Ada Mildred Alemán Batista

Punto de vista

Por Ada Mildred Alemán Batista
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Ante el asesinato de un hijo

Sé lo que es perder un hijo por un asesinato. Sé el dolor que ese evento genera en todos los familiares y amigos. Sé que es un dolor grande y profundo, del que no se sale fácilmente, pues es como estar en una montaña rusa o un tobogán. Sé que luego de cerrar el duelo, uno los recuerda con mucho amor y a veces con añoranza.      

Pero desde el primer instante entendí que ese inmenso dolor causado por una pérdida inesperada, por una muerte viciosa, nunca me dio derecho a juzgar a quien lo mató. Quienes estuvieron cerca de mí durante esa situación saben que perdoné al asesino de mi hijo, desde que lo supe muerto. Que conste, mi perdón no nació de una creencia religiosa, sino de mi fe en la humanidad. Al fin y al cabo, se perdieron dos vidas jóvenes; mi hijo murió a los 26 años y él está preso desde los 24 años.   

Todo lo que está ocurriendo con el caso de Arellys Mercado, y dado que el pasado 21 de agosto se cumplieron nueve años del asesinato de mi hijo, me ha llevado a reflexionar sobre esta situación. Más cuando he escuchado a periodistas radiales ensañarse con quien es el supuesto asesino de la chica. Buscando “rating”, vociferan en contra de esta persona y piden llamadas al aire para que las personas avalen su posición. Al parecer, no se percatan de que están exacerbando los ánimos del público, lo que fue la causa real de este y otros asesinatos ocurridos en el país.  

Ante situaciones como esta, la prensa tiene el deber de actuar con cordura y asumir una actitud responsable. Jamás debe dejarse llevar por estados emocionales exaltados de coraje e ira, e incluso los deseos de venganza. Esto puede llevar a que se desencadenen una serie de eventos adversos en contra del sospechoso y su familia, incluido otro asesinato.  

Los humanos no nacemos con la noción moral de lo que es malo o bueno. La aprendemos en la familia, el vecindario, la escuela, la iglesia, etc. Todas son instituciones que están insertadas en una sociedad específica, que se fundamenta en una escala de valores particular. Es muy difícil enseñarles a nuestros niños lo que es solidaridad y cooperación, mientras vivimos en una sociedad donde resplandecen el individualismo y la competencia. Una sociedad donde vales por las cosas materiales que tienes, sin importar mucho cómo las hayas conseguido.  Una sociedad donde el criterio más eficaz para encontrar un “buen” empleo es ser familia o amigo de alguien “importante”. 

Es aún más difícil solicitarle a nuestra gente joven que maneje sus emociones de modo asertivo, cuando se les modela desde distintos escenarios, como las emociones descontroladas de los no tan jóvenes. Es que esos comportamientos se aprenden mediante modelaje, jamás mediante discursos o cantaletas.  Modelaje que debe de ocurrir en la familia, el vecindario, la escuela, la iglesia, etc.  

Recuerdo que, durante las vistas judiciales acaecidas a raíz del asesinato de mi hijo, el jefe de los fiscales del tribunal donde se estaban llevando a cabo nos contó una anécdota que vivió durante un adiestramiento al que asistió. El mismo se llevó a cabo en uno de los países nórdicos. Sus pares europeos no podían creer el número de asesinatos con los que él había trabajado, pues algunos de ellos estaban por retirarse y nunca habían tenido esa experiencia.

La reacción inmediata es preguntarse ¿por qué? Pues Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia ocupan los primeros lugares a nivel mundial con mejor desempeño en desarrollo humano. Ostentan una calidad elevada en educación, salud, seguridad ciudadana, conservación del medio ambiente, desarrollo tecnológico, lugar para trabajar, economía, competitividad, derechos civiles, igualdad y productividad.  

Finlandia ha creado un sistema educativo delimitado por una ley de educación estable, que no cambia con el color del gobierno de turno. Ésta da autonomía a las escuelas y permite que los maestros controlen los planes de estudios. La educación es gratuita en todos los niveles y responde a las necesidades de cada alumno. La vida escolar comienza a los siete años, con educación física y su lengua materna. A los ocho o nueve años, les dan matemáticas, ciencia, historia y lenguas extranjeras. Y es a los 10 u 11 años cuando comienzan a recibir calificaciones numéricas por esas materias. Las notas las pone, durante los primeros años, un único maestro, que vela porque ningún alumno quede excluido. Quien quiera ser maestro, primero deberá poseer un grado de maestría en el área a enseñar, donde haya obtenido un promedio entre nueve y 10. Estos son muy bien pagados.     

En definitiva, la solución está en un buen sistema educativo. ¿Poseeremos el poder para exigirlo?   


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