Pedro Reina Pérez

Tribuna Invitada

Por Pedro Reina Pérez
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Aquel presidente boricua

C on la victoria de Lin-Manuel Miranda esta semana en los premios Grammys por la banda sonora del musical Hamilton, se afianza de manera considerable el prestigio de este joven actor y dramaturgo puertorriqueño. Hijo de la diáspora, este consumado artista escribió y protagoniza a la vez este musical actualmente en cartelera en Broadway que aborda la vida de Alexander Hamilton, uno de los primeros políticos de Estados Unidos, que posee también una curiosa aunque desconocida genealogía.

Nacido y criado en las Antillas Menores, perdió a su madre siendo apenas adolescente, cosa que lo obligó a procurar trabajo y alimento por su cuenta a muy temprana edad. A duras penas se cultivó hasta emigrar a Nueva Jersey, entonces colonia de Inglaterra, desde donde ascendería hasta las más altas esferas del poder.

Fue oficial militar durante la Guerra de Independencia, ejerció como ayudante del general Washington y luego se destacó en política con sus escritos sobre federalismo, entre otras cosas. Fue secretario del Tesoro y falleció en un duelo a muerte con quien fuera su antiguo benefactor y amigo, el vicepresidente Aaron Burr. Toda una vida de lucha, ambición y contradicciones. Su rostro adorna actualmente el billete de diez dólares.

La obra de Lin-Manuel Miranda reinterpreta la historia de Hamilton y la recuperara desde un lugar que dialogue con la sociedad estadounidense contemporánea y para ello se vale de un elenco multirracial que canta y baila con la cadencia y el ritmo del hip hop.

Estas dos decisiones creativas plantean un desafío abierto para quienes en Estados Unidos privilegian una versión blanca y aséptica de sus héroes—particularmente las de los llamados “padres fundadores”. Este riesgo creativo por parte de Miranda es el epicentro desde el que comienza por tanto un viaje que recorre los afectos de aquel Hamilton inmigrante y mestizo: sus pasiones, lealtades, debilidades y temores. Desde allí también se trazan las coordenadas de una sociedad joven pero plagada de contradicciones que van desde la esclavitud hasta la religión y el eurocentrismo. Ambos relatos, el del hombre revolucionario y el de la sociedad que éste ayuda a forjar se tejen sin pretender un desenlace limpio o triunfante. Por el contrario, si la trama funciona es porque la lubrica una buena dosis de fluídos corporales emergidos desde las entrañas mismas de sus protagonistas para dar cuenta de cada victoria y de cada derrota.

Que un boricua de Nueva York sea el que despliegue esta genial y osada lectura de un personaje de la historia de Estados Unidos, coincidiendo en tiempo y espacio con el movimiento de “Black Lives Matter” que repudia la violencia policial contra los negros y con los últimos meses en la Casa Blanca del primer presidente afrodescendiente, Barack Obama—por mencionar dos de muchas coincidencias—merece quitarse con admiración el sombrero. Mientras un candidato republicano comoDonald Trump desprecia con ahínco a las mujeres, los negros y los inmigrantes y recibe a cambio ovaciones de un electorado que valida en sus palabras la ignorancia y el prejuicio, las canciones de Lin-Manuel Miranda subvierten y cuestionan esas lecturas totalizadoras, invitando a repensar no sólo la política y la historia sino la actualidad misma.

Aristóteles diferenciaba la poesía de la historia, argumentando que entre ambas había más que simplemente una distinción entre literatura e historia. Afirmaba que el poeta decía las cosas como podrían ocurrir y el historiador, como habrían sido. Por tanto la poesía como oficio filosófico tenía mayor valor didáctico que la historia destinada simplemente al relato de lo particular.

Entusiasma seguirle el paso a Lin-Manuel Miranda y a las formas en que nos invita y provoca desde el teatro. La suya es una mirada original y valiente que no se acobarda ni amilana. Ante la perplejidad, inventa una rima.

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