Angie Vázquez

Tribuna Invitada

Por Angie Vázquez
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Aspiraciones insólitas

En mi marco moral personal y profesional asumo que cada persona es responsable de sus acciones. El trato a otros debe nutrirse del paradigma ético de la responsabilidad y el respeto apoyado en códigos morales que ayuden a tomar decisiones basadas en sabias enseñanzas del bien común.

Nuestros antepasados nos enseñaron valores como la vergüenza, el honor y la prudencia. Ser prudente significaba evitar “perder cara” frente a otros so pena de sufrir vergüenzas por descuidos o malas intenciones.

Nadie tiene que acusarte de hacer mal si aprendes desde temprano a identificar y prevenir lo negativo porque tus acciones, si acaso no llegaran a hacerte daño en lo personal pueden, en cambio, hacerlo a tu familia, amistades y conocidos. No haces daño a quienes amas. Estos códigos sociales no implican que no podemos cometer errores, en cuyo caso, se acepta el genuino arrepentimiento y la predisposición voluntaria a resarcir el daño.

Pero vivimos en un Puerto Rico distinto donde la imprudencia es la orden del día. ¿Cómo comprender la osadía de algunos aspirantes a candidatos políticos en la vida pública del país con historiales personales cuestionables, algunos impúdicamente inaceptables, apoyados, contratados y premiados por amigos de sus partidos políticos? Independiente a las inocencias o culpabilidades de cada caso, la prudencia dicta la necesidad de comportarnos con recato que significa no imponer dudas, problemas ni vergüenzas personales a los demás. Cierto es que un rehabilitado tiene derecho a luchar por hacer una buena vida pero no quiere decir que pongamos nuestros destinos en sus manos para ordenar asuntos sociales trascendentales y delicados.

Da vergüenza escuchar a un aspirante decir que en las primarias, no en las cortes, el voto del pueblo dirá si es inocente, creíble y confiable al cargo aspirado, condonado o no de agresión o exposición sexual. Redefine, manipulando, las elecciones como juicio de simpatías y no como ejercicio de selección de quienes deben poseer madurez y conocimientos para administrarse bien a sí mismos y a otros desde el gobierno.

¿Dónde queda el recato y la decencia social? El filósofo español Ortega y Gasset afirmaba que existen dos tipos de hombres: los que quieren ser Don Juanes sin poder y los que pudiendo serlo no les interesaba y no presumían de ello. Refraseo sus palabras. Hay dos tipos de aspirantes políticos: los que quieren aspirar sabiendo que no son hombres de Estado y los que lo son sin presumir de ello. Los primeros, sin recato, siempre pecarán de imprudencias. Errar es de humanos y enmendar errores un derecho concedido pero imperdonable error político sería escoger, a conciencia, a personas que arrastran enredos y nebulosas. Lo menos que necesita el país son más políticos poseídos de avaricia personal.

Quisiera que mi pueblo rechazara cualificar a personas de dudosas acciones en puestos de poder social. De no hacerlo, no puedo menos que sospechar que el pueblo acepta ser igualmente corrupto o deshonorable. Prefiero pensar que la corrupción debe engendrar renovación y limpieza, no involución hacia más podredumbre. Los aspirantes deben presentarse con bolsillos de cristal. En palabras de Cervantes: “Más vale vergüenza en cara que mancilla en el corazón”.

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