Pedro Reina Pérez

Tribuna Invitada

Por Pedro Reina Pérez
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Antes que cante el gallo

Antes que cante el gallo es una película inteligente, valiente y dura que cuenta la historia de una adolescente barranquiteña llamada Carmín que, en el umbral de la adultez, enfrenta el desmoronamiento parcial de su mundo afectivo.

Su ubicación en el mundo rural, anclado en el personaje una abuela devota de la Virgen, es sólo un subterfugio para abordar otros espacios y otras devociones. Carmín arde de deseos y lucha por encontrar un cauce que contenga su amor y su coraje. Frustrada, vez tras vez cae presa de su fragilidad atravesada por sus particulares circunstancias.

En el guión de Kisha Tikina Burgos, en la dirección de Arí Maniel Cruz y en la interpretación estremecedora de Cordelia González, los ojos y la mirada se tornan en un artificio para constatar de manera repetida el sutil desvarío de las pulsaciones propias o ajenas —algo muy pertinente en este Puerto Rico que se niega a dar cuenta de su propia ceguera. Ojos que miran, que lloran, que acechan. El campo, la sexualidad y el destino devienen ejes poéticos para contemplar desde la ficción lo que no se mira en la realidad.

Un drama muy distinto se verifica en el juicio federal por corrupción contra Anaudi Hernández, especie de Cicerón aguadillano que, a fuerza de puro billete, congregó a buena parte de la clase política al banquete sito en su fastuosa casa de playa. Tan impresionante es lo que ocurre en la sala del juez Delgado como lo que transcurre afuera.

Acusados e imputados bebían de las mismas copas rebosantes, servidas al calor de la francachela y la amistad por conveniencia. De esto dan cuenta las múltiples fotos que los imputados subieron a Facebook para luego verlas desfilar como evidencia en sala. ¿Pobres ingenuos o ingenuos pobres? Vale la pena pensarlo.

Habrá quien piense que el juicio se trata de meros boricuas bestiales que excedieron sus quince minutos de fama y presumieron de ello —pero para quien conoce las viejas argucias de la política partidista— este guión resulta harto conocido. La única diferencia es que los implicados pecaron de inmodestos marchándose con el gobernador electo a París —y terminaron embarrados, mientras otros personajes más avezados en los pactos y con décadas de experiencia en el expolio, descansan tranquilos en sus casas de acceso controlado.

Porque en la política puertorriqueña no es lo mismo Coamo y Aguadilla que Guaynabo y Dorado. Claro que no. Ni siquiera el agua que beben es la misma, o las devociones que practican. Los códigos de clase son distintos. Por supuesto que sí. La diferencia, está ahí para quien se atreva a reconocerla.

El lucro personal a costa de lo público en Puerto Rico es una tradición de larga andadura, y mientras hubo riqueza para repartir, tuvo la bendición del mismo gobierno. A ello se abocaron bufetes de la Milla de Oro, casas de corretaje con apellido en inglés y buitres almidonados con membresía en la Obra y lancha en Fajardo, por mencionar apenas una parte del elenco.

Sus hijos se criaron juntos, rezaron juntos, y se graduaron juntos articulando un anillo inquebrantable de complicidades que evoluciona con cada generación. Porque la administración Fortuño también tuvo sus anaudíes pero estos permanecen a la sombra ¿Dónde están —por ejemplo— las acusaciones por los millones despilfarrados en la infame Vía Verde? A esas picúas la fiscalía federal les saca el cuerpo, prefiriendo en vez pescar con línea y anzuelo un par de chopitas que, sacadas del agua aletean para nuestro entretenimiento (¿He dicho yo Jaime Perelló?).

Aquella persona cuyo pecho arde, no olvida. Tampoco quien cuestiona. Por eso, en este Puerto Rico que asiste a la decadencia de sus certezas, inquirir es una forma de insurgencia. Nos lo recuerda una estupenda película. Puertorriqueña.

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