Luce López Baralt

Con Acento Propio

Por Luce López Baralt
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¡Aquí somos otra gente!

Se le ha dado mucha visibilidad pública al Censo Decenal norteamericano que se nos avecina, y con razón, ya que un rastreo adecuado de nuestras condiciones socioeconómicas evitaría que se perdiesen los fondos federales que corresponden a las distintas necesidades de la población. El censo medirá el impacto de los recientes desastres naturales; el desplazamiento poblacional; los ingresos; los empleos --o falta de ellos--; los hogares habitados y los destruidos de los puertorriqueños.

También medirá su raza.

La primera vez que me confronté con un censo norteamericano con encasillados para determinar la etnia de origen fue cuando ingresé en Harvard a estudiar el doctorado. Quedé atónita. Recuerdo que leían más o menos así:

White

Black -- (El término menos agresivo de “Afroamerican” es relativamente reciente)

Eskimo

American Indian

Asian

Other

En la UPR y en la Universidad Complutense de Madrid jamás me sometieron a un escrutinio racial. ¡Aquí somos otra gente! protestaba con razón García Lorca, y me hago eco de su afirmación identitaria porque el cuestionario norteamericano me dejó muy confundida. No sabía qué casilla marcar. Oriunda como soy de un país mestizo, busqué el encasillado correspondiente a mi condición antillana mezclada pero no lo encontré. ¿Cómo lo iba a encontrar, si en Estados Unidos no existe la noción del mestizaje? Finalmente marqué el encasillado de “Other”, y me convertí en un UFO racialmente inclasificable para los Estados Unidos.

El UFO puertorriqueño que soy aglutina muchas razas: blanca, africana, india, probablemente sefardita por más de una vía y ojalá también mora, como sospechaba mi abuela. A despecho del racismo innegable que aún padece nuestra América Latina (Puerto Rico incluido), su tesitura es distinta a la anglosajona. Allí uno es “blanco puro” (“lily white”) o es “negro”, no empece su posible mezcla racial. Entrecomillo los adjetivos porque tienden a ser discriminatorios.

El Negociado del Censo Decenal asegura que “el concepto de raza [...] refleja la auto-identificación de las personas con la raza o las razas con las cuales se identifican”. ¿Será realmente así? Ya sabemos que los puertorriqueños contestan el renglón de identificación racial de los censos a su manera –“erráticamente” para el gusto norteamericano-- porque casi siempre obvian su posible condición de afrodescendientes. No solo es que hagan trampa con el censo por temor al discrimen, es que aquí no dividimos tajantemente las etnias a las que pertenecemos. Los muy oscuros de piel se suelen llamar “indios” o “trigueñitos”. No necesariamente nos refugiamos en el eufemismo: es que realmente tenemos todos los tonos posibles de piel. Como era de esperar, nuestra mentalidad racial es tan ambigua como nuestra hibridez étnica: hemos tenido la fortuna de haber mezclado nuestra sangre con extraordinaria generosidad, por lo que nos cuesta reconocer el concepto de “pureza” racial. Por más, en una misma familia vemos personas con tonos de piel y rasgos físicos muy distintos: en Estados Unidos algunos pasarían por “blancos” y otros por “negros”. ¿Cómo se las arreglarían las autoridades para otorgar los fondos federales exclusivamente a los más “morenos”, que el censo consideraría bajo el acápite (ajeno para nosotros) de “africanos puertorriqueños”? La concepción anglosajona de la raza suscitaría situaciones demenciales en nuestra isla: ¿darían más subsidios para la vivienda a nuestros compatriotas “trigueñitos”, que acaso vivan bajo el mismo techo que sus parientes claros de piel? ¿Serían más generosos con las becas Pell según el color de la tez sea más oscuro? Impensable en la UPR, sí, pero muy real en Estados Unidos, donde muchas ayudas estudiantiles (minority fellowships) se determinan por la raza.

“Para esta encuesta, el origen hispano no es una raza”, asegura el censo. Claro que hay hispanos de todos los tonos de piel. (Rehúso usar el nombre “latino” porque se aplica a una minoría norteamericana, y aquí somos hispanoamericanos. Al menos, todavía). “Se pueden elegir varias razas marcando varias casillas”, continúan las instrucciones. Los puertorriqueños tendríamos que llenar, si somos sinceros, muchas casillas simultáneas –“blanco”, “negro”, “indio”, etc.-- y ello confundiría a los censadores, que en el fondo intentan determinar si somos “blancos” o “negros” para darnos la ayuda federal correspondiente. Ni siquiera abrumando los encasillados bajo el acápite de distintas razas diríamos nuestra gran verdad: somos mestizos. Venimos en diferentes tonalidades, y a mucho orgullo.

