Arturo Massol Deyá

Punto de vista

Por Arturo Massol Deyá
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A rediseñar nuestro futuro

Hemos pasado de vivir libres de la amenaza de COVID-19 a un presente donde todos estamos en riesgo. Está clara la importancia del distanciamiento social para reducir los contagios y quedarse en casa -en esta etapa- es evidentemente necesario. Al final de la cuarentena, el día que sea, en dos semanas o dos meses, seguiremos siendo la inmensa mayoría igual de vulnerables. Si encuentran cura o vacuna, eso está fuera de nuestro control. Si ocurriera en un año o menos sería un milagroso triunfo de la ciencia para la Humanidad. Por supuesto, tener acceso a pruebas es crítico para manejar estos tiempos de tempestad; preparar más camas, respiradores, espacios y personal para los enfermos es fundamental. Lo que sí debemos reducir es la tasa de regaños y amenazas del Estado, y pensar más en acción social que necesitamos hoy para vivir mañana.

Como nuevo ente viral en la Humanidad, su salto de murciélagos a nuestra especie se da con el mínimo de requisitos evolutivos. El riesgo mayor es prospectivo, o sea, que a medida que se mueva entre nosotros -un virus que de por sí muta rápido- se adapte mejor al cuerpo. Su éxito adaptativo aumentará nuestros riesgos. Por eso, mantener al mínimo los contagios globales es mitigar el número de cepas virales que seguirán surgiendo. El COVID-19 no es una cosa homogénea como la influenza tampoco lo es. De ahí la dificultad de encontrar una vacuna mágica y la necesidad de inmunizaciones anuales para enfrentar nuevas variantes de la influenza. Para el COVID-19, esto podría explicar en parte las diferencias en virulencia que se observan en diversos países.

Hace 10,000 a 100,000 años atrás nos pasó igual cuando el virus de la viruela saltó de hospedero, de los roedores, al Homo sapiens. Sería en el 1980 cuando finalmente se pudo reclamar un mundo libre de viruela. Pero la Ciencia ha avanzado mucho, tenemos mejores herramientas y entendimiento para enfrentar los nuevos desafíos.

Por lo pronto, pensamos que solo el gobierno y el encierro nos protegerán del contagio, que salir al patio, caminar por la calle y respirar es igual a contagio. O -peor- que habrá desaparecido el virus cuando eventualmente se suspenda el toque de queda. Ni lo uno ni lo otro. El riesgo al COVID-19 será a largo plazo (años) y no desaparecerá tras largas semanas de toque de queda o porque el gobierno lo diga o las pruebas indiquen una cosa o la otra. Por ejemplo, en Grecia, donde hacen muy pocas pruebas, hay una “baja” tasa de contagios que, por supuesto, es completamente irreal ya que los griegos difícilmente posean un gen especial contra el coronavirus.

Entonces se trata de enfrentar la realidad por difícil y dolorosa que parezca. Pienso que este periodo de encierro es importante para interceptar temprano la curva de contagios, pero también debemos aprovecharlo para repensar la norma, educarnos y hablar de las mejores prácticas de prevención de contagios cuando nos toque a todos salir al mundo. Me parece importante construir esa cultura desde ahora que estamos en un ambiente protegido por el encierro y liberarnos -hasta donde sea posible- de los miedos con conocimiento.

Por ejemplo, entender mejor el modo de contagio es fundamental pues ahora (entendiblemente) le tiramos a todo lo que se mueve por si acaso. Sabemos que este virus persiste por mucho tiempo sobre superficies y en el aire también, por lo que habrá que mejorar la ventilación de los espacios cerrados, modificar la frecuencia y estrategias de desinfección en todos los lugares pero especialmente en lugares donde se preparan alimentos, habrá que reducir la densidad de mesas en restaurantes, aumentar las distancias entre mercancías como cuando se va a la tienda de ropas y es inevitable no tocarlas al pasar, repensar el orden en los espacios cerrados y por supuesto, eliminar los CESCO de la vida. Reducir el tiempo de exposición significa tener más personal ofreciendo servicio para evitar filas, aumentar las eficiencias y reducir el tiempo de espera. Eso incluye los vía crucis que enfrentamos en salas de espera para servicios médicos. Ya en supermercados y en los colmados de Adjuntas se entregan a domicilio mercancías. Quizás hasta el calor tropical sea mejor que el invierno artificial por acondicionadores de aire en algunos espacios.

Se trata de incorporar nuevas prácticas sociales, de una conducta humana que reconozca y defienda a su gente más allá de la definición de edad o sistema inmunológico, de una cultura de higiene más exigente y agresiva, de la distancia física que habrá que practicar cuando caminemos en la calle o donde nos toque ir eventualmente. Estas medidas hay que pensarlas, educar para el cambio y hacer la reingeniería necesaria ahora. Así estaremos menos expuestos cuando algún día nos toque regresar a una nueva normalidad.

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domingo, 26 de abril de 2020

Ambiente natural para una reapertura social

Arturo Massol Deyá declara que cuando termine la cuarentena, protegernos del contagio requerirá medidas permanentes de distanciamiento físico y repensar los lugares cotidianos

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