Carlos González Oppenheimer

Punto de vista

Por Carlos González Oppenheimer
💬 0

Aprendamos del pasado: el plan de salud Arbona

Dicen que todo tiempo pasado fue mejor. Nada más lejos de la verdad. Durante el siglo 19 y principios del siglo 20 la edad promedio de las personas no llegaba a 30 años y la mortalidad neonatal e infantil era sumamente alta. Nuestras abuelas hablaban con dolor de los hijos que no habían llegado a la adolescencia. La malnutrición, las enfermedades infecciosas producidas por parásitos, infecciones bacterianas y virus eran altísimas. Las muertes relacionadas al parto eran comunes y las condiciones neurológicas y psiquiátricas se diagnosticaban demasiado tarde y su manejo era errático, por no decir ausente.

Con el desarrollo de la medicina y la salud pública se encontraron curas para un millar de enfermedades, se desarrollaron las vacunas y se establecieron medidas para identificar y darle seguimiento a personas infectadas por organismos que continuaban infectando o contagiando a decenas de personas. Se descubrieron las condiciones relacionadas a la alimentación (o mala alimentación), se formaron las escuelas de salud pública donde se estudiaban las epidemias (epidemiología), se estudiaban las estadísticas y se hacían proyecciones, se identificaban factores de riesgo para enfermedades y condiciones y con el desarrollo de la genética humana se ha encontrado material genético que facilita que se produzcan y se transmitan condiciones de salud. Se descubrieron vectores o animales que les transmiten enfermedades a otros animales y las áreas geográficas y de clima que afectan estas condiciones.

Somos hijos de todo esto, heredamos estos conocimientos y los hemos mejorado y hasta eliminado enfermedades de la faz de la tierra. Pero a veces como que borramos estos conocimientos.

En nuestro país, desde finales del siglo 19 ya existía un sistema de salud con rastreo de enfermedades e identificación de factores relacionados a enfermedades. Luego de la invasión de los Estados Unidos vinieron grandes científicos, con el ejército, con las Escuelas de Salud Pública y con el intercambio de nuestros científicos con los Estados Unidos, Europa y Latinoamérica pudimos establecer programas de prevención y tratamiento de grandes males. Ya en los años treinta se habían establecido en Puerto Rico los hospitales de distrito y existían unidades de Salud en la mayoría de los pueblos nuestros. 

A mediados de siglo 20 en Puerto Rico coincidieron dos grandes médicos y salubristas, el Dr. John B. Grant y el Dr. Guillermo Arbona Irizarry. Ambos habían estudiado en la Universidad de Johns Hopkins, aunque en épocas diferentes. El Dr. Arbona había estudiado medicina en San Luis y luego fue a la Escuela de Salud Pública de Johns Hopkins. El Dr. Grant había nacido en China, hijo de misioneros. Había participado y estudiado sistemas de salud de China (los médicos descalzos), India y otros países del llamado “subdesarrollo”. Vino a Puerto Rico traído por la Fundación Rockefeller y junto al Dr. Arbona establecieron el llamado Plan Arbona, mediante el cual se distribuían los servicios de salud en Puerto Rico por modelos de población, recursos económicos, localización geográfica y recursos de personal de salud. El modelo era establecer en cada pueblo al menos una Unidad de Salud Pública. 

Los que estudiamos medicina e hicimos nuestra especialidad hasta los años ochenta, participamos de ese modelo de salud. En Canóvanas, Loíza, Trujillo Alto, Gurabo, Cataño, Guaynabo, Caguas, Rincón y otros pueblos los estudiantes y residentes de medicina participamos de ese modelo. En la Unidad estaban los programas de prevención, vacunación, Salud de Madre y Niño, se repartía la leche, había dentista escolar, estaba el Registro Demográfico (donde se registraban los fallecimientos a poca distancia de tu hogar) y existía una unidad de control de infecciones y epidemias. 

En esta oficina trabajaban de dos a tres personas, dependiendo de la población. En esa oficina, generalmente, trabajaban profesionales que vivían en el pueblo o la región. Conocían los barrios, los caminos y carreteras, conocían a las familias, sabían dónde había una charca o quebrada que criaba mosquitos, cuántas familias tenían fácil acceso a servicios de salud o había que llevarles las vacunas o servicios a la escuela o Centro Comunal más cercano. Estaban preparados para las epidemias de dengue, gastroenteritis o sarna humana, conocían quién moría y de qué moría, cuántos se habían ido a vivir fuera del pueblo o Puerto Rico. Recuerdo que eran bien valiosos en épocas de huracanes, sequías o inundaciones. 

En los años noventa se trajo un modelo de salud por otro médico. Había que hacer una Reforma. Todo sistema necesita reformas con el tiempo, pero el modelo privatizado de manejo dirigido desmanteló las Unidades de Salud Pública o se centralizaron en San Juan o los pueblos más grandes.

Tres ejemplos terribles nos han acosado en los últimos años. Primero el “conteo” de muertes después del huracán María; segundo, la administración de pruebas del COVID-19 y ahora las estadísticas que nadie cree ni nadie confía de casos positivos ni mortalidad de la epidemia. 

Hay lugares como Villalba y otros pueblos que se han ido añadiendo, que decidieron hacer los “rastreos” y llevar las pruebas a la población, en sus barrios y hogares, debido al desmantelamiento de estas unidades.

Qué difícil ha sido rescatar modelos que servían. ¿Cuánto dolor y sufrimiento nos ha costado?

Aprendamos del pasado. Seamos sabios.   

Otras columnas de Carlos González Oppenheimer

💬Ver 0 comentarios