Benjamín Morales

El Catalejo

Por Benjamín Morales
💬 0

A pagar los platos rotos de Rusia

El escándalo ruso acerca cada más a la administración de Donald Trump a un colapso político y moral nunca antes visto en Estados Unidos ni siquiera en los peores momentos de Richard Nixon.

Se trata de un escenario que presenta una hoja de ruta insospechada y un cúmulo de efectos adversos en el panorama político mundial que todavía son impredecibles, pues su contexto inédito provoca más preguntas que respuestas.

El caso de Trump y Rusia vincula a la campaña del presidente con la inteligencia rusa, lo cual se consideraría un acto de traición. El feo lío sigue creciendo a un ritmo más acelerado que un merengue de Wilfrido Vargas y todo apunta a que el entorno cercano del magnate de los negocios no saldrá ileso de las investigaciones que desarrollan el FBI y el Congreso.

Lo más inquietante para la Casa Blanca debe residir en el evidente deseo de los dos entes investigadores de freír a alguien de alto nivel, incluso al propio Trump.

Los propios republicanos, en poder del Congreso, no han mostrado un ápice de piedad hacia la actual dirigencia del país, lo cual se traduce en un mensaje directo al mandatario: “o te calmas y te comportas a la altura de un Presidente de Estados Unidos, o te metemos a la cárcel”.

Trump parece no entender las señas y ha respondido con ataques directos al liderazgo ultraconservador del Congreso, contra el que ha despotricado sin pudor alguno, sobre todo, después que se colgó su tan cacareada propuesta para eliminar el “Obamacare”.

Las implicaciones de que el escándalo ruso saque a flote lo más que se teme, que la intervención de Moscú cambió el curso de las elecciones presidenciales, son enormes. No existe ningún precedente para un incidente así y hay quien se ha atrevido a calificarlo de “acto de guerra”, que son palabras mayores cuando se habla de las dos potencias militares más grandes del mundo.

Me parece que Estados Unidos va a buscar una manera de evitar que la sangre llegue al río, pues sacar a la luz un escándalo de este nivel pondría en jaque todo el andamiaje político, lo cual socavaría la influencia global del país y lo colocaría en peligro de ceder su liderazgo.

Para ganar tiempo la estrategia de Washington ha sido su movida clásica, desviar la atención. El foco se ha puesto en Venezuela, hacia donde se han dirigido los cañones con el favor del mecanismo más amado de Estados Unidos cuando quiere intervenir en la región, la Organización de Estados Americanos (OEA).

La presión de Estados Unidos para conseguir una intervención expedita en Venezuela se ha desatado con particular furia y hay que seguirla con cautela, pues a la hora de salvarse el pellejo los políticos estadounidenses son capaces de cualquier cosa.

El lío en Venezuela es uno complicadísimo, matizado por una polarización que ha convertido al país en ingobernable. Ninguno de los dos lados es santo y a la hora de fijar responsabilidades hay que señalar al gobierno con dureza, pero tampoco se trata de que la oposición sea un dulcecito.

La Casa Blanca ha decidido meterse en ese entuerto en lugar de poner sus sentidos en el rollo ruso o en otro tema con repercusiones insospechadas, como la ya formalizada salida del Reino Unido de la Unión Europea. Esa es una estrategia peligrosa, sobre todo, cuando el pueblo estadounidense ha comenzado, por lo bajo, a tildar a su presidente de traidor.

Me parece que todo apunta a que alguien que no es Trump pagará los platos rotos. ¿Será Michael Flynn?, el exasesor de seguridad nacional que pidió inmunidad al FBI y al Congreso, la cual según el Wall Street Journal le fue denegada. ¿O algún familiar de Trump?, que sería factible. Sólo le digo que procure un asiento en primera fila, porque esta película recién comienza.

Otras columnas de Benjamín Morales

💬Ver 0 comentarios