras de la televisión dando las gracias porque se había ido lo material pero no se había ido la vida. Es muy digno pensar así, pero ¿por qué negarnos el derecho a sufrir las pérdidas materiales que en el fondo nunca lo son del todo? 

En una ocasión escuché a una señora de muchísimo dinero decirle a su enfermera, quien había perdido su carro en un accidente, que no estuviera triste porque “lo que se reduce a dinero no se llora”. Pero seamos sinceros, ¿quién puede darse el lujo de no llorar lo que con esfuerzo se ha conseguido? Unos pocos. 

El dinero no es más que una manifestación más —y sí, es la más contundente— de los intercambios de poder y a su vez, de los intercambios humanos de tiempo y energía. Aquella mujer no lloraba por un pedazo de hojalata, lloraba por las horas de vida y trabajo que invirtió en poder comprar su carro, por los viajes que hizo en él, por las memorias que se aplastaron en el accidente. ¿A cuenta de qué le vamos a decir a la gente que no llore aquellas cosas que han perdido? ¿O es que acaso ya ni si quiera podemos reconocer que las cosas nunca son solo las cosas? 

Pienso en los edificios, las estructuras, los objetos que les habitan y parece mentira que sea urgente alzar la mano y gritar que hablar de esto, no es únicamente hablar del universo de lo material. Lo intangible también les habita y preservarlo es entender el valor de las cosas. Naturalmente, la reflexión viene al cuento a raíz del contrato de alquiler del edificio que alberga la sede del Instituto de Cultura Puertorriqueña, un síntoma más de la falta de reconocimiento de un capital intangible pero muy nuestro: el capital simbólico. 

Claro que existen explicaciones lógicas y económicas que llenarían varias tablas de Excel para dar sentido a la transacción, lo que sucede es que no todos podemos darnos el lujo de mirar esas estructuras desde el filtro de lo material. En una isla asediada constantemente por aves rapaces que llegan por todas las esquinas, la identificación y la defensa de aquellas estructuras materiales que representan identidad, y por lo tanto, son depositarias de valor y capital simbólico, trasciende cualquier lógica matemática. 

De lo contrario, las próximas generaciones se encontrarán en la misma disyuntiva que mis alumnos. No podrán hablar de lugares concretos que les conecten con la memoria. Se liberarán sí de la conexión con lo material, pero con ella se irá su conciencia de todo lo intangible que le habita. Lo siento, pero las cosas no son solo las cosas. 


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