Sila María Calderón

Tribuna Invitada

Por Sila María Calderón
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A sembrar la esperanza

Nuestro país aún se recupera de una catástrofe como no habíamos visto en tiempos modernos. El huracán María dejó a su paso una destrucción inimaginable. Pero, también hizo otra cosa: rasgó el velo de una realidad que como pueblo se ha ignorado. Nuestra Isla, la Isla del Encanto, es la Isla de la Pobreza.

Ha quedado descubierto que existe otro Puerto Rico. El que se ha quedado al margen, el que hemos dejado atrás. En ese otro Puerto Rico escondido, demasiadas veces aislado, habitan hermanos y hermanas nuestras en condiciones, muchas de ellas, infrahumanas.

Hasta septiembre, más de 46% de nuestras familias vivían bajo los niveles de pobreza federales. En Mississippi, el estado más pobre, vive sólo un 22%. Alrededor del 60% de nuestros niños se encontraban bajo los niveles de pobreza. El desempleo oficial era más del doble del promedio de los Estados Unidos. Alrededor del 60% de la población adulta estaba desempleada o había descontinuado su búsqueda de empleo.

Pero más trágica era la desigualdad económica que existía, la iniquidad. En un estudio de las Naciones Unidas de 160 países, donde el país número uno es el más equitativo y el número 160 es el más desigual, el nuestro hizo el número 146. En otras palabras, sólo existían 14 países más desiguales. Estudios internacionales indicaban que en Puerto Rico el 20% más rico poseía el 55.3% del Producto Nacional Bruto y el 20% más pobre, solamente poseía el 1.7%.

Esa era la realidad antes del paso del huracán María. Imaginemos cuáles serán las estadísticas de la pobreza y la desigualdad, ahora al comienzo del año 2018. Esa realidad que ahora vemos en toda su crudeza, nos sacude.

No es aceptable que todavía en la isla haya niños que no tengan una cama donde dormir. No es aceptable que todavía haya comunidades sin caminos, sin agua, sin luz, sin accesos. No es aceptable no contar con la oportunidad de un empleo decente. No es aceptable la carga de soledad y de profunda tristeza que pesa sobre los hombros de nuestras mujeres jefas de familia que, sin recursos, batallan a diario por sus hijos.

No es, ni puede ser aceptable, que en la actualidad haya miles de familias que tengan miedo al acostarse por temor a que sus techos se derrumben sobre ellos… O porque una lluvia repentina pueda provocar una inundación que sepulte sus hogares. Sencillamente no es aceptable que todavía tantos estén condenados a vivir en condiciones de falta de higiene, porque en sus comunidades no hay alcantarillado o no puede llegar el camión para recoger la basura.

A través del tiempo, desgraciadamente, nos hemos olvidado. Dejamos de mirar, dejamos de sentir y dejamos de actuar. Y ahora, la tragedia nos ha hecho ver con toda claridad la realidad de nuestro pueblo. No hemos querido ver, ni hablar de la pobreza, porque nos duele. Porque nos avergüenza. Porque es un tema tabú. Porque siempre hay asuntos públicos más importantes que atender.

Vengo aquí a apelar a la conciencia y a los corazones de cada uno. Vengo a invitarlos nuevamente a dejar a un lado nuestras diferencias y dedicarnos en cuerpo y alma a la tarea de sembrar esperanza entre los que la han perdido.

Durante 30 años he mirado a los ojos de los que todavía esperan. Ojos que sueñan con una casa segura. Ojos que ansían un empleo, por sencillo que sea. Corazones que piden a Dios a diario para que alguien se fije en sus talentos. Son los ojos y los corazones de la esperanza puertorriqueña.

Les propongo, señoras y señores senadores, que recomencemos un esfuerzo masivo para la transformación de esa realidad. Esa realidad que ahora, después del huracán, hiere nuestra mirada e hiere nuestra alma.

Lo que planteo es un asunto moral que la conciencia no nos permite rehuir. Exige mirar hacia dentro y despertar la compasión que se nos ha dormido en el alma.

Lo que propongo es un trabajo que se comenzó en un momento, que es inmenso y complicado, pero que también es inaplazable. Un trabajo que tenemos que atender otra vez con urgencia, con total dedicación y con la energía que requiere.

Las familias de escasos recursos han esperado por demasiado tiempo. La justicia ha esperado por demasiado tiempo. Puerto Rico entero ha esperado por demasiado tiempo.

Este mensaje fue pronunciado ayer, en sesión especial del Senado, con motivo de la presentación de nuevos óleos en la Galería de Mujeres Ilustres, en el Capitolio.

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