Arturo Massol Deyá

Tribuna invitada

Por Arturo Massol Deyá
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Andrea

Empacas, te registran, esperas. “Grupo 7 puede abordar”. Nadie aplaude al llegar a Miami, como si el agradecimiento por aterrizar en otra tierra se hubiera perdido. Aún así hago un gesto silencioso con mis manos. Toca repetir pues es necesaria al menos una escala para llegar a Tenesí.

Viajar y conocer siempre ha sido un disfrute. Pero tras el paso del huracán María se cuentan en decenas de miles los emigrantes boricuas a territorio estadounidense. Acá nos han colonizado, allá colonizamos también. A los que se van se les reseña en números, sus nombres no cuentan. Las cifras del éxodo aún no están claras y, en medio de la incertidumbre, el gobierno opta por oscurecer el Instituto de Estadísticas. Parece querer decirnos que es mejor no saber ni de muertes ni de exilios ni de nada.

Tratamos de contar a los que se van en dígitos pero, en el caso de Andrea, esa ruptura física deja atrás a su papá, a sus hermanas, a todos sus abuelos, a su tío, y ni hablar de parientes y amigos. Los que se van se llevan mucho más que a sí mismo. Se llevan su rostro, sus manos, lo cotidiano toma otra rutina mientras un raro silencio se apodera del fin de semana sin el agudo “papi, despierta, ya amaneció”. El beso antes de dormir también desapareció. Al final se han llevado toda una pieza de muchos corazones que van quedando atrás incompletos. Dejan vacíos y memorias. Nada de esto se contabiliza, ni los besos y abrazos perdidos ni el volumen de lágrimas acumuladas, aquí y allá.

Por cada salida de la isla de uno de los nuestros, se quiebran familias. Hoy es difícil conocer a un puertorriqueño o puertorriqueña que no esté de alguna manera sumergido en esta crisis humanitaria. No se trata solo de los toldos de FEMA y de la luz eléctrica. Nuestras familias han quedado tan truncas como los árboles con los vientos de María.

Finalmente llegas al medio de la nada, extraño lugar que ahora es parte de tu nuevo mundo. Te resistes, te incomoda, te irrita, hasta verla llegar con el mismo brillo en los ojos con que la recibes. Ya no importa el entorno, solo quieres sentir la normalidad en un paisaje ajeno. La aprietas, sonríes, vives y, por unos días, un cuarto de hotel es tu nueva residencia. Vives la felicidad sabiendo que te regresas. Ella igual, aunque sabe que se queda. Entre sollozos, repite el “no te vayas” dos, tres, tantas veces que se hace infinito y tu cabeza quiere explotar.

Haces silencio, luego intentas decir algo mientras se sacude la voz. Pero qué decir si piensas igual aunque al revés, “no te quedes, vente conmigo”. Lo dices medio en broma aunque por dentro estás plenamente convencido. “No puedo dejar a mami”, me responde en serio. Le propongo salir a caminar pero la lluvia helada no nos deja. Nos quedamos abrazados en un “hogar” artificial pero eso es secundario. Ella sobre mi pecho se tranquiliza. Me tranquiliza ella con su olor recuperado. Toco sus greñas peli-coloradas aunque se resiste, no le gusta y hace amagues de enojarse. Entonces aprovecho y le cuento sus pecas, una por una, y denuncio que no están todas. “Pues” es su respuesta. Los dos sabemos pero mejor guardar silencio.

“Group three is now boarding” y regresas al país que expulsa a su gente. Esta vez al aterrizar a medianoche se aplaude y fuerte, como agradecidos por llegar a la tierra nuestra sin importar qué nos aceche.

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