Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Armas de fabricación casera


Lavadora

Mi lavadora es revolucionaria: durante el ciclo de exprimir, suena como una ametralladora. Su onomatopeya proyectil es casi infinita. De las dos veces que hace el ciclo, el taca-taca es continuo; no toma pausas ni descansos. Para decirlo en lenguaje del trap, mi lavadora no “chambea”. Y lo mejor es que sus balas son pura alcancía. Tal vez ella sabe que la compré usada y, cuando abro la tapa para recoger la ropa, el asalto ya está consumado: los bolsillos de los pantalones han sido baleados a muerte y en el fondo las monedas muestran sus caras frescas, como estrellas de pozo. A mis ocho años —y frente a una lavadora— aprendí una gran lección. Mi madre, recién divorciada de mi padre, me dijo que las mujeres no eran esclavas de ningún hombre, por más niño que fuera: “Eso cuadrado y blanco que ves allí se llama lavadora. Separa la ropa por colores, le echas detergente y ya: desde hoy, y para siempre, lavarás tu propia ropa”.


Estufa

A la estufa de mi casa solo le quedan dos hornillas. Eran cuatro. Una la rompió el tiempo, la otra fue la gravedad de una sopa con demasiados fideos. En las casas donde crecí siempre hubo una estufa con hornillas dañadas. A veces era que no calentaban, otras calentaban demasiado. Así aprendí a escuchar. Mi abuela, mis tías y mi madre me ponían a velar las habichuelas y contaban. Aplastar ajos con la mano era mejor que ir al karate. Lavar tripas de cerdo con hojas de guayaba era mejor que escuchar a cualquier analista político. Aprender a llorar con las cebollas, saber cuándo los fideos estaban listos lanzándolos a la pared, mancharse con pasta de tomate la camisa fueron las reformas contributivas de mis días. Fue así que las hornillas defectuosas, y la pelambrera, me devolvieron a las historias de las cavernas. Somos eso: gente que da calor demás o de menos, pero que siempre cuenta una historia frente a una estufa. El calor del fuego rompe burbujas, evapora el ego y pinta ese mapa que aún no somos. Sin saberlo, mi madre, mi abuela y mis tías me adelantaron el milagro de la cotidianidad que propone Antón Chéjov en cada cuento. Cuando lo leí en la universidad, reconocí esa bomba casera con la que aún quiebro la escatología isleña: “La buena educación no consiste en no derramar la salsa sobre el mantel, sino en no darse cuenta cuando lo hace otro”.


Abrelatas

En mi casa los abrelatas brillan por su ausencia. Me acostumbré a abrir las latas de conserva con cuchillo. Lo aprendí de mi madre. El cuchillo debía ser ancho y con punta afilada. Puesta la punta en la lata, solo había que darle dos o tres golpes con la palma de la mano al mango del cuchillo hasta forzar la herida. Pero la lata había que agarrarla bien: lo demás lo hacía la fuerza de palanca y el filo. El poeta Ramón Gómez de la Serna parece que tuvo una madre como la mía, pues en una de sus famosas “Greguerías” escribió: “Las latas de conserva vacías quedan con la lengua de hojalata fuera”. De pequeño, me sentía como esos soldados de la época napoleónica, que disparaban a las latas para abrirlas. Napoleón había ofrecido un premio al que encontrara un método para almacenar comida sin que se pudriera. Pero a nadie se le ocurrió inventar el mecanismo para abrir las latas. Hubo heridos en el intento, y más de uno se desangró abriendo con su bayoneta alguna lata de conserva. Yo también me corté varias veces. “Déjate de changuerías -me decía mi madre- no se va a acabar el mundo por una cortadita”. La esperanza es así: nos llega con la furia de un arma que solo se fabrica en casa.

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