Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Astillas

El papel higiénico no siempre fue tan suave ni tan barato. Uno de los primeros en patentizarlo en Estados Unidos fue Joseph Gayetty quien, en 1857, comenzó a promocionar su invento como papel medicinal. El producto consistía en un paquete de quinientas hojas humedecidas con aloe y se vendía bajo el eslogan: “La mayor necesidad de nuestra era, el papel medicinal Gayetty para el baño.” Pero el costo era prohibitivo. Solo las clases más altas tenían acceso a él, como suele suceder también con la educación, la salud, la alimentación, los derechos y la justicia.

Hubo que esperar a la crisis de 1930 para que el papel higiénico se dirigiera a un público masivo. Sin embargo, a los empresarios no les fue tan bien como esperaban. La mala selección del papel -para aumentar ganancias- convirtió la supuesta comodidad en un problema de salud. Muchos fueron los heridos que se encontraron con astillas en medio de uno de los ejercicios más básicos del ser humano.

El rechazo de las clases bajas al papel higiénico fue de tal magnitud que las compañías de catálogos de tiendas por departamentos se alarmaron cuando vieron que su producto –impreso a colores- terminaba en el fondo de una letrina. Fue por esto que en 1935 se lanzó un papel aparentemente “mejorado” y con una nueva etiqueta que decía: “Papel higiénico libre de astillas”.

Así es como Estados Unidos, empresarios y ciertos políticos nos han vendido la Junta de Control Fiscal: como “papel higiénico libre de astillas.” Pero tal vez eso no sea lo peor. Lo más atroz es tener que escuchar al señor que está frente a mí, en la fila expreso del supermercado, decir que todos merecemos esa Junta. Miro sus encargos y veo un paquete de papel de baño con diseños de ositos felices que bailan un cha-cha-cha. Entonces le sonrío y mi primitivo inconsciente solo le desea una cosa: ASTILLAS.

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lunes, 3 de septiembre de 2018

Nadar para poder caminar

Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

sábado, 4 de agosto de 2018

Ataúdes prestados

El escritor Cezanne Cardona cuestiona el trato de Ciencias Forenses a los fallecidos

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