“Mestizo, me lo llamo yo a boca llena”, decía en los Comentarios reales de 1609 el Inca Garcilaso de la Vega, autor fundacional que Mercedes López-Baralt pondera como “nuestro primer gran escritor”. Era mitad español y mitad indio y se sabía mestizo. Obama es hijo de blanca y de africano pero allá lo consideran totalmente “negro”, no mestizo. Afrodescendiente, sí, pero nunca “anglodescendiente”, aunque descienda simultáneamente de ambas etnias. Incluso el valiente movimiento reivindicativo “black is beautiful” determinaba que todos los afrodescendientes, cualquiera que fuera su tono de piel, eran todos “black”. Temo que la canción regocijada del granadino Carlos Cano resulte ininteligible en Norteamérica: “¡Mestizo, soy mestizo, mulato, soy mulato”.

Los novelistas Nelle Larsen (Passing) y Philip Roth (The Human Stain) supieron bien de las angustias raciales norteamericanas, pues exploran el caso de afrodescendientes claros que “pasan” por blancos, escondiendo su verdadero origen. El cine tiene a su vez muchos ejemplos de sureños que “descubren” de súbito su “mácula” racial africana. La ficción no está lejos de la experiencia real: el legislador Adam Clayton Powell, gran propulsor de los derechos civiles, era tan “caucásico” de apariencia que de joven “pasaba” unas veces por blanco y otras por afroamericano. Powell parecía un típico latinoamericano, y no es de extrañar que terminara casado con la puertorriqueña Yvette Flores Diago. Pero en el norte aun lo califican como “the first black Congressman from New York”.

Muchos otros norteamericanos que “pasan” por blancos han olvidado ya su mezcla racial afroamericana, negada por demasiadas generaciones. Pero basta mirar: se llena de verdad la mirada, como decía el poeta español Miguel Hernández: hay muchos mestizos inconfesados en Estados Unidos. Los puertorriqueños, por nuestra parte, descubrimos el racismo norteamericano al emigrar, cuando nos estrellamos contra una concepción racial que está en las antípodas de la nuestra. Aunque aún, lamentablemente, somos una sociedad racista, lo somos muy de otro modo. Recuerdo el primer Congreso de “Puerto Rican Studies” que se celebró en Princeton al filo de la revoltosa década de los sesenta. Lo dirigían estudiantes boricuas ya muy asimilados --y muy lastimados -- que propusieron enseguida que “todos los blancos se fueran”. Los asistentes puertorriqueños no sabíamos qué hacer, pues nos pareció absurda --y, sobre todo, foránea-- esa división étnica tajante. Nuestros compatriotas la habían aprendido allá, donde ya no eran simples puertorriqueños sino “negros”. Otro exalumno, que en Puerto Rico era considerado totalmente blanco, nos confesó dolido que en Estados Unidos “se graduó de negro”. Aun otro puertorriqueño residente en Estados Unidos, rubio de ojos azules, marcó “white” como raza y “Puerto Rico” como lugar de procedencia en un cuestionario racista de turno y le dijeron “Oh, no, if you are from down there you cannot be white”. “What do I put then?” preguntó, perplejo. –“Put Other”. Terminó, como yo, en el limbo racial. Mi hermana tuvo una experiencia aun más confusa: recibió una beca de minorías de Cornell donde terminó agrupada con los afrodescendientes, pese a que es rubia como una sueca. Irónicamente, estando en New Haven los afrodescendientes la tomaban por norteamericana y la llegaron a increpar con insultos por su supuesto “orgullo” racial (sin que ella pronunciara una palabra). Como Clayton Powell, fue “negra” y “blanca” a la vez. Aquí es simplemente una “canita” boricua.

Importa insistir en que América Latina no se ha curado de sus prejuicios raciales, que datan del tiempo de la colonia y que son hijos de los infamantes “estatutos de pureza de sangre” que impuso España a sus judíos y musulmanes en el siglo XVI. La clasificación del cruce de razas de las provincias de ultramar dio pie a pinturas ilustrativas que hoy nos parecen tan pintorescas como los adjetivos que identificaban las nuevas etnias. Cito las disposiciones coloniales: “la mezcla del español e indígena da mestizo; de indígena con negro, da zambo o jarocho; de español con negro, da mulato; de indígena con mestizo, da cholo; de albino con español, da salta patrás; de campamulato con cambujo, da tente en el aire; de tente en el aire con mulata, da no te entiendo”. Pero algo sí podemos entender del enrevesado lío étnico: pese al obvio racismo de las antiguas clasificaciones coloniales, lo que están reconociendo a fin de cuentas es el mestizaje. El mismo que Palés Matos elevó gozosamente a gran literatura. El mismo que el Censo Decenal norteamericano tiene tantas dificultades en asumir.

Ojalá encontremos una fórmula razonable para llenar adecuadamente este Censo sin dejar que nos imponga una óptica racial ajena. Ojo con asimilarnos al racismo norteamericano, que cada día es más cruel. ¡Aquí somos otra gente!

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