Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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A puertas cerradas

Es comprensible el empeño de algunos medios, instituciones y economistas, por querer persuadir a la opinión pública de que un acuerdo entre la Junta de Control Fiscal y el Gobierno de Puerto Rico es posible, o está cerca, porque son más las cosas en las que coinciden que en las que difieren.

Puede que haya algo de cierto en eso. Coincidirán en muchas cosas, pero hay una, una sola, que parece ser insalvable: decidir quién coge la sartén por el mango, o, lo que es lo mismo, quién va a detentar el poder colonial, o quién dice la última palabra en cuanto a decisiones claves.

Acostumbrados a manejar ese poder (pequeño, pero sustancioso) durante décadas de alternancia partidista —y de fácil acomodo opositor, en el caso de algunos partidos minoritarios—, el golpe que muchos no acaban de asimilar es ése: que la deuda llegó a un nivel catastrófico; que la dependencia se ha disparado, y que el Gobierno de Washington probablemente considera que es el momento de pisar el freno.

A menos que la anunciada visita del congresista Bishop lleve las aguas por algún otro rumbo, esta situación no se va a resolver fuera de los tribunales, no porque no se pueda dialogar, sino porque no se quiere. Porque la conversación mesurada y realista equivaldría a reconocerle cierta autoridad a la Junta, y hay políticos que prefieren cualquier cosa, es más, prefieren inmolar el país que ceder sus parcelas de poder.

No son parcelas patrióticas, ojo con esto: son las oportunistas, que es como decir las que sirven para hacer dinero, mover influencias y acumular capital político.

La citación que ha hecho el presidente del Senado al presidente de la Junta de Control Fiscal para el próximo martes, es parte de ese relajo inconsistente: un mensaje contradictorio que se le transmite al país.

No se dan cuenta de que el desafío no tiene gracia, y que del otro lado (del lado de la Junta) también debe de haber un plan. En cualquier caso, perder seriedad teniendo enfrente a un tribunal de quiebras, es una temeridad muy grande.

Otros sectores siguen comparando la situación actual con la de Vieques. Están muy lejos la una de la otra. En Vieques, legítimamente, se intentaba recuperar un espacio natural, una dignidad geográfica, un derecho a la convivencia pacífica, sin sobresaltos ni amenazas a la salud. El escenario actual, con la Junta, es mucho más complejo y tiene otras connotaciones. Lo que está en medio es el mercado, el prestigio crediticio del país, la capacidad de operar un aparato público. Las tácticas tendrían que ser otras. Paralizar la Milla de Oro durante 24 horas, o las que sean, para impedir el tráfico, no le mueve un pelo a nadie en Wall Street. Las transacciones vuelan por el ciberespacio.

En cuanto a los líderes del Gobierno central y la Legislatura, que se afanan en realzar su patriotismo para oponerse a las decisiones de Washington, tendrían todos que leerse el famoso ensayo del filósofo León Rozitchner sobre la guerra en las Malvinas, un escrito que en su momento causó gran conmoción, y en el que el autor denunciaba “el acompañamiento” que dio gran parte de la izquierda argentina al gobierno militar en ese lance. Aquí no hay militares al mando, es cierto, pero la izquierda cierra filas con el gobierno, que para el caso es cerrarlas con el poder colonial de turno. Ha sido exitosa esta administración en concitar ese apoyo. Se ha movido, en ese aspecto, con una gran pericia, y Washington lo sabe. Todos esos ardides son archiconocidos. Están estudiados. Vistos y requetevistos.

Al final, volvemos a lo mismo. No están dadas las condiciones. Ni las económicas, ni las sociales, ni siquiera las psicológicas, para una movilización campal, determinante y transformadora. El martes sufrirán los pequeños comerciantes, como siempre; los trabajadores por cuenta propia (que son muchos), y los que laboran para empresas privadas que no darán el día. En cuanto a los centros comerciales y las megatiendas, compensarán con creces las horas que permanezcan cerrados o tengan menos afluencia de público. Lo hemos visto innumerables veces: terminado el “ayuno”, las multitudes invaden los establecimientos, ¿alguien puede dudar de que eso va a pasar el martes por la noche, o el miércoles?

Para cualquiera con un poco de suspicacia en las venas es obvio que esta crisis cada día se enreda de una manera más y más absurda. Y que demasiada gente levanta fantasías sobre castillitos de naipes. Lo último, esta semana, es que a alguien se le ocurría proponer un referéndum para averiguar si el pueblo apoya los planes fiscales de la Junta. Pues claro que nadie los apoya, y habría que tratar de hacerlos menos dolorosos.

Pero ni el Congreso, ni el Tesoro, ni el tribunal de quiebras que atiende el caso de la bancarrota, repararían en los argumentos de ningún referéndum. No es cuestión de consulta, de gustos o de pareceres. Es la realidad de una situación caótica, y de una deuda descomunal que es impagable. Impagable, pero hay que hacer el gesto, sacarse un menudito del bolsillo.

El forcejeo es hasta cierto punto lógico, lo hemos visto en otros países, otras economías. Todo el mundo trata de salir del hoyo con más ayudas y menos sacrificio: en Europa, en Latinoamérica, en nuestra propia región caribeña.

Hay maneras de hacer las cosas sin cerrarse las puertas, sencillamente porque, en lo que a nosotros respecta, el país no está listo para sobrevivir a puertas cerradas.

Y ante la ceguera, el resultado puede ser un retroceso mayor.

Escucha el podcast de la autora Maldita Montero todos los viernes en elnuevodia.com

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