Yarimar Bonilla

En Vaivén

Por Yarimar Bonilla
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¿A quién protege la cuarentena?

Este domingo me texteó un amigo de Hong Kong preguntándome cómo me encontraba en medio de la pandemia. Me contó que allá, luego de implementar medidas sistemáticas de pruebas y rastreos, y con el uso de mascarillas y distanciamiento social, los ciudadanos estaban volviendo a una vida que casi parecía normal.

Yo le respondí:

Actualmente estoy en Puerto Rico. Aquí la gobernadora impuso un cierre de emergencia severo—el más abarcador y estricto de todos los Estados Unidos. De un día para otro declaró que no se podía salir para nada salvo al supermercado, la farmacia o una emergencia médica. Todas las noches suena el celular recordándonos que debemos permanecer encerrados. Casi 1,000 personas han sido arrestadas por violar el toque de queda. Los supermercados están abarrotados, las órdenes se tardan semanas por internet, y hay productos y servicios que simplemente no están disponibles. Cada vez que cambian las medidas se forma un desorden. En mi familia estamos relativamente bien pero, cómo muchos otros, sufrimos de ataques de ansiedad, episodios de depresión, y nos da trabajo conciliar el sueño con tanta preocupación e incertidumbre.

“Anda”, me dijo. “¿Y qué medidas se han tomado para mitigar una encerrona tan severa? ¿Han abierto bancos de alimentos para las personas de bajo ingreso?”

No. De hecho, las escuelas públicas se niegan a ofrecer los almuerzos que el gobierno federal exige…

“¿Y han tomado alguna medida para las víctimas de violencia doméstica encerradas con sus agresores?”

No.

“Wow. ¿Pero cómo es posible?!” Me dice, “¡un cierre de emergencia tiene que ir acompañado de medidas para atender las necesidades creadas! ¿Y hasta cuándo durará?”

No sé. Lo siguen extendiendo…

“¿Y hay protestas?”

No. Lo hemos aceptado porque entendemos que nuestro sistema de salud no aguanta. Ya estaba en crisis. Ya lo vimos colapsar durante María.

“¡Wow! ¿O sea que la cuarentena no es para protegerlos a ustedes, sino al gobierno?”

Pues… supongo que sí.

Hablando con este amigo, me di cuenta de la realidad en que vivimos. Hemos aceptado encerrarnos en nuestras casas, que se nos criminalice si salimos al supermercado en bicicleta, que miles se queden sin ingresos y entren en precariedad alimenticia y situaciones de riesgo a su salud (tanto física como mental); todo para que nuestro sistema de salud no colapse una vez más

Pero mientras los ciudadanos recurrimos a nuestra famosa “resiliencia,” el gobierno parece estar inmune. Luego de la revelación de contratos escandalosos y acciones que han llevado a una investigación federal dentro del Departamento de Salud, seguimos sin pruebas, sin rastreos y sin plan de salida.

Es importante entender que esta cuarentena no nos protegerá del virus — se estima que eventualmente entre 40 y 70% de la población mundial será infectada. Lo que la cuarentena busca es “aplanar la curva”: reducir la velocidad de contagio para que no colapse el sistema de salud. El punto de este tipo de medida es aprovechar esa reducción para hacer rastreos y fortalecer la infraestructura médica. Pero una cuarentena sin medidas complementarias ni servicios de apoyo para atender sus repercusiones podría resultar catastrófica.

La única forma de salir de esta encerrona es desarrollando la capacidad de diagnosticar, tratar y aislar a las personas enfermas y monitorear sus contactos. Aun así, no podremos volver a ningún tipo de “normalidad” hasta que se desarrolle inmunidad colectiva o una vacuna efectiva, lo cual podría tomar un año o más.

Por lo tanto, una cuarentena punitiva que no incluye servicios de apoyo ni estrategias sensatas de salud pública a quien único protege es al gobierno. Lo protege de tener que enfrentar su propia precariedad, de que se noten los resultados nefastos de políticas públicas que han agudizado nuestra vulnerabilidad, y de que los que ya estaban en las calles protestando el mal manejo de emergencias previas vuelvan a salir.

Algunos dirán que este no es el momento de criticar y que lo único importante ahora es mantener distancia y aislamiento. Sin embargo, todos sabemos que los momentos de emergencia y crisis son precisamente cuando más se requiere estar atento. 

Ya en Puerto Rico conocemos bien la “doctrina del shock.” Sabemos cómo las emergencias se utilizan para implementar medidas “excepcionales”. La misma ley Promesa es una doctrina de shock, impuesta para supuestamente atender la emergencia de la deuda. Y nuestra propia gobernadora -no-electa- llegó a su puesto gracias a un estado de emergencia política.

Para bien y para mal, somos un país acostumbrado a la crisis. Hemos aprendido cómo salvarnos a nosotros mismos frente a un estado fallido que se enfoca en proteger los intereses de unos pocos, a costa del sufrimiento masivo. De hecho, cuando mi amigo me preguntó cómo hemos aceptado el toque de queda tan rápida y fácilmente, le tuve que admitir que nos prepararon para esto desde María.

Pero hay una gran diferencia entre el pueblo que tuvo que salvarse a sí mismo luego del huracán y el que ahora se protege del COVID-19: el verano de 2019. Ya no dudamos de nuestra capacidad política ni de que nos merecemos un gobierno digno. Por eso, aunque la cuarentena nos impida abrazarnos bajo la lluvia como lo hicimos en 2019, algo me dice que encontraremos formas creativas de unirnos para exigir que este asilamiento verdaderamente nos proteja y no le dé mas impunidad al gobierno.


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