Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Apagados

Hay quien piensa que un apagón como el que nos tocó hace poco es realmente una bendición disfrazada. En un arranque de romanticismo patriótico, se han cantado alabanzas a la solidaridad vecinal, al heroísmo policíaco y al redescubrimiento del cielo estrellado. Y hasta se le ha llegado a agradecer a la Autoridad de Energía Eléctrica el haber creado las condiciones para la superación transitoria de nuestro salvajismo habitual.

No pongo en duda el valor terapéutico del pensamiento positivo que convierte las calamidades en bienandanzas. Ni tampoco los beneficios expiatorios del apagón para la purificación de las almas pecadoras. Hechas esas salvedades, admitamos ahora la verdad: breve o prolongada, cualquier interrupción de la electricidad es una auténtica y soberana pejiguera.

Nada más irritante que esos inesperados cortecitos de luz que a cada rato nos crucifican la paciencia. En Río Piedras, a juzgar por el parpadeo constante de las bombillas, todo el año es Navidad. De repente, la corriente para en seco y, minutos después, regresa a todo fuete y se lleva por el medio lo que quede de nuestras lavadoras, computadoras y neveras. Si no fuera porque aceleraría su ya vertiginosa carrera hacia la quiebra, la AEE tendría que darnos un crédito mensual para el reemplazo de enseres averiados.

Casi me siento culpable por haberme quejado de los cortes intermitentes. Me consta que ciertas comunidades de la isla padecen no sólo de sequía sostenida sino de oscuridad crónica. Como la luz va y viene y no se detiene, más vale hablar de “alumbrones” que de apagones. El saber que la iluminación es un estado de gracia inusual y pasajero no debe ayudar mucho a aupar el ánimo de los residentes.

De todos modos, el sopetazo general se impone como fastidio supremo. Somos, para bien o para mal, criaturas de la comodidad. Al contrario de nuestros abuelos y bisabuelos, nacidos cuando el País no estaba ni entubado ni encablado, no concebimos una realidad cotidiana sin los servicios esenciales. El aire acondicionado se vuelve necesidad imperiosa. La ausencia de la televisión abre un inmenso vacío existencial. La disfunción del celular es una tragedia griega y la inaccesibilidad de las redes sociales se percibe como antesala de la muerte.

Pero la angustia acumulada del calor, el tedio y la desconexión no compite con el malestar de la desigualdad. La distribución equitativa del sufrimiento es fuente de alivio y de consuelo. Aunque al principio el apagón nos oscurece la vida a todos, muy pronto nos percatamos de que algunos sectores vuelven antes que otros a la normalidad. Demasiado a menudo, sectores completos, bloques de calles y grupos aislados de casas forman parte de los famosos “bolsillos” que permanecen desenchufados. ¿Por qué aquellos tienen luz y yo no? He ahí un lamento borincano que Rafael Hernández jamás anticipó.

El suplicio físico y psicológico de las plantas eléctricas agrava la inconformidad. Adiós noches libres del ronroneo de aires y televisores. Cada vez más ciudadanos adquieren esos instrumentos de tortura que asfixian a los vecinos con sus olores tóxicos y les perforan los tímpanos con el estruendo de sus motores. Para colmo de jorobeta, las codiciadas plantas presentan un grave riesgo de muerte a quienes se empeñan en ignorar las instrucciones de su puesta en marcha.

Algún día, estoy segura, un estudioso de los fenómenos sociales escribirá un tratado sobre el folclor de los apagones. Ahí, desde luego, tendrán que figurar el asalto masivo a supermercados y farmacias en busca de las latas salvadoras y los combates cuerpo a cuerpo por las bolsas de hielo que se derriten en los tapones del regreso. Tampoco podrán faltar las filas infinitas en las gasolineras, la omnipresencia triunfal de la radio, la resurrección del teléfono fijo, la fuga de los pudientes hacia el oasis refrigerado de los hoteles y las juntillas de corillos en los balcones rescatados del desuso.

Un apagón sin huracán es sin duda una curiosidad científica. ¿Qué lo causó esta vez? ¿La vejez de las instalaciones? ¿La incompetencia de la directiva? ¿Las deficiencias del mantenimiento? ¿Un plan secreto para privatizarnos hasta el aire? ¿Los excesos ahorrativos de Mrs. Donahue? Las teorías conspiratorias se mezclan con las teológicas. Circula la sospecha de un aviso divino por la incontenible epidemia de corrupción que nos abruma. Y el propio gobierno ofrece la más fantasiosa de las versiones bíblicas: un rayo, un caprichoso acto de Dios que excluye toda posibilidad de error humano.

Nos apagaron el ELA, dijo un melancólico defensor de ese maltrecho estatus. La AEE, joya máxima de la corona industrial estadolibrista, ha perdido su antiguo esplendor. Es el fin de una época de mitos e ilusiones. El megasopetazo se ha sentido como un resbalón fatal que, tras los años pomposos de la Vitrina del Caribe, nos devuelve al Tercer Mundo.

Pero no es hora de llantenes ni mucho menos de canilleras. ¿Procederá una demanda de clase contra los partidos dominantes por seis décadas de impericia política?

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