Hiram Sánchez Martínez

Punto de vista

Por Hiram Sánchez Martínez
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Antonia Martínez Lagares: una muerte impune e innecesaria

Cuando llegué a estudiar a la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras en 1968, me hospedé en una casa de pupilos de ambos sexos. Allí conocí y compartí diariamente con Antonia Martínez Lagares, “Toñita”, que me aventajaba dos años. Fuimos buenos amigos.

La mañana del 4 de marzo de 1970, cuando caminé hasta la Universidad, no tenía idea de cómo finalizaría el día. En aquel tiempo, los estudiantes universitarios vivíamos y estudiábamos en medio de sobresaltos. Eran frecuentes los piquetes, huelgas, demostraciones contra la guerra de Vietnam, el servicio militar obligatorio y el militarismo representado por el programa de adiestramiento militar del Reserve Officers’ Training Corps (ROTC). En ese entonces los estudiantes-cadetes del ROTC eran 260 entre 23,000 estudiantes.

Al mediodía una agrupación estudiantil femenina celebró un piquete pacífico frente al edificio del ROTC. Luego se retiraron. Poco después, se inició una trifulca entre cadetes que disparaban con armas de perdigones y un grupo de estudiantes opositores que lanzaban piedras y cocteles molotov. El presidente de la Universidad, Jaime Benítez, solicitó, y el superintendente de la Policía envió, a las 6:15 p.m., la Fuerza de Choque para “limpiar” el campus. Toñita y yo, que no habíamos participado en estos incidentes, escuchamos la noticia por radio en nuestros respectivos hospedajes y decidimos, cada cual por su cuenta, allegarnos al campus para indagar sobre la verdadera “situación” en la Universidad. Nos encontramos en la calle y caminamos juntos hasta frente a una de las entradas del campus, donde nos detuvimos.

Al observar que la Fuerza de Choque saldría a la calle, comenzamos a retroceder hasta que escuchamos los primeros disparos. Corrimos; mis compañeros y yo en dirección de Santa Rita, y Toñita y sus compañeras hacia la Ponce de León. Al verlas, los muchachos del hospedaje del segundo piso del edificio que hoy día ocupa la librería Norberto González, las invitaron a subir “para que no les pasara nada”. Luego, los que allí estaban se ubicaron en el balcón a observar lo que ocurría en la calle.

A eso de las 8:30 p.m., miembros de la Fuerza de Choque comenzaron una agresión despiadada contra un joven en la calle, bajo el balcón. Los estudiantes en este reaccionaron con gritos de ¡asesinos! y ¡abusadores! Uno de los policías desenfundó, apuntó hacia el balcón y disparó. La misma bala atravesó el cuello del estudiante Celestino Santiago y penetró la sien izquierda de Toñita. Ella murió dos horas después.

Acusaron a un policía que no era miembro de la Fuerza de Choque ni había trabajado allí esa noche. Los tribunales correctamente lo exoneraron. Y el gobierno cerró el caso.

Para el libro que acabo de publicar —“Antonia, tu nombre es una historia”—, solicité los documentos del caso al Departamento de Justicia, la Rama Judicial, la Policía y al entonces Instituto de Ciencias Forenses. Para mi sorpresa, ninguna de estas agencias conserva un solo papel; todos los documentos han sido destruidos o desaparecidos, o “perdidos” por el gobierno. Y peor aún, aunque el delito de ese asesinato no prescribe nunca y el autor pudiera estar vivo, nadie está investigando nada. Los policías que estaban al lado del que disparó no lo delataron ni lo arrestaron; ni siquiera fueron interrogados.

Antonia era una joven buena, pacífica, estudiosa, independentista y miembro activo de la Iglesia Alianza Cristiana Misionera de Arecibo, a punto de graduarse de maestra de Español, que perdió la vida a manos de un policía que no merecía serlo ni quedarse en la fuerza. Su asesinato está impune, pero su memoria debe ser reivindicada para la posteridad.

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