Agustina Luvis Núñez

Punto de vista

Por Agustina Luvis Núñez
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Ante la corrupción, urge una Iglesia que tome en serio el Evangelio

Sí, ese Evangelio que leemos todos los domingos, que nos ponemos de pie para reverenciarlo, que escuchamos su mensaje y luego tratamos de razonarlo. Lo importante de ese Evangelio es su aplicación a la vida en el hoy y el ahora.

Se dice que en Puerto Rico hay un millón de creyentes cristianos, suficientes para lograr transformaciones concretas, si el Evangelio que leemos se traduce en una manera de vivir.

Y aquí está el problema: las meras enseñanzas teóricas no son suficientes.

Hemos naturalizado el rechazo de mucha gente a la religión y a la Iglesia y hemos concluido que no creen porque son malvados, desobedientes, rebeldes, izquierdosos. No, no creen porque como decía Nietzsche: “ellos tendrían que cantar una mejor canción para hacerme creer en su Redentor. Sus discípulos tendrían que parecer más redimidos para yo creer” o como decía Jesús: para que el mundo crea, ustedes tienen que ser una comunidad creíble.

La comunidad de seguidores y seguidoras de Jesús fueron las personas más marginadas de su sociedad: publicanos, pecadores, enfermos, mujeres, samaritanos. Gente que sufría el abuso, la opresión y la corrupción del Imperio Romano. Una Roma que afirmaba que su imperio era mandato de los dioses. 

La religión no se quedaba atrás en esta conducta; también era opresora.

En sus repetidos encuentros con los religiosos, Jesús dejó claro que su propuesta nada tenía que ver con la propuesta religiosa, que no armonizaba con ella y que no se trataba de un mismo proyecto. Jesús se enfrentó a la religión, les llamó hipócritas, sepulcros blanqueados, cueva de ladrones, y les aseguró que sus seguidores, los publicanos, las prostitutas iban primero a su reino que  los religiosos. Esto le costó la vida, porque tanto el Imperio como el Templo lo condenaron a muerte.

Su proyecto es un concepto social y comunal, una nueva humanidad de inclusión, de gracia, comunión de amor y liberación. 

Una Iglesia que contesta que sí al llamado de Jesús está afirmando que quiere hacerse una con Él y su proyecto. Se trata de un seguimiento radical.

Tomar en serio el Evangelio no admite apatía, dilaciones, ni burocracias.

Denunciar la corrupción que se devela día a día en nuestro país, hiriendo las más profundas fibras de nuestras entrañas es tomar en serio el Evangelio. ¡Urge esa Iglesia!

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