Fernando J. Padilla Angulo

Tribuna Invitada

Por Fernando J. Padilla Angulo
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A nuestros enemigos les resulta muy fácil matar

Quieren acabar con Barcelona, pero hay que impedírselo. Como quieren acabar con España, y con la Europa que sigue asentándose en la civilización cristiana y humanista que comparte con América, por mucho que a veces cueste reconocerla en su actitud frívola, cobarde y cínica. Como quieren también acabar con los musulmanes moderados que mueren a miles por negarse a vivir bajo la versión más fanática del islam. La misma, por cierto, que impera en la península Arábiga, revestida de la abyecta respetabilidad que da proveer al mundo occidental del petróleo que necesita. “Si me necesitas, te poseo”, reza un viejo proverbio árabe.

A pocas horas del atentado, son varios los detalles del mismo que desconocemos. La única certeza que tenemos es que, a nuestro enemigo, el integrista musulmán, le resulta muy fácil matar. Han bastado dos o tres asesinos de origen magrebí con pasaporte europeo, una furgoneta alquilada y la convicción de morir por la fe para teñir de sangre bajo el auspicio del Estado Islámico las Ramblas de Barcelona, verdadero corazón de la ciudad.

En el momento de escribir estas líneas, la lista de asesinados es de trece, que probablemente se incrementará debido a los más de cien heridos, algunos de ellos de extrema gravedad, que luchan por su vida. Barceloneses y turistas que, pasados unos minutos de las cinco de la tarde, paseaban por la principal arteria de la capital catalana para desperezarse de la sobremesa, o quizás para encarar desde bien temprano la mágica noche barcelonesa. Pero de la vida a la muerte solo hay un paso, el de la furgoneta cargada de odio que ha tornado las Ramblas en una alfombra de muertos. Resulta muy sencillo morir en Barcelona, en París, Londres, Berlín, Bagdad o Karachi. A nuestros enemigos, les resulta muy fácil matar.

En las próximas horas asistiremos al luctuoso protocolo acostumbrado. A saber, condenas sin reserva del atentado, condolencias a los familiares y allegados de las víctimas, las plañideras de las redes sociales, las luces apagadas de la torre Eiffel y los colores de la bandera española en algún rascacielos de la noche neoyorquina. También se harán defensas encendidas de la democracia y de la convivencia, e incluso es probable que los miserables, que jamás faltan a su cita, traten de sacar provecho político gracias envenenado contexto actual en el que España contiene la respiración por la pretendida secesión de Cataluña. Europa seguirá prefiriendo la inacción a la crítica, y nuestros enemigos seguirán riéndose de nosotros e infiltrando su terror a través de las grietas del sistema.

Los asesinos de hoy en Barcelona, como a los de ayer en París, Londres o Berlín, han podido radicalizarse, organizar y perpetrar el atentado en suelo europeo. Se han aprovechado de sus pasaportes europeos y de la lenidad del muy garantista sistema penal del viejo continente. El mismo sistema que condena a solo seis añospor organizar una red de captación de terroristas del Estado Islámico en Melilla, ciudad española de África donde nació uno de los asesinos de hoy, por cierto. El mismo sistema que permite la existencia de mezquitas donde se predica la destrucción de Europa y el exterminio de nosotros, los infieles.

Si quiere sobrevivir como civilización, Europa deberá tomar medidas drásticas que aseguren su libertad arrebatando la de sus enemigos, entre los que lógicamente no se cuentan los millones de musulmanes pacíficos que conviven con nosotros y abrazan nuestro modo de vida. Cualquier vínculo, por nimio que sea, con el extremismo islámico, debe ser erradicado del suelo europeo. No podemos fenecer víctimas de nuestro propio sistema. Permitir la presencia de enemigos en nuestro suelo, es dar vida a la semilla de nuestra propia destrucción. Esperemos que no sea tarde cuando los europeos sean conscientes de su propia debilidad, porque quieren acabar con Barcelona, pero hay que impedírselo.

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viernes, 18 de agosto de 2017

A nuestros enemigos les resulta muy fácil matar

El español Fernando J. Padilla declara que, si quiere sobrevivir como civilización, Europa deberá tomar medidas drásticas que aseguren su libertad arrebatando la de sus enemigos

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